El pasado 4 de septiembre una sombra se proyectó sobre la visita oficial del primer ministro japonés Ryutaro Hashimoto a Beijing. La razón es que el premier chino Li Peng no desaprovechó la oportunidad para decirle que el futuro de las relaciones sino-japonesas dependía de la actitud de Japón hacia su historia y de que ese país enfrente su responsabilidad por la brutal agresión que perpetró contra China en los años 30. Porque precisamente el próximo 13 de diciembre se cumplen 60 años de la masacre de Nanjing, el hecho más grave y más olvidado de la época turbulenta que precedió a la Segunda Guerra Mundial. El esfuerzo chino porque Japón reconozca su historia es apoyado por la comunidad de ese país en Estados Unidos, que fundó la 'Alianza para preservar la verdad sobre la guerra sino-japonesa', que tiene en los judíos un ejemplo de cómo evitar que se olvide el pasado. Perdonar pero no olvidar es su lema. Japón, dominado por la derecha, niega los hechos y permite que altos funcionarios visiten el santuario de Yasukuni, donde se encuentran enterrados 14 criminales de guerra japoneses de 'clase A' bajo el estatus de 'mártires del emperador'.
La toma de Nanjing
El 13 de diciembre de 1937 las tropas japonesas tomaron Nanjing, en esos momentos capital china. En seis semanas acabaron con 300.000 vidas de civiles y miembros del Partido Comunista. La maquinaria burocrática de Hitler para el exterminio humano nunca fue tan eficaz proporcionalmente como los soldados del emperador japonés Hirohito, que ejecutaron a más de 7.000 personas por día durante las seis semanas de la masacre de Nanjing. La matanza es el acto más grave de agresión de Japón contra China, pero lo cierto es que desde 1931 los japoneses comenzaron a realizar masacres en 'pequeña escala' mediante cámaras de gas. Según las evidencias de la 'Alianza para preservar la verdad', entre Japón y Alemania había comunidad de intereses y de métodos. Los militares japoneses realizaban para esa época experimentos con humanos para la guerra biológica, con asesoría alemana, para la difusión de peste bubónica, tifo y ántrax. China era la clave del esfuerzo bélico de Japón en Asia y Nanjing era la clave de la guerra en China. Según el 'Memorial Tanaka', en que se basó la estrategia japonesa, sólo ocupando China, Japón podía extender su dominación sobre el Pacífico y luego sobre el mundo con los aliados del Eje. Al caer Nanjing, Japón controlaba el delta del Yangtsé y empujaba a los patriotas chinos hacia las aisladas zonas del interior.
El 13 de diciembre de 1937 Japón lanzó un ataque general contra Nanjing. Quienes trataron de cruzar el Yangtsé fueron ametrallados, con un resultado inicial de 50.000 muertos. La ciudad fue ocupada a sangre y fuego, calle por calle. La débil resistencia china duró dos días, en los que murieron 100.000 personas más. Los residentes huían por todos los puntos cardinales. Algunos buscaron refugio en asentamientos extranjeros protegidos por una inmunidad general obtenida por las potencias en los 'Tratados desiguales' con el gobierno chino desde 1842. Allí, en las puertas de los asentamientos, cayeron 20.000 chinos más. En medio de la locura, el 17 de diciembre las tropas japonesas realizaron una ceremonia de 'Ingreso a la ciudad'. En los días siguientes los vencedores capturaron a todo sospechoso de ser soldado o comunista, y la masacre adquirió dimensiones demenciales. Los campos de concentración se llenaron con miles de chinos que fueron fusilados, enterrados vivos, decapitados o atravesados por las bayonetas. En las afueras de Nanjing se cavaron fosas, en las cuales los prisioneros eran obligados a entrar para sentir su propia muerte. En otros casos los enterraban solo hasta el cuello para que las víctimas padecieran una muerte lenta. Con ellas los japoneses hacían entrenamiento de tiro, que practicaban también con las cabezas de los decapitados. Hubo violación de mujeres y de niños (que luego asesinaban), extracción de vísceras a personas vivas, asesinato de embarazadas y abortos con bayoneta. La seis semanas de atrocidades en Nanjing dejaron 300.000 muertos, que sin embargo son apenas una pequeña parte de los 15 millones de víctimas que dejó como saldo mortal la agresión japonesa a China desde 1931 y que la 'Alianza para preservar la verdad' cuantifica en el doble. De lejos, se trata de un holocausto olvidado.
