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| 6/27/2009 12:00:00 AM

El más clásico

Es considerado el padre de la sinfonía y del cuarteto. Por estos días se cumplieron 200 años de la muerte de Joseph Haydn, uno de los compositores más influyentes.

El más clásico El más clásico
Cuando Franz Joseph Haydn murió en Viena, el 31 de mayo de 1809, la ciudad estaba invadida por tropas francesas. Días antes, un oficial francés se había aparecido en el umbral de su alcoba. Todos temían un acto de barbarie. Nada ocurrió porque había orden expresa de Napoleón de proteger la vida del compositor. El oficial, ante el estupor general, se cuadró ante un Haydn enfermo y cantó el aria del tenor de la primera parte de su oratorio La Creación de 1798.

La anécdota da una idea de la fama que rodeaba al compositor, que había nacido en el seno de una familia humilde, sin antecedentes musicales, el 31 de marzo de 1732, en Rohrau, en la frontera austrohúngara.

Ni el mismo Haydn habría podido imaginar a dónde lo llevaría su fama. Talento tenía, pero no como para que fuera considerado niño prodigio o cosa parecida. Por una serie de casualidades, desde los 5 años terminó dedicado a la música: primero en el coro de Hainburg y luego en el de la Catedral de Viena, de donde fue expulsado a los 17 años cuando cambió de voz.

En sus años de vejez recordaba que a lo largo de esos 12 años no había recibido una instrucción musical verdaderamente sólida, pero había tenido disciplina. Por su cuenta y riesgo se dio a la tarea de estudiar, y a los 21 tomó las únicas clases de música serias de toda su vida: tres meses con Nicola Porpora, el maestro de Farinelli.

Trabajó con obsesión hasta cuando consiguió un cargo en la corte de los Príncipes de Esterházy. Para ellos trabajó casi 30 años. Tuvo la rara fortuna de que su patrono, Nicolás el 'Magnífico', fuera un mecenas refinado y un melómano profundo.

Su vida transcurría en Esterháza, un palacio versallesco, lejos de Viena, donde la música era pan de todos los días. Las circunstancias del aislamiento y el hecho de componer para un público estable lo obligaron a convertirse en un artista original.

Esterházy lo animaba, y Haydn, sin pretenderlo, terminó siendo el padre de la sinfonía, del trío con piano y del cuarteto de cuerdas, formas que dominaron por completo el mundo de la música de su época: a lo largo de su vida compuso 108 sinfonías, 48 tríos y 68 cuartetos, además de oratorios, misas, conciertos, sonatas, etcétera.

Su música empezó a salir de Esterháza; primero en copias piratas y luego en ediciones autorizadas. Eran una fuente inagotable de ganancias para los editores, que para vender las obras de sus imitadores las editaban como 'de Haydn'.

De su legado sorprenden dos cosas: la calidad de una obra en la que los ensayos juveniles son prácticamente inexistentes y el hecho de que sea, acaso, el único de los grandes maestros que, pese a la monumentalidad de su legado, no consiguió instalar una sola melodía suya en el gusto popular. Y se entiende: el origen de sus melodías no es vocal, sino instrumental, y sus melodías instrumentales son muy difíciles, cuando no imposibles de tararear.

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