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| 4/18/1983 12:00:00 AM

LA TRABAIDA

Arte serio vs. arte comercial. En torno al tema Marta Traba revolvió el avispero.

LA TRABAIDA LA TRABAIDA
Fue por noviembre, aproximadamente, cuando se comenzaron a sentir los signos que anunciaban su llegada. Dificultades con las autoridades de inmigración de los Estados Unidos, el fin de la vigencia de un pasaporte argentino que no iba a ser renovado, el generoso interés del presidente Betancur, quien infructuosamente intercedió por ella ante el visitante Reagan, así como la atracción ejercida desde Colombia por numerosas amistades y por sus hijos y nietos colombianos, fueron algunos de los factores que propiciaron el regreso de Marta Traba. Y volvimos a tener crítica de arte en televisión, comentarios difíciles en distintos medios escritos, conatos de polémica entre los miembros del respetable, etc.
Durante su permanencia de algo más de tres meses entre nosotros, Marta se nacionalizó, habló de arte, antivanguardizó, habló de urbanismo, de arquitectura, de cine, de los Beatles, del grupo Menudo; habló de su hijo, Gustavo Zalamea quien, entre otras cosas, no necesita que su mamá hable de él; atacó la exposición de Gonzalo Ariza, mencionó muchos nombres y, en algunos casos, cambió sus anteriores clasificaciones (Ana María Rueda).Con sus opiniones generó un real avispero de actitudes encontradas desde los que la toman al pie de la letra, hasta los que sienten que es terrible que este personaje femenino de incalculable vigor atropelle figuras consagradas del arte nacional. Ya al final de su periplo, sin que conozcamos aún sus grabaciones sobre la historia del arte moderno, Marta Traba se refirió, en una entrevista para El Tiempo a los fabricantes de cuadros.
Entre las personas mencionadas en esta lista, Armando Villegas es sin duda uno de los más notorios casos en el acontecer reciente del arte en el país en lo que se refiere a su aparente éxito comercial. Y a una parte considerable del público le ha parecido insólito que la Traba ataque a quien no sólo obtiene jugosos premios con su pintura, sino que además ha cometido una verdadera invasión de reproducciones con qué saturar las referencias visuales disponibles. En sus obras aparecen numerosos animales, armaduras, caras humanas, ojos, brillos, labios, narices, resplandores, etc., que han sido elaborados con esa considerable habilidad de narrador que asombra a su audiencia.
Es precisamente el ingenuo asombro que despiertan, lo que hace enfurecer a muchos con la clasificación de fabricante, y es por ello también que hay que insistir en algunas consideraciones.
Hace poco tiempo, en estas mismas páginas, Villegas escribía exigiendo llaneza y comprensibilidad en la expresión de las opiniones críticas, y por ello intento aquí dilucidar lo ya explícitamente afirmado por Marta Traba.
No es que la cantidad astronómica de la producción de Villegas sea criticable, pues casos anteriores de muy importantes artistas le superan cuantitativamente. Ni es tampoco criticable, en el sentido estricto del término, su técnica, pues al fin y al cabo logra comunicar aceptablemente su idea.
El problema reside en la pobreza con la cual ha sido concebida su idea. Para decirlo aún más claramente se me deberá permitir una comparación: los cuadros de Villegas están tan bien pintados como bien escritas están las novelas de Corin Tellado y, como ellas, su producción corresponde a un proceso casi industrial en el cual se ofrecen sentimientos accesibles, conmovedores y, sobre todo, convencionales, para que puedan ser consumidos sin esfuerzo por un número considerable de personas.
La dimensión técnica o artesanal de dichas pinturas o novelas ocurre a un nivel de aceptabilidad esencial para efectuar la comunicación y por ende la venta. Para justificar los precios altísimos de la obra o las pingues ganancias editoriales, la mercancía no sólo incluye la ejecución melodramática, sino que añade un generoso inventario de elementos y situaciones componentes de modo que el que compra pueda sentir justificada su inversión. La resultante seudo-industria es perfectamente legítima desde el punto de vista de la producción manufacturera y del manejo financiero, pero es altamente discutible si tenemos en cuenta lo artístico, y por ello entendemos el esfuerzo creativo para comprometer la visión de una época en la búsqueda de parámetros de reflexión y acción para la más inteligente y sensible existencia de todos.
Quizás lo discutible de la producción pictórica actual de Armando Villegas se aclare aún más si nos preguntamos de dónde sale su referencia figurativa. ¿No era acaso éste, el pintor de cuadros abstractos, no figurativos y sí bastante sugestivos de realidades latinoamericanas? ¿No era acaso éste el autor de pinturas más densas que con relativo éxito artístico y poco éxito comercial intentaban captar fondos de cultura propia surgidos de la exploración de su ancestro incaico?
Ciertamente existen en el arte colombiano recientes referencias que parecen guiar, parcialmente por supuesto, la figuración de Villegas. Una de las más evidentes es la que en la década del 70, desde su inicio en adelante, se produjo en las series de grabados de Juan Antonio Roda. Aquellos "Desconocidos", "Risas", o "Monjas Muertas" eran sobrias y monocromáticas obras en las que la exploración de las expresiones faciales se servía de la aparición simultánea de objetos de apoyatura con los cuales sumergirse en la pesquisa del comportamiento y la personalidad. Pero en Villegas, los elementos acompañantes se multiplican y evidencian hasta la saciedad, ornamentando y colocándose hasta la estridencia, de manera que lo que en Roda es intento profundizador, en Villegas se convierte en voluntad superficializadora.
A la clasificación de fabricante de cuadros se ha respondido con cartas señoreras y una previsible campaña publicitaria. Pero ni ese tipo de respuestas ni las afirmaciones de Marta Traba han agotado el asunto, tan candente, de la fabricación de arte entre nosotros, pues es evidente que aún no están listados todos los que son. De acuerdo con las nociones recién expresadas, habría que preguntarse cuántos otros corresponden a dicha categoría.
Habrá que esperar el regreso de Marta Traba para que se nos aclare qué es arte serio vs. arte comercial. ¿O será éste un trabajo que nos atreveremos a realizar solos?
Como para confundir aún más las cosas, Armando Villegas actualmente exhibe en la Galería Belarca de Bogotá una serie de objetos construidos a partir del ensamblaje de los desperdicios de su taller de pintor. Hablo de confusión, porque en dichos objetos, no obstante su origen en materiales deleznables, vuelve a asomar, en unos con mayor claridad que en otros, la vena creativa de un artista diestro que, cuando se lo propone, tiene acceso a ricas fuentes de imaginación. El interés casi funerario, mágico, de algunos de estos objetos, los hace superar la clasificación meramente artesanal con la que, en cierto modo, han sido presentados, para situarse muy por encima del nivel de calidad de la mayor parte de los cuadros recientes de Villegas. Es evidente que si el artista es serio, escogerá lo serio entre las opciones disponibles en el planteamiento de objetivos estéticos. Solo así se disiparán las dudas enunciadas por la protagonista de la Trabaida, ya al final de su reciente gira entre nosotros.
Galaor Carbonell

EDICIÓN 1893

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