Se podría pensar que todo ha sido gracias a las cejas. Se podría decir que sin aquel gesto irónico que se repite en sus actuaciones, sin ese sombrero de eñe que ha subrayado sus frases más importantes, este Jack Nicholson que acaba de cumplir 70 años no habría conseguido que el Garrett Breedlove de La fuerza del cariño (1983) nos hiciera reír con la confesión "Aurora: sacas el diablo que hay en mí" o que el Jack Torrance de El resplandor (1981) gritara "¡aquí está Johnny!" en nuestras pesadillas, o que el Melvin Udall de Mejor imposible (1997) derrumbara con la línea "haces que quiera ser un mejor hombre" las pocas defensas que nos quedaban en ese punto de aquella película. Se podría decir eso, que una sola mueca lo ha convertido en una de las grandes estrellas de la historia del cine, pero correríamos el riesgo de dejar de lado el misterio que lo ha rodeado desde siempre, su sorprendente ausencia de vanidad a la hora de enfrentarse a las escenas menos favorecedoras y su capacidad para perderse en los personajes que interpreta.
Quizá no hayamos entendido, aún, las verdaderas dimensiones de la noticia: el actor norteamericano Jack Nicholson, abnegado figurante en el cine de serie B de los 60, protagonista de algunos de los más grandes largometrajes de los 70, estrella gigantesca que se robó en un par de escenas algunas de las más reconocidas producciones de los 80, leyenda viva que desde entonces se ha jugado el pellejo dentro de algunos de los héroes más vulnerables que han pasado por la pantalla, acaba de llegar a los 70 años sin haber dejado de ser un enigma que los espectadores del mundo se mueren por descifrar de película en película. Y su cumpleaños, rodeado de los cinco hijos que ha tenido con cuatro mujeres diferentes, de los 62 premios internacionales que ha recibido hasta hoy, de los cientos de miles de intérpretes que aspiran a ser al menos la mitad de buenos, es un buen pretexto para revisar su gran legado.
Más allá de esos escandalosos detalles biográficos que han salido a la luz en un par de entrevistas, más allá de los chismes inabarcables que lo han convertido en una presencia constante de los diarios sensacionalistas (y que se pueden resumir, hacia atrás, de la siguiente manera: la revista Maxim aseguró hace un par de años que se ha acostado con más de 2.000 mujeres, dejó a Anjelica Huston en 1989 tras 17 años de noviazgo, sólo se ha casado una vez en la vida, defendió al devastado Roman Polanski cuando fue acusado de violar a una niña de 13 años, nació el 22 de abril de 1927 en Neptune, Nueva Jersey, en una familia católica que le ocultó hasta 1974 que su hermana June en verdad era su madre y que su madre Ethel en realidad era su abuela), más allá, en fin, de aquellos rumores que lo han traído a esta década con la imagen de hombre enloquecido que ha vivido a su manera, está una carrera en las pantallas de cine que quizá sólo se pueda comparar con la de Marlon Brando.
En su último año de secundaria, en la Manasquan High School de Nueva Jersey, fue declarado por sus compañeros "el payaso de la clase". Comenzaba, en aquel 1954, un camino empinado que lo llevaría, como a tantos actores, por las mediocres series de televisión, los comerciales sin pies ni cabeza y los baratísimos largometrajes de horror producidos en un abrir y cerrar de ojos por aquel maestro de la serie B llamado Roger Corman. Fue allí, en la fábrica de películas de Corman, donde afinó su talento para improvisar, aprendió a escribir sus propias líneas (y a sospechar que ser actor y ser escritor es ser casi lo mismo) y conoció a los dos artistas, los en ese entonces sicodélicos Dennis Hopper y Peter Fonda, que le permitirían pasar de ser un trabajador sacrificado de la industria a ser uno de esos dioses paganos que gobiernan el universo de las películas. Su interpretación del abogado alcohólico George Hanson en la icónica Easy Rider lo puso en el mapa de Hollywood. Y hasta ahora era 1969.
Siguió en su carrera, desde ese momento, una serie de clásicos instantáneos filmados en los primeros años de los años 70 (dirigidos, todos, por futuros grandes maestros del cine) como Mi vida es mi vida, Conocimiento carnal, El último detalle, Chinatown, Atrapado sin salida, El pasajero y El último magnate. Y así, de la mano de los premios, de la mano de las buenas críticas, llegaron no sólo las memorables interpretaciones en El cartero siempre llama dos veces (1981), El honor de los Prizzi (1985) y Las brujas de Eastwick (1987), sino un extraordinario poder dentro de la abrumadora industria de Hollywood que le hizo posible escribir, dirigir y producir algunos experimentos (entre esos una infravalorada segunda parte de Chinatown titulada Los dos Jakes) que tal vez sean los trabajos más oscuros dentro de su filmografía.
Se dice que por interpretar al Guasón en la taquillerísima Batman (1989), de Tim Burton, recibió un poco más de 60 millones de dólares. Y que aún hoy resulta difícil que aparezca en una producción por menos de 15. Nadie podría atreverse a asegurar, sin embargo, que haya hecho una sola película sólo por recibir esos cheques extravagantes: si algo claro se puede ver en sus últimas actuaciones, si algo lo diferencia de actores de su generación tan brillantes como Robert De Niro, Dustin Hoffman o Al Pacino, es que su presencia, que es la de un hombre vulnerable, sin vanidades a la vista, herido en la raíz de su amor propio, rescata hasta los largometrajes más mediocres de la lista del olvido. Gracias a su entrega se puede llegar a pensar, por ejemplo, que obras menores como Asesino oculto (2001), Locos de ira (2003) y Alguien tiene que ceder (2003) en verdad valen la pena. Y la pregunta, por supuesto, es "¿por qué?".
Sólo él, se sabe, habría podido ser el coronel Nathan Jessep que grita "usted no puede con la verdad" en Cuestión de honor (1992). Sólo él, sin duda, habría podido preguntarse "¿cuál es la diferencia?" entre policías y criminales, en la primera secuencia de Los infiltrados (2006). Pero ¿por qué? ¿Qué tiene él que no tengan los otros? ¿Qué cosa extraña se encuentra detrás de su genio? Lo dice el cineasta James L. Brooks en un valioso reportaje publicado esta semana en The Guardian, este Jack Nicholson que acaba de cumplir 70 ha conseguido, a diferencia de los otros, que su personalidad contagiosa aparezca siempre en la pantalla, que su amor por la actuación no decaiga en ninguna de las escenas a las que entra como si su carrera acabara de empezar y que su fragilidad sea una norma en los primeros planos que ha llevado entre las cejas. Es una especie de milagro.
personaje
El payaso de la clase
Jack Nicholson cumplió 70 años, lleva medio siglo dedicado al cine y su carrera lo ha convertido en una de las leyendas vivas de Hollywood. Semblanza de Ricardo Silva.
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27 de abril de 2007 a las 7:00 p. m.
