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| 7/7/2003 12:00:00 AM

El lector de Borges

Alberto Manguel cuenta su experiencia de haber sido durante varios años la persona que le leía a Jorge Luis Borges.

El lector de Borges Entre 1964 y 1968 Manguel fue lector de Borges
Alberto Manguel Con Borges
Norma 2003
91 paginas

Durante varios años, entre 1964 y 1968, Alberto Manguel fue lector para Jorge Luis Borges. Manguel, entonces un joven de 16, trabajaba en Pygmalion, una librería anglo-alemana de Buenos Aires. Un día, al salir de su trabajo como director de la Biblioteca Nacional, Borges le pidió el favor de leerle todas las noches: su madre ya había cumplido los 90 y se cansaba con facilidad.

No se trataba de un privilegio exclusivo. Desde que comenzó su ceguera, debido a una enfermedad hereditaria, muchos estudiantes, periodistas y escritores, a pedido suyo, hicieron lo mismo en múltiples ocasiones. La diferencia es que a ninguno se le había ocurrido, como lo hace ahora Manguel, dejar testimonio de esta valiosa experiencia: compartir durante un largo tiempo con "uno de los lectores más cabales del mundo".

"Bueno, ¿y si leemos a Kipling esta noche". Así podía ser la pregunta, claramente retórica, con que Borges daba inicio a las sesiones. En las pocas estanterías de su apartamento de la calle Maipú, se encontraban únicamente sus libros esenciales. Diccionarios, enciclopedias: "Ando curioso de nuevas enciclopedias. Me imagino que puedo seguir en sus mapas el curso de los ríos y que descubro maravillas en las descripciones". Obras de Stevenson, Chesterton, Henry James y, por supuesto, Kipling en una edición en rojo de Stalky & Co. con la cabeza del dios elefante Ghanesa que había comprado en Ginebra, siendo adolescente. También, Un experimento con el tiempo, de J. W. Dunne, diversos libros de H.G. Wells, La piedra lunar, de Wilkie Collins, varias novelas de Eca de Queiroz encuadernadas en cartón amarillo, libros de Lugones, Güiraldes y Groussac, el Ulises y el Finnegans Wake de Joyce, Las vidas imaginarias de Marcel Schwob, novelas policiales de John Dickinson Carr, Milward Kennedy y Richard Hull, Life in the Mississipi, de Mark Twain, las obras más o menos completas de Oscar Wilde y de Lewis Carrol, Der Untergang des Abendlandes, de Spencer, los muchos tomos de Declinación y caída del Imperio Romano, de Gibbon, varios libros de matemática y filosofía, entre ellos algunos de Swedenborg y Schopenhauer, El Quijote y el Wöterbuch der Philosophie, de Fritz Mauthner, que amaba tanto.

Es decir, una biblioteca personal e íntima, con libros que lo acompañaban desde su infancia y su juventud. No había, desde luego, nada de Jorge Luis Borges ("eminentemente olvidable"), fiel a su consigna de jactarse no de los libros que había escrito sino de los que había leído. Cuenta Manguel que en una ocasión el cartero le trajo un gran paquete que contenía una edición de lujo de su relato El congreso, publicada en Italia por Franco María Ricci. Le pidió a Manguel que se lo describiera: un inmenso libro, encuadernado en seda negra, metido en un estuche del mismo material, con letras de oro impresas en un papel Fabriano azul hecho a mano, con ilustraciones artesanales y cada ejemplar numerado. Escuchó con atención y exclamó: "Pero eso no es un libro, es una caja de bombones". Y acto seguido se lo obsequió al tímido cartero.

Borges era un lector hedónico (no permitía que el deber interviniera en su afición a los libros) y generoso que desdeñaba todas las teorías literarias en boga y a los que preferían las escuelas y las camarillas a las obras concretas. La lección perdurable que le dejó a Manguel fue la pasión contagiosa por sus autores favoritos y su manera aguda y perspicaz de desmenuzar los textos, los párrafos, para mostrar, "con la amorosa intensidad de un maestro relojero", todas sus virtudes.

El río del tiempo se ha llevado esos días de los que apenas quedan recuerdos, imágenes convertidas en libro y que a Borges, desentendido de su inmortalidad personal, lo hubieran dejado indiferente. Sin embargo, unos versos escritos por un Borges todavía muy joven, acuden en ayuda de Manguel y justifican su esfuerzo por recuperar al hombre de una memoria privilegiada: "Me conmueven las menudas sabidurías/ que en todo fallecimiento se pierden".

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