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| 2/14/1983 12:00:00 AM

LA PRESENCIA DE PASAJE

La obra de Ariza, después de los duros embates de una crítica internacionalizante, vuelve ahora por sus fueros.

LA PRESENCIA DE PASAJE LA PRESENCIA DE PASAJE
En la pintura de Gonzalo Ariza la presencia más importante es la del mundo exterior, que lo rodea para que él lo narre como si se tratara de una figura dominante que por fuerza tiene que ser incluida y que no da opciones con respecto a la tremenda importancia que hay que concederle. Esa obediencia se convierte en un principio de conducta que lo lleva a rendir igual respeto al paisaje visto desde su taller de La Candelaria, o desde La Mesa, o desde cualquier sitio donde haya pintado, incluso en el Japón. Hace mucho tiempo ya decidió aceptar los términos con los que el paisaje inmediato se le presenta visualmente, y fue tal vez dicha insistencia con lo local, lo que le valió el repudio de la crítica internacionalizante que tuvo gran vigencia en nuestro medio y que aún trata de levantar cabeza a pesar de los duros golpes que se le han asestado últimamente. Dicha crítica trató de relegar a Ariza a un plano secundario.
Pero desde hace algo menos de una década se vienen sintiendo en Colombia, cada vez con más fuerza, los embates de un movimiento que irradia desde los centros internacionales de emisión de cultura dominante, y que se opone a los dictámenes absolutos, geometrizantes, puritanos y universalizantes del modernismo así como a las nociones informacionales, conceptualistas e intelectualizantes del no objetualismo; que se opone en suma, a la pretensión de una cultura universal, o de expresiones homogeneizadas; se les opone con la voluntad de destacar el localismo de los lenguajes, de las expresiones culturales y específicas y de las experiencias que, por únicas, son irrepetibles. Dicho movimiento recibe el nombre de Post-Modernismo y es, aunque sea parcialmente, responsable del éxito internacional de la visión estrictamente colombiana de la obra de Fernando Botero, así como del premio Nobel de García Márquez, y de su decisión de recibirlo acompañado de la comparsa de papayeras.
Desafortunadamente, nuestra condición de cultura dependiente nos ha hecho esperar el advenimiento del Post-Modernismo para revalorar obras como la de Ariza. Ahora que los centros emisores han exigido que mostremos nuestras expresiones específicas, hemos tenido que buscar en nuestros inventarios para encontrar producciones como la de este maestro quien, durante años y a pesar del desprecio del gusto que dominó hasta hace poco, había continuado su labor con honestidad y profesionalismo en la soledad de la propia convicción y en busca de una verdad que veia reflejada y manifestada en el paisaje a su alrededor, y que tenía que evidenciar en el paisaje que pintaba.
La verdad buscada en su pintura puede ser analizada a lo largo de varios pares de conceptos contradictorios que nos ayudan a entender los conflictos que animan su que hacer de pintor.
La obra pictórica de Gonzalo Ariza se ciñe a un proceso dialéctico en el cual antagonista y protagonista son igualmente significativos para actuar en los constantes enfrentamientos que genera la inestabilidad vital, la energía siempre desplegada por todo lo que vive y que, al vivir, goza y sufre de su propia movilidad.
Occidente vs. oriente
Como hijo de su tiempo, Ariza es un hombre comunicado, víctima o beneficiario de los sistemas contemporáneos de información. Ellos lo hacen consciente de su ancestro occidental, así como de actitudes opuestas como las de las culturas orientales cuya contemplatividad lo influyeron para conformar un capítulo importante en su desarrollo profesional. Su contacto con la pintura japonesa sirvió, entre otras cosas, para que en su pintura se constatara que las migraciones de pueblos asiáticos a tierras americanas eran tan naturalmente geográficas como el hecho de que el archipiélago japonés y la cordillera de los Andes formasen parte de esa formidable cadena de volcanes de la mayor zona sísmica del planeta y que recibe el nombre de Cinturón de fuego del Pacífico. Ese reconocimiento de su continuidad con el oriente sirvió también para explicarle sus divergencias con aquella otra cultura.
