En abril del año 2000, durante un concierto en México, el rockero español Enrique Bunbury cantó una versión de un tema de José Alfredo Jiménez. Era el relato de un ranchero que va por las montañas sin rumbo, algo así como una crónica del desamparo. Se llamaba El jinete y se había escuchado originalmente como parte del long-play La enorme distancia, cuya carátula mostraba a José Alfredo agarrando su sombrero y mirando un poco al cielo. En esos tiempos el sello RCA Victor presentaba al artista como poeta de una cotidianidad rural, con sus caminos polvorientos, sus cantinas abiertas hasta la madrugada y sus corazones destrozados.
Volviendo a Bunbury: la versión que cantó en aquel concierto era lenta como la pena que narra en su letra. Alcanzaba los nueve minutos. Y estaba acompañada por una guitarra eléctrica, lo cual hacía pensar en un protagonista más moderno. Fácilmente podía ser la banda sonora de una película de Tarantino. La canción se publicó como parte de su CD Pequeño Cabaret Ambulante y puso a los adolescentes a cantarla. Y ahí se cimenta su importancia: se convirtió en un puente generacional.
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Esa semilla recoge sus frutos ahora que se acaba de publicar Un mundo raro: Las canciones de José Alfredo Jiménez. Se trata de un álbum en que diversos artistas contemporáneos aportan su interpretación a trece temas clásicos. La fórmula de los discos-tributo está más que probada. La gente los compra porque ya tiene familiaridad con las canciones o porque siente curiosidad por escuchar a estos cantantes pop en repertorios que se salen de su terreno de dominio. No siempre los resultados son triunfales, pero en este álbum hay una solidez de concepto que resulta muy agradable.
Tiene que ver con la elección de una misma banda para acompañar a todos los cantantes, independientemente de que hayan grabado su voz en Monterrey, en Buenos Aires o en Barcelona. La idea fue del productor Camilo Lara y la agrupación elegida fue Calexico, una especie de mariachi eléctrico proveniente de Arizona, Estados Unidos. “Ellos fueron la banda de casa”, explica Lara. “Con ellos fuimos trabajando el sonido de las canciones y a cada artista le fuimos creando arreglos, para hacer cada canción a la medida. Fue muy afortunada la idea de un sonido mariachi traído hacia algo más moderno”.
Y así van desfilando intérpretes muy reconocidos. Carla Morrison se adueña tanto de la canción que le corresponde, que algunos versos terminan pareciéndose a los de su propia cosecha (“porque vas a sentir amor del bueno”). Andrés Calamaro aplica la misma sordidez que imprime a sus propias divagaciones etílicas (“tómate esta botella conmigo”) y parece coquetear con Lila Downs que le contesta (“esta noche no voy a rogarte”). Y Enrique Bunbury, sí señores, repite, aunque por un segundo lo delate su acento español (“me cansé de rogarle, me cansé de decirle…” y ese ‘decirle’ suena como una serpiente del desierto).
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Pero, en fin, se han trascendido las geografías. Y ese puede ser el logro por el que recordaremos este disco. Lograr que las canciones de José Alfredo Jiménez se saquen por instantes el color ranchero y apunten hacia algo más amplio. “Son piezas universales”, reflexiona el productor. “José Alfredo es parte del patrimonio de la humanidad, como lo es Cole Porter en Estados Unidos o Rafael Escalona en Colombia. Son canciones que hemos cantado borrachos, sobrios, alegres o tristes. Lo bonito es que siguen estando ahí”.
