Definitivamente, las cosas sí han cambiado. Hace poco tuve que llevar a Lupe, una de nuestras perritas adoptadas, al veterinario. Tuve un proceso de observación diferente ya que estábamos solas y ella estaba muy nerviosa. Vi todo tipo de pacientes entrar, galletas ir y venir, conversaciones entre ‘padres y madres’ de los pacientes y un proceso que solo había vivido con mis hijos en el pediatra hace ya algunos años.
Y es que hace apenas unas décadas, el ciclo de la vida parecía estandarizado: estudiar, trabajar, casarse y tener hijos. Sumemos por supuesto tener préstamos, casa y muchos éxitos laborales.
Hoy, ese guion ha sido reescrito. Al caminar por los parques el paisaje ha cambiado, no solo en Colombia, sino en muchos otros países, hay más correas que cochecitos, y el lenguaje del cuidado ha migrado de la guardería al veterinario.
Y estoy convencida de que no es solo mi percepción, sino que es una realidad demográfica en que los números confirman mi observación como mamá de perro. Para 2025, en países como Colombia, se estimó que entre el 60 y el 67 % de los hogares conviven con una mascota, un salto drástico frente al 48 % que se registraba hace solo cinco años. En países como España, la brecha es aún más simbólica: ya existen más de 10 millones de perros censados, superando ampliamente la población de niños menores de cinco años.
Esta clarísimo que las nuevas generaciones sienten otro tipo de conexión con los animales. Esta transición no es una falta de capacidad de amar, sino quizás una transformación del compromiso. Vivimos en una era de incertidumbre económica y crisis climática, donde la ‘paternidad’ se percibe para muchos como un lujo inalcanzable o una responsabilidad que asusta.
Según estudios recientes de USA Today, hasta un 67 % de los jóvenes de la generación Z prefiere la compañía de un perro antes que la de un hijo, citando la flexibilidad y la salud mental como prioridades. No sé si esto suena egoísta, pero lo que sí sé es que suena sensato. No deberíamos traer niños a este planeta si no estamos seguros de cómo educarlos o si no tendremos el tiempo para acompañarlos a crecer.
Yo creo que el fenómeno de los ‘perrihijos’ nos habla de una profunda necesidad de volcar nuestro instinto de cuidado en alguien. Las mascotas ofrecen un amor que no cuestiona, que no exige autonomía y que no nos enfrenta al espejo de nuestras propias contradicciones humanas de la misma forma que lo hace un hijo. Creo que no hay nada más amoroso, además, que un perrito criollo (o bueno que cualquier perrito).
A mí me parece fabuloso que haya tanto amor para los animales. Acariciar a un perro libera oxitocina, la misma hormona que fortalece el vínculo entre una madre y su bebé. Así que, biológicamente, el consuelo es real. Pero sociológicamente, cabe preguntarnos si esta preferencia por las mascotas es un síntoma de nuestra dificultad para navegar los vínculos humanos complejos. Un hijo crece, discute, se rebela y, eventualmente, se va; un animal permanece en una eterna infancia de dependencia. Solo es una reflexión.
Al final, la familia ya no se define estrictamente por la sangre, sino por la elección afectiva. Las mascotas han pasado de ser guardianes del hogar a ser su corazón. Pero mientras llenamos nuestras redes sociales con fotos de nuestros compañeros de cuatro patas, no debemos perder de vista que el cuidado —ya sea de un niño o de un animal— debe nacer del respeto a su propia esencia, no de nuestra necesidad de llenar un vacío.
Tal vez el desafío de esta época no sea elegir entre pañales o collares, sino asegurarnos de que, sea cual sea nuestra elección, no perdamos la capacidad de conectar con la complejidad —a veces caótica y siempre desafiante— de nuestra propia especie. Y está claro que no es mi percepción: en 2025, el gasto en productos para mascotas ha superado en varios mercados al de productos básicos para bebé, como es el caso de los pañales.
Quiero entender que hay más amor para dar. El mundo necesitaba esta conexión. Yo me siento feliz de mi familia con perros, hijos y hasta una nieta gata.
Lo que está claro es que cuando me asomo a las noticias recuerdo esa frase que decía mi padre: “Entre más conozco a los humanos, más quiero a mi perro”.
