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| 6/27/2010 12:00:00 AM

Policía, adjetivo

El director de 'Bucarest 12:08' vuelve a confiar plenamente en un cine que se toma su tiempo para contar lo que tiene que contar. *** 1/2

Policía, adjetivo Cristi (Dragos Bucur) enfrenta la escena fundamental de la película: una divertida conversación de veinte minutos sobre qué es la conciencia.
Título original: Politist, adjectiv
Año de estreno: 2009
Género: Animación
Guión y dirección: Corneliu Porumboiu
Actores: Dragos Bucur, Vlad Ivanov, Irina Saulescu, Ion Stoica, Marian Ghenea, Cosmin Selesi, George Remes

Puedo ver las críticas de ciertos espectadores a la salida del teatro: "Qué película tan absurda", "qué película tan lenta", "qué película tan rara". Puros elogios involuntarios. Porque la gracia de Policía, adjetivo, esta triste comedia rumana sobre un hombre joven que se está cansando de tantas palabras vanas y de tantas arbitrariedades que nadie se atreve a cuestionar, es precisamente la manera como va revelando lo extraña que puede ser la realidad: los personajes impasibles que apenas sonríen, los escenarios decadentes roídos por el óxido, los planos largos que subrayan el tedio que se vive en la Rumania que quedó tras la caída del comunismo.

Cristi, el hombre joven en cuestión, es "un agente de la ley": un policía al que se le ha encargado la tarea de seguir por la ciudad de Vaslui, en la parte nororiental de Rumania, a un adolescente de 16 años que al parecer les vende hachís a sus compañeros de colegio. Acaba de casarse con una muchacha alegre, Anca, a la que le emocionan las baladas románticas. Acaba de recorrer Praga, de luna de miel, hasta darse cuenta de que en el mundo hay comunidades menos tensas. Pero todo, desde su empeño en ponerse siempre el mismo suéter hasta la forma en que se sienta en las sillas que se encuentra por el camino, nos demuestra el hastío en el que vive.

Así es. Policía, adjetivo corre el riesgo de entregarle todo el peso de su historia a un personaje hastiado: corre el riesgo, en realidad, de narrar el aburrimiento que puede tomarse a una persona. Y quien entre en esa lógica, quien comprenda a tiempo que la gracia de este relato es una mirada -pausada, desadornada, realista- que revela las sinrazones de la sociedad, se descubrirá disfrutándola enormemente.

Tomemos, como ejemplo, la escena central del largometraje. Transcurre en la oficina de un burocrático jefe de Policía, el capitán Anghelache, ante una cámara que solo se permite moverse un poco de vez en cuando. Y es una extraordinaria conversación de unos veinte minutos en la que Cristi trata de persuadir a sus dos superiores, a Anghelache y a Nelu, de que dejen en paz al supuesto vendedor de drogas. Se le ocurren argumentos como "¿qué ganamos encerrándolo siete años de su vida?", "no es tan grave" y "es solo un chico loco". "Me niego a perseguirlo -agrega-, no quiero tener a ese pobre en mi conciencia". Y la palabra 'conciencia' desencadena una insólita discusión, con diccionario en la mano, en la que lo único que queda claro es que no le corresponde a un "agente de la ley" guiarse por intuiciones ni por sentimientos.

No es nada fácil tropezarse por ahí con una película de policías y ladrones que en verdad sea una denuncia de las limitaciones del lenguaje: de los peligros que trae tomarse las cosas al pie de la letra. Policía, adjetivo lo es: toda la acción está en sus diálogos. Y juro que es mucho mejor de lo que suena.

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