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| 11/3/2002 12:00:00 AM

Vivir para escribirlo

Imre Kertész, nuevo Premio Nobel de Literatura, estuvo en Auschwitz y escribió 'Sin destino', considerada la mejor novela sobre el holocausto. Este y dos títulos más de su importante obra se podrán conseguir desde la próxima semana en las librerías del país.

Cuando le anunciaron que regresaría al campo de concentración de Buchenwald, György Köves no pudo evitar el llanto. Pero las lágrimas no eran de dolor sino de esperanza pues sabía que allí podría disfrutar de una espesa sopa de zanahoria que añoraba después de sobrevivir a la comida que le brindaron en los otros dos campos en los que estuvo, Auschwitz y Zeitz. "No servían ni la reflexión, ni la lógica ni la deliberación, no servía la fría razón. En mi interior identifiqué un ligero deseo que acepté con vergüenza -porque aun siendo absurdo, era muy persistente- , el deseo de seguir viviendo, por otro ratito más, en este campo de concentración tan hermoso", pensó Köves, el protagonista de Sin destino, la primera novela de Imre Kertész, el nuevo Premio Nobel de Literatura.

Köves, quien fue deportado de Hungría a Alemania a los 15 años, al comienzo del relato se despide de su padre, también deportado. No sabe si lo volverá a ver. Se queda con su madrastra y a su madre sólo la ve dos días a la semana. Conoce a una joven y empieza a sentir el amor pero todo se interrumpe. A través de este personaje el escritor narra no sólo su experiencia en esos campos de concentración cuando tenía la misma edad de Köves sino también las anécdotas de miles de húngaros que vivieron la misma situación.

Kertész dice no ser el personaje de su novela, considerada el mejor libro que se ha escrito sobre el Holocausto en toda la historia. Su carácter documental pero, sobre todo, una narración ajena a sentimentalismos y dramas le valió a este escritor húngaro el máximo reconocimiento literario. En Sin destino su lenguaje es bondadoso, sin resentimientos, y su mirada neutra se contrapone a las crueldades que padeció. La Academia Sueca destacó, al momento de anunciar su nombre, que Kertész supo hacer una gran literatura en donde muchos hombres sólo hubieran encontrado dolor, rabia y desolación.

Y no es que no hable de la miseria que vivió. Köves cuenta que le resultaba más fácil cazar un piojo que una pulga o la cantidad de bichos que aplastaba cuando pasaba la mano por su espalda. O también cuenta cómo conseguía evadir el hambre después de pasar días enteros sin probar bocado. O también habla de momentos en los que se dejaba caer sin importar si era sobre un charco, o sobre lo que fuera, o si eso le implicaría una golpiza.

Para él lo más importante es respetar lo que cada judío vivió en esos campos de concentración y no ha dudado en manifestar, cada vez que puede, su rechazo hacia visiones dramáticas de la guerra como la que plasmó Steven Spielberg en su película La lista de Schindler, a la que calificó de kitsch. "El sobreviviente contempla con impotencia cómo le quitan su única posesión: las experiencias auténticas", dice.

De la película La vida es bella, del director Roberto Benigni, piensa diferente y así lo confiesa en su libro Un instante de silencio en el paredón. Exalta la idea de ver a Auschwitz como un juego en el que, al final, el ganador tendrá un "tanque de verdad". "¿No reconocemos en esta mentira una característica esencial de la realidad vívida? El hedor de la carne quemada nos revolvía el estómago y, sin embargo, no podíamos creer que fuera cierto. El hombre prefería entregarse a pensamientos más optimistas, a aquellos que lo incitaban a sobrevivir, y un 'tanque de verdad' es precisamente una promesa seductora de este tipo para un niño". Según él se pueden contar con los dedos de la mano a los escritores que han hecho una literatura realmente importante a raíz del Holocausto: Paul Celan, Tadeusz Borowski, Primo Levi, Jean Améry, Ruth Klüger, Claude Lanzmann y Miklós Radnóti.

Kertész dice que no sólo ha escrito sobre el Holocausto. También lo ha hecho sobre el estalinismo, una experiencia que considera similar al nazismo y cita un chiste propio de Budapest, ciudad en la que nació en 1929, para referirse a ello: "La diferencia consistía en que, durante el estalinismo, todos llevábamos en el pecho la estrella de David". Para él salir de los campos de concentración jamás significó recuperar la libertad. Bajo ese nuevo régimen se siguió sintiendo oprimido y por ello optó por un "autoexilio" en el que siempre se creyó amigo silencioso de los enemigos de Hungría. "Existe un país en el que nací, cuyo ciudadano soy y, sobre todo, en cuya maravillosa lengua hablo, leo y escribo mis libros; sin embargo, este país jamás ha sido mío; más bien, yo he sido suyo, y durante muchos años demostró ser más cárcel que hogar", confiesa en su ensayo Patria, hogar, país. Ha criticado a los intelectuales que se adaptaron al régimen durante esa época y por eso prefirió escribir en silencio, solitario, sobre su pasado y su destino.

Desde los 19 años empezó a trabajar en obras de teatro, en radio y en musicales. Kertész dice que el verdadero debate en torno a el holocausto sólo comenzó en los 70 y no a finales de los 40 como debió ocurrir. Sólo 30 años después se evaluó lo que había sucedido realmente. Sin destino se publicó en 1975. Esta novela, que llegó a Colombia hace algunos años, aunque sin tanta acogida pues el nombre de su autor era desconocido, será lanzada nuevamente la próxima semana bajo el sello de Editorial Plaza & Janés. Pero también se pondrán a la venta otros dos títulos de su prestigiosa obra que nunca habían llegado al país: Kaddish por un niño no nacido (1989) y Yo, otro (1997). Actualmente en algunas librerías se puede conseguir su libro de ensayos Un instante de silencio en el paredón, de la Editorial Herder.

Una gran noticia para el público lector en Colombia. Una obra que, sin duda, se ha convertido en referencia obligatoria sobre uno de los pasajes más oscuros de la historia pero que, a través de la mirada de Kertész, cobra otra dimensión. Ya lo dice el joven protagonista de Sin destino cuando todo, en apariencia, ha terminado: "Incluso allá, al lado de las chimeneas había habido, entre las torturas, en los intervalos de las torturas algo que se parecía a la felicidad. Todos me preguntaban por las calamidades, por los 'horrores', cuando para mí esa había sido la experiencia que más recordaba. Claro, de eso, de la felicidad en los campos de concentración, debería hablarles la próxima vez que me pregunten. Si me preguntan. Y si todavía me acuerdo".

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