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| 8/14/1995 12:00:00 AM

COMPRO UN SUEÑO

El mundo de los negocios sigue cauteloso los pasos de Edgar Bronfman, un joven millonario que invirtió la fortuna familiar en el azaroso ambiente del cine.

COMPRO UN SUEÑO COMPRO UN SUEÑO
A LOS NIÑOS RICOS POCOS los toman en serio. La gente casi siempre cree que su talento está en el bolsillo de sus padres y que si un día llegan lejos es porque la mitad del camino lo recorrieron en el carro de la fortuna familiar. De Edgar Bronfman Jr., el delfín de una legendaria familia accionista mayoritaria de los productos DuPont y de Seagram, una de las más grandes compañías distribuidoras de licores del mundo, se dice lo mismo.
Su historia es la del niño rico que se mete en la fábrica del papá a trabar las máquinas y a molestar a los empleados y con el tiempo y la curiosidad termina aprendiendo cómo funcionan. "No habia ninguna razón visible para pensar que tenía algún talento", afirma Richard Clurman, un asesor de su padre Edgar Bronfman. "Para mi sorpresa se convirtió en una persona segura de sí misma y en un ejecutivo capaz".
Bronfman es ahora uno de los zares de la industria del cine y el entretenimiento. En abril, el ejecutivo de 40 años decidió cambiar el mundo del petróleo y del Chivas Reagal, del cual extrajo la fortuna de su familia, por el más azaroso pero pantallero negocio de Hollywood. En una decisión arduamente criticada por los analistas de Wall Street, compró el 80 por ciento de MCA, la gigantesca firma de entretenimiento de Estados Unidos, propietaria de Universal Pictures y responsable de los éxitos taquilleros ET y Jurassic Park. La misma que había sido adquirida por Matsushita Electric Industrial Co. cuando los japoneses querían comprar todo lo que se moviera en Estados Unidos.
El dinero para la inversión, unos 8.800 millones de dólares, fue sacado de la venta de casi toda la tajada que tenía Seagram, la empresa de los Bronfman, en DuPont.
Para Bronfman ese es el precio de una máquina de sueños, pues desde muy joven aspiraba a vivir entre luces, directores y artistas famosos. El joven millonario componía canciones románticas y era productor de películas olvidables. Trabajó por un corto tiempo con el productor británico David Putman en la película Melody y apareció como extra en el filme de Jack Nicholson The Border en 1982.
Sus primeros coqueteos con el mundo del espectáculo terminaron cuando su papá lo llamó para que empezara a hacer pinos en Seagram, la empresa que su abuelo Samuel había adquirido en 1916 en Montreal, Canadá, y cuya fortuna se amasó gracias al contrabando de licores durante la prohibición de Estados Unidos. En 1928, vislumbrando que la prohibición llegaría a su fin, Sam Bronfman acumuló una gran reserva de whisky, de tal manera que cuando el período de veda terminó en 1933, el empresario tenía la más grande reserva del mundo. Con las utilidades, el abuelo compró tres destilerías en Estados Unidos, que le permitieron darse el lujo de mezclar 600 clases de whisky para crear así su más fino producto: el Crown Royal. En 1957 Sam dejó a cargo de los negocios a su hijo Edgar, quien se dedicó a diversificar las inversiones de la empresa efectuando negocios tan disímiles como supermercados en Israel, pozos de gas en Texas, el 25 por ciento de las acciones de DuPont y la gigantesca empresa de jugos Tropicana.
Entre las decisiones que imprimieron el sello glamouroso de Bronfman hijo, una vez asumió la presidencia de la compañía en 1994, fue comprar un 15 por ciento de Time Warner Inc., el financieramente cojo conglomerado de los medios de comunicación. Un analista se preguntaba entonces si podía ser cierto que un joven locato pagara 2.000 millones de dólares para poderse sentar a comer con estrellas de cine, a lo cual el delfín respondió: "Yo no voy a pasara la historia como el hombre que se hizo pipí en la fortuna de su familia".
Es muy temprano para saber si Bronfman ha pasado la prueba. Lo cierto es que la industria escogida para diversificar el declinante negocio de los licores, como lo hizo su padre, no es la más segura.
Para darse cuenta de eso Bronfman no tiene que ir muy lejos, pues en los libros de contabilidad de MCA encontrará la respuesta. Las ganancias de la firma cayeron en un 4 por ciento el año pasado y el 7 por ciento en 1993. En este verano la compañía tiene todas sus esperanzas puestas en dos películas que le costaron 50 millones de dólares, Casper y Apolo 13 y está estudiando la compra del fiasco de Kevin Costner, Waterworld, en 175 millones.
Por ahora, una de las luchas que tendrá que dar es quitarse de encima su reputación de un aficionado que le debe su posición más al nepotismo que al cacumen empresarial.

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