La pintura oriental surge del acto de un artista sumido en observancia pasiva, contemplativa, en un intento de ser una parte más de la compleja fenomenología natural. Bien distinto es lo que sucede a los artistas en la tradición occidental, para quienes la función creativa equivale a hacer una propuesta de participación activa que, en el caso del paisaje, consiste en intervenirlo, alterarlo y darle una carta interpretativa de valor sentimental o intelectual. Para Ariza, la doble visión del mundo externo constituye una primera unidad de conflicto cultural que genera algunos de los más destacados valores de su obra: acepta simular el total sometimiento a la exterioridad de lo natural, pero sólo después de haber tomado esa decisión con la capacidad volitiva de un artista estrictamente occidental.
Lo orgánico vs. lo inorgánico.
Ariza acepta la presencia de estas dos esferas en el mundo natural. Una de ellas, la orgánica, actúa contra y sobre la otra como si se tratase de dos personajes de los cuales el inorgánico es inerte, establece, constante y ve su pasividad atacada por los elementos dinámicos, organicos, que ejercen su capacidad modificadora. Todo ello crea una metáfora de lo que ocurre en el arte, donde los materiales y los temas son transformados por las técnicas y las ideas.
Para Ariza, el paisaje es el escenario de la lucha sorda y profunda entre lo orgánico y lo inorgánico: la batalla del viento, la lluvia, las plantas, los ríos, el frío, el calor, los animales, el hombre, contra las rocas, el suelo, las montañas, o cualquier otra cosa que reciba o acepte el acto modificador. En cierto sentido, la lucha narrada por Ariza también es metafórica de numerosos aspectos de la existencia humana. La relación conflictiva de lo orgánico y lo inorgánico compone el arama de su pintura y le aporta una parte considerable de su contenido literario.
El hombre vs. la naturaleza
En este otro peldaño de la escala de valores poéticos de su obra, el hombre se presenta como gran modificador que, por contraste, hace aparecer a las fuerzas orgánicas en una posición simplemente pasiva. Y aunque son relativamente pocos los cuadros suyos en los que la figura humana está representada, en casi todos dicha figura está implícita de manera bastante evidente. En estos cuadros, el hombre es el hacedor del artificio, del arte de la explotación agricola, de la instalación de especies vegetales o animales foráneas, el gran depredador de los recursos, el autor de la arquitectura, o de la ciudad.
Al aparecer como modificador de su entorno, el hombre en conflicto con lo natural señala la contradicción irreparable de su destino, y aporta el componente patético de la figuración paisajista de Ariza.
La belleza vs. la realidad.
Todo accidente es calificativo de la realidad y se opone a cualquier concepto de belleza ideal. El artista ante la naturaleza se ve constantemente asediado por una de las dos posibilidades: aceptar y representar lo accidental, incluso explicar lo accidental, o intervenir con su noción de la belleza, siempre preconcebida a manera de canon y opuesta, por principio, a las razones de ser del accidente.
En el caso de la obra de Ariza es evidente que se escoge lo accidental como elemento variable como quien superando la noción de la realidad del Impresionismo, deja de lado la instantaneidad pretendidamente casual de la visión y procede a fijar la imagen de lo imperfecto. Es por ello que en la contemplación de esta obra debe descartarse la consulta con cualquier manual de buenas costumbres pictóricas, pues su decisión de relievar lo accidental aporta su visión de lo estético en difícil acto por medio del cual nos hace participar de su preocupación o admiración por las actuaciones de las fuerzas ominosas y ciegas presentes en todo lo natural.
Ese mismo criterio provee a su pintura de la especial dureza que le valió el rechazo durante tanto tiempo y que ahora se afirma como virtud con la cual dar pautas a los artistas que detrás suyo marcan el paso en el paisaje. Así mismo,su estética nos da la visión de lo real en el conflicto de todo lo que vive.
A los que aun creen que el arte debe generar belleza, noción esta última fijada en la más notoria decadencia estetizante del siglo pasado, la pintura de Ariza, armada con uno de los recursos temáticos mas característicos de aquel período, el paisaje, responde que la belleza no tiene nada que ver con la decisión artística de revelar lo terrible del mundo en donde vivimos. Y ese sí que es un propósito conterrporáneo.--

EDICIÓN 1879

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