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El llamado de la selva

La exploración del etnobiólogo Richard Shultes y sus discípulos por la Amazonia: una joya literaria y científica.

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Luis Fernando Afanador
12 de agosto de 2001 a las 7:00 p. m.

Wade Davis
El Rio
Banco de la Republica/ El Ancora Editores, 2001
639 paginas

Richard Evans Shultes, fallecido recientemente en Boston, fue la máxima autoridad mundial en plantas alucinógenas y el precursor de la era sicodélica. Etnobiólogo, profesor de la Universidad de Harvard, exploró entre 1936 y 1953 el continente americano. Su viaje comienza con los indios kiowas de Norteamérica que tenían el culto del peyote, pasa por México en busca del teonanacatl y el ololiuqui, las plantas sagradas de los aztecas y culmina en la Amazonia noroccidental, tras las huellas del curare, la coca y el yagé. En su extenso recorrido llegaría a clasificar más de 26.000 plantas.

Las tierras exploradas por Shultes —afirma Wade Davis, el narrador de esta odisea del siglo XX— cubren 800.000 kilómetros cuadrados. Es un mapa que forma casi un triángulo irregular, con la base trazada desde Sibundoy hasta Iquitos, en el Perú, y luego a lo largo del Amazonas hasta la ciudad brasileña de Manaos, y el vértice en Puerto Carreño, el punto donde Colombia se proyecta hacia Venezuela y toca el río Orinoco. El territorio de las etnias huitoto y bora, yucuna y tanimuca, macuna, desana y cubeo.

Este es el mundo en el cual Shultes desapareció durante muchos años: cientos de miles de kilómetros cuadrados de bosque húmedo virgen, atravesado por miles de kilómetros de ríos inexplorados, hogar de unas 20 etnias no integradas y ni siquiera contactadas, representantes de seis distintos grupos de lenguas y que compartían un profundo conocimiento de plantas selváticas que nunca habían sido estudiadas por la ciencia moderna. Una tierra donde los dioses reinaban. Y donde el consumo de alucinógenos era la forma natural de comunicarse con ellos.

Este libro es, entonces, la biografía intelectual de Shultes y la de dos de sus más brillantes discípulos, Timhoty Plowman y Wade Davis. Cuenta, también, los viajes que Plowman y Davis hicieran entre 1974 y 1975 siguiendo la ruta y el espíritu de su maestro e incluye otros lugares que éste no visitó en los Andes peruanos y bolivianos y la Sierra Nevada colombiana.

El Río es una joya literaria y científica. Tiene el encanto de los buenos libros de viajes y de aventuras y por eso mismo se lee con pasión desde el comienzo hasta el final. Está muy bien narrado y muy bien escrito (aquí hay que hacer un reconocimiento especial a su traductor, Nicolás Suescún). No es exagerado afirmar que por momentos su prosa alcanza la intensidad y el brillo de la gran poesía. A pesar de tratarse de una obra científica, esto último tiene una explicación: la naturaleza de los temas que aborda y la actitud de su mirada.

En efecto, para las culturas indígenas, como se dijo, el consumo de las plantas alucinógenas es una vía de comunicación con sus divinidades y la forma que adopta necesariamente es la del ritual, la de la ceremonia sagrada. Se trata de experiencias religiosas cercanas al éxtasis y a la pérdida de sí, difíciles de compartir. De instantes místicos, absolutos. Y como se sabe, el medio que posee el ser humano para nombrar lo inefable no es la ciencia sino la poesía.

Shultes y sus discípulos no sólo miraron desde afuera como “científicos objetivos” sino que, previo estudio de sus cosmogonías y de sus símbolos, sin preconceptos, fueron capaces de vivir aquellas experiencias, de danzar y de cantar con ellos. De ahí los resultados. “Así que ¿cómo lleva uno el mensaje de Dios a un pueblo que parece tener algo mucho más espectacular e inmediato que podamos ofrecerle? Comparados con los hongos, el pan y el vino deben parecer más bien insípidos”. Son confesiones de Eunice Pike —una desconsolada misionera gringa— a Shultes, al referirse a los mazatecas de Oaxaca, conocedores del teonanacatl, que quiere decir “carne de los dioses”.