C E N T E N A R I O

El asesino de Dios

A 100 años de su muerte la doctrina filosófica de Federico Nietzsche pasó del escándalo a una drástica reevaluación, en especial de su abierta pelea contra la divinidad.

GoogleSiga todas las noticias de la cultura en Discover, manténgase al día con las novedades

10 de septiembre de 2000 a las 7:00 p. m.

El filósofo alemán Federico Nietzsche sentenció en su libro ‘La Gaya Ciencia’: “¡Dios ha muerto! ¡Dios permanece muerto! ¡Y nosotros le dimos muerte! ¡Cómo consolarnos, nosotros, asesinos entre los asesinos! Lo más sa grado, lo más poderoso que había hasta ahora en el mundo ha teñido con su sangre nuestro cuchillo… Jamás hubo acción más grandiosa, y los que nazcan después de nosotros pertenecerán, a causa de ella, a una historia más elevada que lo fue nunca historia alguna”. Dichas afirmaciones provocaron las más airadas reacciones de los alemanes a finales del siglo XIX. Además, porque él no se declaraba un ateo como tantos otros e, incluso, atacó a quienes se adherían a tal condición. “Nietzsche pensaba que muchos ateos dejaban de creer en Dios pero buscaban absolutos en otros lados, en la moral, en la conciencia, o en otros conceptos que representan la misma fe. Para él, el nombre de Dios es reemplazado por otros nombres”, comenta el filósofo Germán Meléndez.

Una vez terminada la primera parte de su libro Así habló Zaratustra, en 1883, Nietzsche confesó: “A partir de ahora es seguro que seré considerado en Alemania como un loco”. Sus ideas eran tan absurdas que el propio protagonista del libro cayó enfermo al descubrir tamañas revelaciones. Irónicamente la locura lo atacó. En los últimos 10 años de su vida agonizó sumergido en un estado mental crítico. Según el biógrafo Curt Paul Janz el diagnóstico médico fue una parálisis progresiva que lentamente lo fue consumiendo ante los ojos impotentes de su madre y su hermana, quienes cuidaron de él como a un niño. El trastorno que lo llevó a la pérdida de la razón y de sus dominios corporales surgió, supuestamente, de una sífilis que contrajo en un burdel en Colonia hacia 1864.

Pero las explicaciones médicas que lo condujeron a la muerte no se han determinado concretamente. De allí que en torno a su locura se haya llegado a tejer toda una leyenda. Sus afirmaciones sobre la muerte de Dios lo llevaron a ser víctima de ese castigo divino. Dios lo estaba juzgando. Esa idea gustaba mucho entre quienes se oponían a sus planteamientos. Nietzsche comentó a su amigo Overbeck: “Pasarán 50 años antes de que entiendan mi filosofía”. Pero muchos pensadores no esperaron tanto y muy pronto apropiaron su legado para encaminar la filosofía del siglo XX.

Su obra se sustenta principalmente en cuatro aspectos que siguen siendo tema de discusión en los pensadores contemporáneos como Habermas, Derridá y Deleuze: la muerte de Dios, el superhombre, la voluntad de poder y el eterno retorno. “En nuestros días, Nietzsche aparece entre nosotros como un catalizador de las perplejidades que nos obsesionan; con fascinación equívoca nos atrae y nos repele, nos abisma y nos exalta; nos aterra, nos indigna, pero siempre nos interesa… Su reto nos llega a lo más profundo, nos hiere en lo más vivo: sus insultos y sus desprecios nos aciertan siempre”, asegura Fernando Savater en el prólogo del libro Así habló Nietzsche.

Su preocupación por encima de todo era la naturaleza humana. Zaratustra es el profeta del ‘superhombre’ que él planteaba: “Les enseño el superhombre. El hombre sólo existe para ser superado. ¿Qué han hecho ustedes para superarlo?”. Según Germán Meléndez el nihilismo de Nietzsche es la conclusión de que el mundo no tiene sentido. De que el hombre siempre ha buscado a través de los siglos eludir la responsabilidad de elegir su propio destino. El hombre cree escuchar voces desde afuera que le dictan lo que debe hacer y de una manera se siente aliviado por eso. La muerte se convierte en una salida, y de allí que la idea del eterno retorno, de vivir eternamente las mismas cosas en un tiempo finito rompa con los pensamientos de la época.

“Se atribuía a sí mismo la particularidad de ser un pensador intempestivo, es decir, ‘de estar en contra y por encima de su tiempo, en favor de un tiempo futuro’, como escribió en una de sus obras. Tal vez resida en ello uno de los motivos para explicar la vigencia de su pensamiento. En mi concepto su mayor logro es el de haber sometido a la crítica la misma noción de verdad tan venerada por todos los filósofos preguntándose por el valor de esa voluntad de verdad en términos insólitos”, opina el filósofo Ramón Pérez Mantilla.

Fue un genio desde todo punto de vista. Creció al lado de su madre, su abuela paterna, su hermana y sus tres tías. A los 24 años ya era profesor en la Universidad de Basilea, estudió teología, filología, pero al descubrir a Schopenhauer se dedicó de lleno a la filosofía. Fue amigo de Richard Wagner de quien confesó alguna vez: “Es el único hombre que he amado en la vida”. Su enfermedad lo alejó de ataduras como la academia. Publicó más de 15 libros y murió el 25 de agosto en Weimar .

Sus detractores hicieron famoso un grafito que se inscribió a pocas cuadras de su casa: “Dios mató a Nietzsche”. Sin embargo, 100 años después de su desaparición, teniendo en cuenta que sus ideas siguen cuestionando a los grandes pensadores, es posible que tal afirmación no sea cierta.