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| 12/26/1983 12:00:00 AM

HIJOS DE LA VIOLENCIA

Una novela sobre el estudiante de todos los tiempos que sueña con convertirse en héroe de sus propios sueños

HIJOS DE LA VIOLENCIA HIJOS DE LA VIOLENCIA
"A la hora del té", José Gutiérrez, Tercer Mundo.
José Gutiérrez ha llegado a la hora del té. Nos referimos no sólo a la oportunidad de su reciente regreso sino a los propósitos de la obra que lo acompaña. El famoso Pepe Gutiérrez ha ensayado ahora algo distinto a sus tradicionales ensayos. "A la hora del Té" Pepe se ha venido con una novela experiencial, fruto de su vasta erudición en los asuntos humanos, como que ha dedicado más de treinta años a analizar la historia de los suyos y la suya propia.
Autor de ensayos tan importantes como "Gamín", la "Revolución contra el miedo", y el "Miedo de vivir", Pepe se decidió a dejar atrás el género de los ensayos para incurrir en la compleja elaboración de una novela autobiográfica o de una biografía novelada. Curiosa decisión la de un hombre que despreciaba el formalismo del lenguaje y era dado al de las solemnes y pomposas elaboraciones teóricas. Parece ser que su misma experiencia analítica indicó al autor que los interlocutores también son activos, y que vale más contar con su participación directa en los problemas que resolvérselos de una vez con fórmulas acabadas.
José Gutiérrez es un testigo excepcional de la historia individual y colectiva de nuestros contemporáneos.
Cargado de todos los elementos teóricos y prácticos de un prolongado contacto con la realidad colombiana, Pepe estaba maduro para producir una primera aproximación novelística a tan rica problemática. Su experiencia humana, porque no otra cosa es la experiencia política y social de este escritor, autorizaba de sobra que su fino sentido analítico se pusiese al servicio de la disección cruda de su país.
La novela está escrita en primera persona, se sobreentiende por el héroe mismo del relato, cuyo doble carácter de observador y testigo material se mantiene a lo largo de todo el texto. Influido por la rica novelística contemporánea, sobre todo la inglesa hija del método shandiano, el escritor rompe con la manera tradicional de contar historias. Como Laurence Sterne, Gutiérrez describe la figura de un círculo y puede decirse que lo mismo que aquella su estructura es periférica. Lo que importa al final del círculo de la novela es que la magnitud de las dificultades del héroe han fracasado pero han dejado en su esfuerzo creador la configuración de una obra artística.
Quizás por todo lo anterior lo que importa al autor no es tampoco el juego formal o preciosista con las palabras y las secuencias escénicas. Pero sí es parte intrínseca de la novela, el que las palabras y las escenas surjan del discurrir propio de la obra. Las palabras son pensadas a través de la obra y no la obra a través de las palabras. Esta es la clave del tono en que está escrita la novela la cual exige la investigación participante de quien se quiera apropiar de ella sin desertar de su contenido.
Nosotros, como los gamines y los guerrilleros, sus personajes centrales, somos hijos de la violencia. Nuestra historia como la de ellos está atravesada por una continua violencia y una continua tendencia a abrazarnos en la impotencia y el fracaso. Nuestro telón de fondo es también esta república del miedo donde los acontecimientos no se desarrollan linealmente en medio de una lógica formal impecable, sino donde somos presa de la irracionalidad enrevesada de Macondo Criollo.
A la hora del té todos hemos sido Pedro Alejos, como los personajes de Gutiérrez. Como ellos hemos sido aprendices de nuestra realidad a partir de ilusiones desbordadas y hasta estúpidas, de quienes han pretendido tomarse el cielo con las manos, armados tan sólo de buenas intenciones y de especulaciones vagas sobre el real sentir de nuestro pueblo. Como Pedro Alejos hemos conocido, en el duro bregar con las gentes y con el carácter refractario de su cultura, que es necesario pasar por mil artimañas y sutilezas para acercarse a las cosas a través de las opiniones sobre ellas.
Como Pedro Alejo Troncoso, estudiante parisino en trance de guerrillero, muchos izquierdistas colombianos han tenido que presentar el pasaporte de sus armas ante la requisitoria, no sólo de los gendarmes del régimen sino de los Comisarios del Pueblo, encarnados en los acartonados dirigentes estilo Gualberto Vila.
Mientras los gamines colombianos inventan mil malabares verbales y mil argucias prácticas para hacerse al pan de cada día, los aspirantes a redentores de pueblos se ven sometidos a las mil pruebas que los ritos revolucionarios imponen a éstos para legitimarse como militantes de esta causa. Gamines, guerrilleros, comisarios del pueblo, inspectores de policia, jueces de la república, sacerdotes y predicadores de mañanas que cantan, se entrelazan en una maraña que ve sucumbir a su héroe en esta telaraña de confusión. El absurdo final acaba por sumir en la impotencia y en la muerte a quien fue el héroe impotente para llevar a cabo sus sueños.
Pepe Gutiérrez prefiere matar a su héroe antes de verlo enloquecido en el juego de la impotencia. La ironía sangra por su herida. El es el estudiante de todos los tiempos que, como tal, regresa a su tierra victima de las mismas ingenuidades que confundieron el actuar de su héroe. A la hora del té su muerte nos produce un sentimiento de rabia y desconcierto a la vez. Con la muerte de Pedro Alejo Troncoso se muere algo de nuestra ilusión. ¿Será éste a la hora del té el porvenir de toda ilusión?. -
Ciro Roldán -

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