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Claudia Varela, columnista
Claudia Varela, columnista - Foto: Foto suministrada por la columnista Claudia Varela

Reflexión del liderazgo renovado

Un líder debe ser honesto, mostrando lo que realmente es.


Por: Claudia Varela

Recuerdo que en mi adolescencia, en un par de colegios, llamaron a mis padres para decirles de manera abierta que yo era una “líder negativa”, que había que encontrar la manera de manejarme porque llevaba a mis demás compañeras a lo indebido.

En realidad, es curioso, porque hoy esas conversaciones entre mis padres y el colegio tal vez tendrían otro tono, podría haber una alharaca si no se me respetaba el derecho a la libertad de expresión.

La verdad es que yo sí era líder, porque me escuchaban y me seguían con frecuencia, el tema es que el proceso de estandarización de las criaturas que estudiábamos hacía que mi manera de ver la vida generara, a muy temprana edad, algo de dolor de cabeza para algunos.

Dada mi experiencia lejana en el tiempo sobre las restricciones de un liderazgo que genere valor; al menos que invite a pensar diferente, pero se catalogue como tal, y a los muchos años trabajando con gente, equipos y culturas, les quiero compartir algunas reflexiones de lo que hoy es un liderazgo renovado.

Este líder debe tener:

1. Consistencia. Que no hable de puntualidad si es impuntual, por ejemplo.

2. Escucha de alta frecuencia. Esto creo que es lo más difícil. Se trata de una escucha tan activa que mire a los ojos, elimine los diálogos internos en los que ya no le prestó atención al interlocutor, interés por lo que dice el otro (pero genuino, por favor) y muchas preguntas poderosas. La escucha de alta frecuencia hace que al final de una conversación nos sintamos conectados realmente con lo que pasó. Cuando no escuchas, no te alimentas.

3. Vulnerabilidad. Un líder debe ser honesto mostrando lo que realmente es. No es un ser de otro universo, no es un superhéroe, no puede con todo solo. Puede incluso hacer preguntas básicas y no sentirse mal. Puede verse “feo” un día en el espejo, puede sentirse mal porque peleó con su novio o novia, o lo que sea que tiene. En otras palabras, únicamente quien es vulnerable y acepta su humanidad puede sobrevivir a momentos en los que tendrá que responder como humano y, por tanto, será comprendido y leído como un modelo.

4. Responsabilidad. La tendencia natural cuando hay un problema es echarles la culpa a otros de las cosas que no se hicieron porque hubo una equivocación, no se vio o no quiso hacer. Particularmente, me molesta mucho la gente que no se hace responsable de sus errores; esto puede pasar por supuesto, pero que la terquedad no nos lleve por delante. Un buen líder no se castiga a sí mismo, pero es siempre corresponsable de sus acciones. No culpes a los demás de tus propias metidas de pata; si eres tan bueno, pudiste planearlas o “verlas venir”.

5. No juzga. Un líder que quiera ser respetado y seguido sabe cómo manejar sus propias creencias limitantes. No usa términos que juzgan a los demás como agresivo, lanzado, conflictivo, tonto. No emplea la palabra “siempre” ni “nunca” en sus feedbacks. No totaliza, entiende que la vida no tiene problemas sino situaciones y, por tanto, entiende las realidades ajenas a la propia.

6. Es amoroso. Entiendo la dificultad de esta palabra en el ambiente corporativo, pero un líder que inspire es amoroso con su ambiente, con el planeta, con los demás; entiende a su equipo, entiende las necesidades de sus clientes, sabe que un proveedor necesita que le paguen a tiempo, paga bien los servicios de otro y sonríe cada vez que puede. Saluda y agradece de manera respetuosa a todos. No solo a los que mantienen conversaciones “de altísimo nivel”. Para mí, si hubiera más amor y más líderes que lo demostraran con consistencia, el mundo estaría mejor.

Dejo mi reflexión de este liderazgo renovado por nuevos skills, con una frase que me motiva a pensar que somos muchos más los soñadores:

Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión. La gente tiene que aprender a odiar, y si ellos pueden aprender a odiar, también se les puede enseñar a amar. El amor llega de forma más natural al corazón humano que su contrario (Nelson Mandela).