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| 7/12/2009 12:00:00 AM

Historia de una lavandera

La noticia de que la carta en la que Beatriz González basó su última exposición es una falsa atribución que parece una broma de mal gusto. En el fondo, sin embargo, entraña un debate sobre la intervención artística.

Historia de una lavandera Hace un año Beatriz Gonzålez publicó su obra ‘Ondas de Rancho Grande’, basada en una fotografía de la líder Yolanda Izquierdo
Hace mucho tiempo Beatriz González dejó de hacer chistes. Después de la toma del Palacio de Justicia, después de las décadas de los 80 y los 90 -el narcotráfico, las masacres y los magnicidios-, su obra dio un giro. Poco quedaría de la risa irónica que produjeron obras como su serie de dibujos del presidente Turbay o Apuntes para una historia extensa, en los que les quitó solemnidad a retratos de los próceres. Vendrían obras como El color de la muerte, testimonio sobre asesinatos políticos; las madres que lloraban en Las Delicias y los féretros de la Dolores. Ondas de Rancho Grande, de 2008, basada en la fotografía de la líder campesina Yolanda Izquierdo poco antes de ser asesinada, y que la artista hizo circular en mayo del año pasado con el diario El Tiempo, se hizo en ese mismo sentido. Y además como "una pieza que cada cual pueda intervenir y alterar a su gusto", según dijo González.

La obra volvió a sonar en la prensa cuando hace poco más de un mes se supo que una misteriosa carta había llegado a la Galería Alonso Garcés escrita por una humilde mujer que se dirigía a la artista: una lavandera de ropa que había enmarcado la obra, a la que le atribuía milagros. La carta conmovió de tal manera a la artista que, no contenta con basar su siguiente exposición en la carta -que se tituló Carta Furtiva y cuyo texto introductorio era un fragmento de la misma-, buscó a la autora de la misiva a través de la emisoria de radio La W y por medio de un nuevo anuncio en El Tiempo. La artista, que se había vuelto seria, y se había comprometido como pocos con la realidad del país, al parecer había complementado su obra. Había tenido una respuesta. Por eso, después de la reciente noticia de que su pintura había cambiado no la vida de una lavandera con cierto talento para escribir, sino que había sido intervenida por Simón Hosie -un arquitecto, el verdadero autor de la carta, que desde la semana pasada se pasa el día en la Plaza de Bolívar, donde instaló la casa de su personaje ficticio- pareciera que la ironía no la abandona.

Polémica
La acción de Hosie ha desatado una interesante polémica en el mundo del arte. Para algunos, su carta es una talentosa acción que desenmascara las falacias y los abusos del arte político colombiano (como que muchos artistas se apropian de objetos de las víctimas como si se tratara de ready mades) y su jugada es "afín con la ética del arte: decir verdades con mentiras, bellas mentiras que se revelan como tales", como escribió el crítico de arte Lucas Ospina en su blog de La Silla Vacía. Más adelante, sin embargo, el mismo Ospina decía que la última parte de la intervención de Hosie, plantar la casita en la Plaza de Bolívar, era una "perorata propia de políticos".

De hecho, la mentira de Hosie no les pareció tan bella a muchos. En pocos días la página web Esfera Pública, que consigna los debates del arte en Colombia, se llenó de comentarios enardecidos: artistas que consideraban que Hosie había intuido las reglas del mercado; los seguidores de González decían que Hosie había usado su nombre y su fama para salir del anonimato. Y en sus artículos hasta los medios parecían sospechar que Hosie había abusado de la buena fe de la artista.

Incluso se llegó a sospechar de Beatriz González. ¿Cómo era posible que una mujer de su trayectoria e inteligencia, con una agudeza crítica que le ha valido parte de su reconocimiento, se hubiera comido el cuento entero? La carta tenía imágenes demasiado elaboradas, a pesar de las obvias faltas de ortografía. Y en los corrillos del mundo artístico pronto se oyó murmurar que se trataba de una estrategia para promocionar una exposición, que cómo era posible que González le hubiera dado tanta importancia a una carta anónima, y se sentía la indignación de quienes no creían que Gónzalez se "hubiera prestado para eso". Detrás de los rumores, no obstante, de la admiración de algunos y la indignación de otros, muchos se preguntan si lo de Hosie es una intervención artística o un acto de manipulación mediática.