Japón ocultasu historia
Desde su rendición ante las potencias aliadas Japón ha evadido o negado la masacre de Nanjing a pesar de las biografías y autobiografías de soldados y oficiales imperiales protagonistas de los hechos. En los juicios que siguieron a la derrota japonesa en la Segunda Guerra Mundial la masacre fue tratada como un hecho más. El sector de la sociedad japonesa al que pertenecían los oficiales y funcionarios acusados como criminales de guerra culpó a los chinos de inventarse la masacre y de ser los responsables del comienzo de la guerra en 1931. Los textos oficiales japoneses, incluidos los libros escolares de historia, se refieren a los hechos como el 'incidente de Nanjing' o simplemente evitan cualquier alusión. En los últimos años, con el crecimiento del papel político de Japón en el mundo, el revisionismo se ha fortalecido. Pero los japoneses continúan negándolo. El primero en volver a hablar de ello fue el miembro de la Dieta (el parlamento japonés) Shintaro Ishidara en una entrevista a la revista Playboy. Dijo que la masacre jamás ocurrió y que era un montaje chino. Varios miembros del gobierno japonés apoyaron estas declaraciones. China reaccionó, secundada por otros países asiáticos y algunos sectores de izquierda en el Japón. El gobierno nipón no reconoce la existencia de una guerra injusta sino de hechos aislados en una guerra justa. ¿Por qué Japón no se disculpa?
Todo parece obedecer a razones culturales. Mientras los europeos tienen una cultura 'de culpa', los japoneses tienen una 'cultura de vergüenza'. Los europeos asumen su responsabilidad ofreciendo disculpas y los japoneses sienten vergüenza interior. Los europeos pagan con el escarnio público mientras los japoneses se suicidan con el hara-kiri. De ser cierta esta teoría, los japoneses se han quedado en la mitad del camino porque la indignación de los chinos a lo largo y ancho del mundo se debe a que la masacre fue cometida por el mismo Estado y la misma casa imperial que ahora permite el revisionismo y la negación. Es por esto que la situación de Japón es distinta a la de Alemania, donde los nazis no gobiernan.
Pugna interna
Los argumentos de los japoneses tienen múltiples variaciones. Nunca han admitido que la guerra fue un acto de agresión contra países débiles y sostienen que la guerra tuvo un motivo justo: liberar a Asia del colonialismo europeo y norteamericano. Para China, en cambio, la guerra fue injusta y los actos atroces fueron cometidos dentro del espíritu de una guerra de agresión imperialista. Japón tiene una prolongada historia de colonialismo en Asia, especialmente en China, y no posee autoridad para asumir el papel de liberador de los chinos ni de ningún pueblo asiático. El gobierno japonés ha lamentado "los sufrimientos causados" a varios pueblos de Asia y ya hizo el debido reconocimiento histórico a algunos de ellos. En octubre de 1992 el emperador Akihito en su discurso en Beijing dijo que en el pasado hubo "un infortunado período en que mi país infligió gran sufrimiento al pueblo chino, lamento mucho esto. Esta guerra no debería repetirse nunca más". El emperador midió cuidadosamente las palabras. Expresó dolor sin presentar disculpas. Sus palabras fueron el resultado de arduas negociaciones entre chinos y japoneses, pues indudablemente uno de los puntos más neurálgicos de la primera visita de un emperador japonés a China en 2.000 años de contactos mutuos era precisamente cómo asumir la historia. Los chinos necesitaban que la visita se realizara pero insistían en que se enfrentara el tema. Japón necesitaba llevar las relaciones al más alto nivel y nada mejor que una primera visita en 2.000 años de un emperador a China, pero no estaba dispuesto a 'perder la cara' en un reconocimiento para el cual no estaba listo ni política ni socialmente. Sin embargo, la avanzada derechista japonesa contra el reconocimiento histórico y el arrepentimiento continuó. En 1994, cuando se preparaban las conmemoraciones del aniversario del desembarco aliado en Normandía y del comienzo del fin de la Segunda Guerra Mundial, los ultranacionalistas crearon divisiones en la cúpula del gobierno y se impusieron en el escenario político. Atacaron al primer ministro Morihiro Hosokawa por decir en Beijing en marzo de 1994 que "deploraba profundamente" los "intolerables sufrimientos" que Japón había causado a China y que su gobierno haría continuos esfuerzos para estudiar su historia y tener una relación estable con China. En mayo, el ministro de Justicia Nagano Shigeto recogió la tesis de que la masacre de Nanjing era una invención. En agosto, el director de la Agencia de Medio Ambiente Shin Sakurai dijo que Japón "nunca desató una guerra de agresión en Asia" y que su papel en la Segunda Guerra Mundial "condujo a la independencia, la difusión de la educación y la elevación cultural de Asia". Ante el reclamo asiático los nipones dijeron que la posición de Sakurai "no representa la del gobierno japonés", sin desmentirlo categóricamente. En 1995 el premier Tomiichi Murayama visitó a China. En una ceremonia en el puente de Marco Polo expresó que "Japón siente profundo pesar" por los sufrimientos causados en el pasado a China. La tendencia de la negación se imponía claramente. El contraste con lo dicho por Hosokawa un año antes era concluyente. Murayama lideraba el reconocimiento de la injusticia de la guerra y el ofrecimiento de disculpas, pero el espacio político era estrecho por la dominación de la derecha. En el 50º aniversario de la Segunda Guerra Mundial, la Dieta expidió la 'Resolución sobre la guerra' que significó una derrota para la izquierda, pues afirma que "cuando otras potencias estaban dedicadas a actos de agresión y colonialismo, Japón se vio envuelto en tales hechos", admite que desató la guerra y se equipara a las potencias aliadas. La resolución fue negociada entre los principales grupos políticos japoneses y aunque tiene partes de tendencia democrática de reflexionar sobre la historia, tiene otras donde Japón aparece en la guerra por accidente y no por un designio cuidadosamente elaborado de invadir a China para dominar al Asia y extender el control sobre el mundo, con Hitler y Mussolini, sus aliados militares e ideológicos.
