La Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan) fue creada después de la Segunda Guerra Mundial con el fin de frenar la expansión de la Unión Soviética en Europa. La caída del muro de Berlín y el colapso del comunismo soviético cambió la prioridad de seguridad de EE. UU. que pasó a Medio Oriente.
Allí el enfoque estaba en garantizar un suministro estratégico de energía. Luego, con el atentado de las Torres Gemelas se aceleró la intervención en Iraq y después en Afganistán sin mayores resultados.
Los incentivos geopolíticos de EE. UU. cambiaron por completo en 2014. La revolución del gas y petróleo de esquisto le concedió a este país la independencia energética del petróleo de Medio Oriente.
En este escenario, con la expansión de Beijing en el mar del Sur de China y el Océano Índico, los objetivos de seguridad nacional de EE. UU. se concentraron en Asia. Países como Japón, Taiwán, Australia, Corea del Sur, Vietnam e India son claves en esta estrategia geopolítica para contener la expansión china.
Si la prioridad de Estados Unidos no está ni en el Medio Oriente, ni en Europa Oriental muchos autócratas tratarán de hacer maniobras audaces para proyectar su poder en sus respectivas regiones.
Vladímir Putin ya comenzó su escalada en Ucrania, Turquía tiene un fuerte interés en el mar Egeo y Libia, mientras que Catar y Emiratos Árabes están en una guerra ‘proxy’ desde la Primavera Árabe. La misma guerra proxy existe entre Arabia Saudita e Irán.
El mapa geopolítico luce muy complicado y Europa está viviendo tal vez la amenaza más importante en su historia desde la Guerra Fría. Putin sabe que aunque Biden quiere intervenir en Ucrania no puede descuidar el frente en China. También sabe que los europeos están a su suerte y duda que los gobiernos alemán y francés quieran arriesgar las vidas de sus ciudadanos por Ucrania.
Putin es un gran jugador de póquer y sabe que las acciones diplomáticas de Otan no tienen peso. Si Europa y EE. UU. imponen un bloqueo a Rusia, la respuesta de esta afectaría a los ciudadanos europeos, justo cuando el Viejo Continente atraviesa una crisis energética.
Un potencial bloqueo a Rusia, que ya cuenta con parte del monopolio de los recursos energéticos de Eurasia, aceleraría el comercio internacional entre China y Rusia. Lo cual sería un gran triunfo para Beijing, cuya prioridad máxima es convertir al yuan en una alternativa al dólar.
Los grandes ganadores de la arremetida de Putin son el yuan y el precio del crudo. El perdedor es el euro.
