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| 3/21/2019 8:05:00 PM

Un hombre curioso, así es la vida del profesor colombiano nominado al Teacher Prize 2019

Luis Emiro Ramírez personifica una característica básica del buen maestro: la curiosidad. Gracias a ella, fue el único profesor colombiano nominado al Global Teacher Prize 2019, pues logró que sus alumnos generaran soluciones creativas para los problemas del campo en Caquetá.

Luis Emiro Ramírez: perfil del profesor colombiano nominado al Teacher Prize 2019 El profesor Luis Emiro Ramírez usa el río cerca a la institución para hacer clases de percepción ampliada al aire libre. Foto: Andrés Cardona
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Semana Educación

El día que lo nominaron para el Global Teacher Prize 2019, una profesora que le había dado clase todo el bachillerato lo llamó para felicitarlo y soltarle un reproche casi cariñoso: “¡Ya entendí por qué es que usted era así!”.

Y es que Luis Emiro Ramírez, uno de los 50 nominados al Global Teacher Prize, reconocimiento que entregará este domingo la Varkey Foundation, siempre fue inquieto. “Yo me ganaba muchos problemas por la curiosidad. Siempre me tenía que estar metiendo en todos lados, tocando y moviendo todo”.

Nació hace 36 años en El Doncello, Caquetá. Su madre, también docente, llegó a pensar que iba a ser autista, “porque duraba horas sentado mirando las hormigas, el cielo, cualquier cosa”, cuenta Ramírez, y se ríe. A sus diez años, le compró la enciclopedia “Lo sé todo”, y la leyó tanto que todavía hoy dice sabérsela de memoria. “A mí me gusta mucho aprender”, dice, “esa es mi debilidad”.

Se graduó en la capital del departamento, Florencia, como normalista y, movido por lo que él llama una “rebeldía adolescente”, decidió hacerse científico. Estudió Ingeniería Electrónica en la Universidad de Cundinamarca, pero “la tierrita llama” y, en 2008, después de graduarse, decidió volver a su municipio. En un principio trabajó como tutor del Sena y luego como docente del magisterio.

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En 2015 llegó a la Institución Educativa Rural Avenida el Caraño, en zona rural de Florencia, a enseñar matemáticas y tecnología, porque no había cupos para las escuelas urbanas.

Pero fue lo mejor que le pudo pasar. “Acá encontré unas habilidades en los niños que no me esperaba: los muchachos en la zona rural son más fácticos, tienen esa mentalidad de hacer lo que haya que hacer. Aunque obviamente también tienen unos vacíos muy fuertes en todas las áreas. Un muchacho en sexto a veces llega sin saber leer”.

Sin embargo, el problema más grande que identificó en la región es lo que él llama la ‘deprivación sociocultural’ de los estudiantes. En palabras sencillas, esto quiere decir que los jóvenes deciden irse a las ciudades para dedicarse a trabajos de bajas competencias, porque no se sienten aptos para más.

No sienten afinidad ni aptitud para las materias más pesadas (Física, Química o Matemáticas), y abandonan el colegio antes de cumplir 15 años. De hecho, en el Avenida el Caraño, de aproximadamente 50 estudiantes que cursaban noveno grado, solo unos 15 ingresaban a décimo.

Había que hacer algo para motivar a los jóvenes a continuar su proceso de aprendizaje, y a Ramírez se le ocurrió utilizar la Agromática, la aplicación de principios de informática para solucionar problemas del campo.

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La piedra angular
Por eso, al inicio de cada año lectivo, los estudiantes llevan entre 50 a 100 interrogantes para empezar la clase con Ramírez. Esa es la piedra angular de su proyecto. A partir de ellos, buscan comprobar alguna hipótesis y empiezan a participar en proyectos transversales a todas las materias.

De sexto a octavo, trabajan en el monitoreo de condiciones climáticas y la prevención de desastres; de noveno a décimo, en el control de las huertas escolares, y en once, en la solución de un problema de algún proyecto productivo que desarrollan ellos mismos en la institución.

Así, por ejemplo, el año pasado un estudiante se preguntó si se podría hacer un pulsioxímetro (esa especie de pinza que los médicos ponen en el dedo índice para medir la cantidad de oxígeno en la sangre), pero para las plantas.

Y lo hizo. Desarrolló un medidor espectroscópico que mide la clorofila (un indicador de qué tan saludable está una planta) de los cultivos.

También han desarrollado soluciones para la luminosidad de los cultivos, la temperatura de los estanques de piscicultura, la incubación de gallinas ponedoras de huevos azules (muy apetecidos en el mercado), entre otros.

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Son proyectos –por ahora– de pequeño impacto, con una finalidad más pedagógica que comercial. Pero ya han “pegado” en la comunidad, afirma el profesor.

El Avenida el Caraño queda en una zona montañosa, justo en la “Y” entre los ríos Hacha y Caraño, por lo que el riesgo de una inundación es considerable. Con la ayuda de los estudiantes, Ramírez se inventó un sistema de monitoreo que mide el caudal y el nivel del agua río arriba, y que activa una sirena en caso de avalancha.

En enero, la comunidad se interesó por la tecnología y se organizó con el colegio para llevar los equipos a otros puntos del municipio.

Romper el molde
Ramírez concluye que la clave del éxito reside en la innovación. Cuando empezó a enseñar, le dio por leer todo artículo que encontraba sobre pedagogía para experimentarla en sus asignaturas. Alguna vez intentó hacer una clase con rumba, que –había leído– hicieron en un colegio de Holanda.

Puso bolsas negras para tapar las ventanas, luces de discoteca, consiguió un DJ y proyectó la clase en un videobeam.

No funcionó. Cuando evaluó a sus alumnos al final de la actividad, les fue terrible. “Lamentablemente, nadie aprendió nada. Pero todo el mundo consiguió pareja”, agrega en chiste.

Y es que, a pesar de que en educación cualquier iniciativa suena muy bonita, no todo sirve, afirma. ¿Qué es lo que sí funciona, en su opinión? “Toda clase que contextualice en lo que el muchacho sabe hacer, donde se sienta cómodo, porque él sabe de eso. Que crea que sabe más que el docente, ¡eso es fabuloso! Porque es la única manera de que un joven pregunte y se apropie del tema”.

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Para Ramírez, de eso le sirvió la Agromática: para aprender a voltear el aula y enganchar a los estudiantes. Porque ellos del campo sí conocen y le enseñan constantemente. “Yo necesitaba dos cosas: aprender a cultivar –que es lo que ellos saben– y enseñarles a ellos tecnología –que es lo que yo sé–. Entonces la Agromática fue la excusa para hacer un vínculo afectivo con los muchachos para que aprendamos juntos”, cuenta.

Al profe eso no le cuesta trabajo. Dice con orgullo que su parte favorita de enseñar es aprender con ellos; que le enseñen sobre las plantas que usan sus madres para curar una enfermedad u otra, y pensar juntos soluciones para las dificultades que tienen sus familias con sus cultivos día tras día.

Tiene claro que su labor no es tanto transmitir como contagiar a sus alumnos de su amor por el conocimiento.

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