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| 11/28/2004 12:00:00 AM

Porro al porro

El grupo Cabuya aporta poesía y buen humor a la música colombiana con su primer disco 'Comienza el garroteo'.

Si un día se hiciera una apología de la salsa a ritmo de salsa, o un reggae que se llamara Me gusta el reggae, nadie tendría un reparo. En 1981 la cantante Joan Jett coronó las listas de rock and roll con una canción llamada justamente I love rock and roll. Lo provocador, en el caso de la agrupación colombiana Cabuya que acaba de lanzar su primer disco, es el género escogido: el porro.

Pero lo enarbolan con humor y, sobre todo, con buen conocimiento musical. En efecto, se trata de un porro con su tradicional base de bombo, redoblante y platillos. Y hay que decir sinceramente que es uno de los porros más sabrosos desde los tiempos ya lejanos en que Carmen de Bolívar era el éxito del año. No hay que esperar, sin embargo, una orquestación elegante ni un desarrollo clásico a la manera de Lucho Bermúdez. Me gusta el porro es la visión que tiene del género una cuadrilla de músicos antisolemnes que cambian clarinete por guitarra eléctrica, cantan rapeando y meten samplers ('arrastraos' los llaman ellos) con la voz del locutor Juan Harvey Caicedo.

¿Y la posibilidad de que le estén cantando a 'otro' porro? Nunca es clara. Las letras son tan ingeniosas que se hacen enrevesadas; a lo largo del disco desfilan cadencias poéticas estilo Nicolás Guillén ("mi pana el negro con su mirada sonó el cununo"), juegos de palabras ("Malesabor, sabor a maleza, naturrareza") y hasta verbos inventados ("gányame").

Para los músicos de Cabuya, el proceso de composición musical está muy ligado a la creación literaria. "Es algo como lo que hicieron César Vallejo y León de Greiff: torcer las palabras, inventarse palabras nuevas", explica Edson Velandia. "Así se va sacando la música".

Y la música que sugieren esas palabras es de una variedad que acusa todas las influencias posibles. Hay melodías de porro, armonías de bambuco y ritmos de champeta. A propósito, los integrantes de Cabuya explican que la champeta es en realidad la adaptación cartagenera de un ritmo proveniente de Senegal. Así que en este disco no sólo hay música colombiana; el viaje lleva también a África en una especie de búsqueda de la raíz. "Nosotros no queremos ser nacionalistas sino espirituales", dice Sergio Arias.

Ese espíritu puede ser también el de las ciudades, con sus múltiples voces que suenan todas al tiempo. Velandia aclara, sin embargo, que el sonido reflejado por ellos es el de una ciudad intermedia, menos alejada de lo verde: "Excepto por las capitales, la urbe latinoamericana es muy campesina". A la vez, cuando reflexiona sobre la creación musical, la expresión que usa tiene más que ver con lo que las ciudades le hacen al campo: "Hay que dejar que los ritmos se contaminen".

Uno de los momentos más sabrosos del disco es su interpretación de un paseo vallenato con armónica. Los músicos de Cabuya conocieron las coincidencias entre la armónica y el acordeón, así que las únicas notas que suenan son las que tienen en común ambos instrumentos. Experimentos de este nivel lo llevan a uno a pensar en los dos grandes caminos que está tomando la evolución de la música colombiana. Por un lado están aquellos que salen a decir que el vallenato es el rock de la costa, una aseveración que habría que demostrar con más rigor. Por otro, los que de verdad se contaminan, conocen los instrumentos, estudian la poesía, no les da miedo hacer una diablura y vuelven a encender el porro.

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