La Alianza de Seguridad entre Estados Unidos y Japón, que busca enfrentar la 'amenaza china', en lo político, económico, militar, cultural e ideológico, impulsó más a la derecha japonesa. Tokio y Washington ven en China la mayor amenaza del mundo actual, pues tiene poder nuclear y militar, está dirigida por un Partido Comunista, es próspera y puede causar crisis alimentaria mundial. Esto lo dicen precisamente dos de los protagonistas de la agresión y el colonialismo en China, ahora aliados contra ella. Con estos antecedentes, en julio de 1996 el primer ministro Hashimoto realizó una 'visita privada' al santuario de Yasukuni. En agosto, el gabinete en pleno rindió culto al ex ministro de Guerra Hideki Tojo, enjuiciado como criminal de guerra 'clase A'. Estas acciones motivaron un fuerte ar-tículo en el Diario del Pueblo de Beijing. El mensaje era claro: China no estaba dispuesta a ser agredida de nuevo y por tanto el Japón debía actuar con cautela y sensatez.
No olvidar para no repetir
La comunidad judía ha realizado un largo trabajo para que no se olviden las atrocidades nazis. Cientos de documentales, libros y películas sobre el exterminio sistemático a los judíos han despertado la justicia mundial y han llamado la atención sobre la necesidad de no repetir la historia y de neutralizar la resurgencia neonazi. Sobre la masacre de Nanjing, en cambio, no hay una sola película y pocos recuerdan que en estos días se conmemoran 60 años del episodio más atroz sucedido en Asia en este siglo.
Pero no solo es un problema de aniversarios. Hoy por hoy se trata también de un delicado asunto político. La derecha se ha impuesto en Japón. De las palabras de Hosokawa sobre la concientización histórica se pasó en apenas unos meses a la visita del gabinete al santuario de Yasukuni. ¿Cuál es el Japón que quiere entrar al Consejo de Seguridad de la ONU? ¿Resurgirá la tendencia militarista japonesa en Asia? ¿Quién resulta más amenazante, el victimario que se niega a reconocer lo que hizo o la víctima que se niega a aceptar su historia? La China de hoy no es la China de ayer. Los chinos han pasado por un proceso de reconstrucción cultural y nacional desde 1949, cuando Mao proclamó la fundación de la República Popular con un estruendoso "China se ha puesto de pie", que subrayaba que las épocas de humillación habían pasado y que el país estaba, por fin, en capacidad de defenderse. Su política es de paz, bajo la premisa de que la confrontación no se busca, pero tampoco se evita ni se le teme.
Cuando Li Peng dijo a Hashimoto que las relaciones futuras dependían de la actitud de Japón hacia su historia, estaba diciendo claramente que la opción de la confrontación es fundamentalmente de los nipones. El mundo debe optar entre creer que la amenaza proviene de China, que no quiere que la historia se repita, o de un Japón dominado por una derecha recalcitrante y renuente _como la alemana_ a admitir las atrocidades cometidas en medio de una guerra injusta.
EL GENOCIDIO OLVIDADO
Sesenta año s después de la masacrede Nanjing los chinos buscan que el mundo reconozca una de las peores tragedias de la historia. Ensayo del sinólogo Guillermo Puyana.
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4 de enero de 1998, 7:00 p. m.