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| 6/6/2004 12:00:00 AM

El día después de mañana

Los efectos especiales, el esfuerzo de los actores y el sentido del humor por poco hacen de esta producción una buena película. **1/2

El día después de mañana El científico Jack Hall (Dennis Quaid) advierte al mundo en un congreso internacional que el calentamiento global puede llevarnos a una nueva era del hielo.
Título original: The Day after Tomorrow.
Año de producción: 2004.
Director: Roland Emmerich.
Actores: Dennis Quaid, Jake Gyllenhaal, Sela Ward, Ian Holm, Emmy Rossum, Dash Mihok, Jay O. Sanders, Austin Nichols, Kenneth Walsh.

Desde hace 70 años se han filmado películas sobre catástrofes. Sí, es un género: el cine de desastres. Lo más probable es que haya comenzado con el estreno de El fin del mundo (1931), del francés Abel Gance, la historia de un par de científicos que descubren que un cometa pronto acabará con el mundo; lo más posible es que se haya abierto paso con San Francisco (1936), de W. S. Van Dyke, una reconstrucción del terremoto que destruyó aquella ciudad en 1906; lo más seguro es que se haya consolidado con Una noche para recordar (1958), de Roy Baker, un documentado recuento -no el primero ni el último- de la tragedia del Titanic.

Pronto fue claro, en cualquier caso, el pacto que había sido sellado: el productor del cine de calamidades se comprometía a entregarle al espectador, a cambio de que no lo cuestionara todo, una aventura cargada de efectos especiales extraordinarios, momentos de suspenso cercanos al terror y personajes casi verosímiles -gringos que salvan a la humanidad- que recuerdan que todos los hombres somos iguales cuando el mundo está por acabarse. La lección de fondo siempre podría resumirse, palabras más, palabras menos, de la siguiente manera: el ser humano debe ser humilde ante el poder de la naturaleza.

Meteoritos, incendios, accidentes, inundaciones, insectos, epidemias, extraterrestres, tempestades: el cine de fatalidades llegó a la década de los 70 con producciones del estilo de La aventura del Poseidón, Infierno en la torre y Terremoto, convertido en una inversión altamente rentable. Desde 1996 hasta 1999, estimulado por la paranoia del nuevo milenio, y gracias a superproducciones como Twister,

Titanic y Armageddon, el género llegó a recaudar unos 3.000 millones de dólares en las taquillas del planeta. La conclusión era innegable: entre más evidente sea el obstáculo que deben vencer los protagonistas, más taquillera será la película. El alemán Roland Emmerich, director de El día de la independencia y de Godzilla, sería el primero en aceptarlo.

¿Por qué sólo hablo de El día después de mañana, su obra más reciente, en este último párrafo? Porque quien ha visto una película de desastres las ha visto todas. Y de esta sólo puede decirse que sus efectos especiales son insuperables (la trama lo exigía: el calentamiento global, culpa de todos, devuelve a la Tierra a una súbita, implacable y fatídica era del hielo), que su curioso sentido del humor la salva de la tontería (los devastados Estados Unidos, con la arrogancia en el piso, perdonan la deuda externa a los solidarios países del Tercer Mundo), que algunos momentos de suspenso bordean el ridículo (¿unos lobos quieren comerse a los sobrevivientes?) y que sus estupendos actores hacen lo que pueden para que no nos demos cuenta de que no tienen ningún personaje para interpretar. Sí, así no son todas: hay mejores Apocalipsis a la mano.

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