Aunque, según cuenta Alonso Garcés (el galerista de Carta Furtiva), en un momento dado varias personas sospecharon sobre la autenticidad de la carta -la misma Beatriz, incluso-, la galería nunca dudó en la validez de la exposición. "Hace unos días Beatriz me dijo que ella había recibido la carta como si fuera de una lavandera, y que para ella esa era una realidad", y que eso era lo que valía. Después del debate que ha suscitado el hecho, Garcés se mantiene. De hecho, él fue uno de las primeros en conocer la identidad del autor de la carta y qué era lo que Hosie se traía manga arriba. Lo que buscaba el arquitecto era tan inocente, que poco después de que se cerró la exposición Carta Furtiva, él mismo se acercó a la Galería, contó la verdadera historia de la lavandera y pidió que Beatriz estuviera presente en el lanzamiento de su intervención en la Plaza de Bolívar.

En este punto críticos y artistas parecen estar de acuerdo en que la intervención de Hosie es una más dentro de las más de 400 obras que llegaron a la Galería Alonso Garcés para que Beatriz González firmara. Y una genial, por salirse de los esquemas propuestos. Pero la forma como Hosie reveló su autoría no sólo frenó el juego que había empezado, sino que por ser tan literal, hizo que se dudara de sus intenciones. Por eso, para Garcés, que fue uno de los primeros en ir a la Plaza de Bolívar -a lo mejor para apoyar a Hosie, con toda seguridad para seguir el rastro de la obra de González-, "Hosie se extralimitó al tratar de sacarle partido a la exposición, con lo que hizo en la Plaza de Bolívar. Él debió haberse quedado solamente con la carta. Lo de la Plaza de Bolívar es un remedo".

Para los críticos, sin embargo, el problema va más lejos. Porque muchos se preguntan en este momento ¿qué está haciendo la casa de la lavandera en medio de la Plaza de Bolívar? Si Beatriz González se tomó su obra demasiado en serio , según Lucas Ospina: "lo mismo le sucede a Hosie, al decir que su trabajo no es irónico, que es sólo 'complemento', aunque la carta es ironía pura". El valor de la carta, incluso después de que supiera quién era su verdadero autor, está en que desmitifica la solemnidad del arte (una lavandera que iguala sus dibujos a los de una artista), en poner sobre la mesa cierta discusión del arte político, en generar contenidos mediáticos. El tono de Hosie, al hablar de su obra, de la lavandera y de la casa, es muy distinto: "Me parece maravilloso que la polémica gire en torno a la casa -le dijo a SEMANA-. La mujer empezó a vivir en la carta, pero en esta casa está representada, no sólo en la casa, no sólo en las imágenes de la mujer y en los objetos de la mujer. La mujer está. Y yo no entiendo por qué los críticos de arte no la ven. Hay gente que la ha visto".

Según Ospina, que Simón Hosie se hubiera revelado autor de la carta no es el problema, sino que se tomó la carta -y lo que desató- demasiado en serio, un caso en el que la misma obra sobrepasa la intención del artista. ¿El resultado: "La casita del arquitecto Hosie en la Plaza de Bolívar, donde vemos a un 'boy-scout' del arte social tratando de hacer una obra de arte total", dice el crítico. Un Quijote de las artes -si el caballero veía molinos de viento, Hosie ve a la lavandera-, que engolosinado usa todas las estrategias para dar un mensaje, guiado más por cierta ingenuidad que por su insólita astucia en el mercado del arte.

Simón Hosie es Premio Nacional de Arquitectura, el más joven en recibirlo, a los 28 años, en 2004, y esta es su primera exposición como artista, y quizá por ello surge, de colofón, una incómoda pregunta: ¿Será que alguien puede ser tan ingenuo, después de todo?.

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