OPINIÓN

Guillermo Valencia

La guerra de la inteligencia ya ocurrió dos veces

Cien años después, la guerra se repitió con otro nombre.
29 de septiembre de 2026 a las 9:00 a. m.

La noche del 1 de mayo de 1893, doscientas mil bombillas se encendieron al mismo tiempo sobre la Exposición Universal de Chicago. La gente lloró. La corriente que las alimentaba no era de Thomas Edison, el hombre más famoso del mundo, sino de George Westinghouse, que había ofrecido la mitad del precio. Edison perdió la guerra de las corrientes y fue apartado de la empresa que llevaba su nombre. Westinghouse la ganó y los bancos lo sacaron de la suya en 1907. Nikola Tesla, que tenía razón, murió solo en un cuarto de hotel. La corriente alterna ganó. El sistema ganó. Los hombres, casi todos, perdieron.

Cien años después, la guerra se repitió con otro nombre. IBM le compró un sistema operativo a un muchacho de veinticinco años llamado Bill Gates, que puso una cláusula que parecía irrelevante: la licencia no era exclusiva. IBM construía máquinas; Gates construía el estándar. Steve Jobs hizo lo contrario, controló todo, perdió el escritorio y ganó el teléfono con la misma estrategia. Sun Microsystems tenía el mejor sistema del mercado y fue destruida por uno gratis, escrito por voluntarios, que empezó un estudiante finlandés como pasatiempo. Hoy Linux corre en cada servidor de la nube.

Y aquí estamos, en la tercera versión. Cada semana un laboratorio anuncia el modelo que va a cambiarlo todo, y cada semana un amigo me hace la misma pregunta: ¿quién va a ganar?

Los personajes ya existieron. Sam Altman es Edison: la marca, la prensa, el espectáculo. Elon Musk es Jobs con cohetes: acaba de fundir su laboratorio de inteligencia artificial dentro de SpaceX para controlar chips, energía, satélites y modelo bajo un solo hombre. Mark Zuckerberg juega a Gates: regala los pesos de sus modelos porque su negocio no es vender inteligencia, sino atención, y esta semana presentó a Muse, un agente con cara y gafas que vive en WhatsApp. Los chinos, DeepSeek y Alibaba a la cabeza, abren sus modelos porque no pueden ganar la guerra de los chips, así que pelean la del estándar. Y Jensen Huang, de Nvidia, es Intel y J.P. Morgan a la vez: le vende el generador a todos los bandos.

Google es el caso más interesante. Parece IBM, que tenía premios Nobel en un edificio y el negocio en otro, y perdió. Pero Google puso al científico al mando: Demis Hassabis ganó el Nobel de Química por AlphaFold y dirige un ciclo de descubrimiento donde cada resultado alimenta el siguiente modelo. Que sobreviva o no a la trampa de IBM se decidirá en una sola variable: si ese ciclo conserva su presupuesto cuando el trimestre aprieta.

Lo que las dos guerras anteriores enseñan cabe en cuatro reglas. El sistema se impone sobre su creador. Lo abierto gana la infraestructura y lo cerrado gana la experiencia, y ambos pueden ganar a la vez. Y el ganador de una guerra casi nunca gana la siguiente: IBM no ganó el escritorio, Microsoft no ganó el teléfono, y el líder de hoy en modelos probablemente no ganará la guerra del agente.

A mi amigo no le di un nombre. Le di un mapa. Nadie sabe quién gana la guerra del modelo; en 1893 nadie apostó por General Electric porque no existía. Lo que sí sabemos es que un nuevo modelo de producción nunca es una sola cosa. Es un edificio de capas, y cada capa tiene ganadores sin importar quién gane arriba: robótica, ontologías, cómputo, interconexión, electricidad, redes eléctricas y un sistema financiero nativo digital. Casi ninguna es un laboratorio de inteligencia artificial. Y dos de ellas, la electricidad y su distribución, son exactamente las de 1893.

Debajo de la inteligencia hay un chip. Debajo del chip hay un cable. La guerra de las corrientes nunca terminó. Solo cambió de nombre tres veces.