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| 3/10/1986 12:00:00 AM

LA HERENCIA RADICAL

Al cumplir 100 años el Externado de Colombia, el Consejero de Estado y profesor de esta universidad, Enrique Low Murtra, abre la polémica sobre la Regeneración y el Centenario de la Constitución de Núñez

LA HERENCIA RADICAL LA HERENCIA RADICAL
"La felicidad pública debe ser el objeto de la legislación y la utilidad general el principio del razonamiento en legislación. Conocer el bien de la comunidad de cuyos intereses se trata constituye la ciencia; hallar los medios de realizar este bien, constituye el arte".
Estas frases de un célebre jurista inglés son aceptadas hoy por cualquier ciudadano estudioso de la cosa pública. Sin embargo, para don Rafael Núñez y para su compañero de lides políticas, don Miguel Antonio Caro, ellas fueron anatema y su enseñanza se prohibió a lo largo y ancho de la República.
No obstante, en nuestro bachillerato, nuestros maestros de historia exaltan la figura de Núñez y las ideas de la Regeneración; califican al primero como el salvador de Colombia y a las segundas como senderos de gloria en medio de la anarquía reinante. Siempre he cuestionado este modo de mirar la historia, y aunque es interesante la apologética que Indalecio Liévano hizo de don Rafael, creo que oculta importantes facetas del devenir de su vida pública.
A unos y otros se les olvida el nocivo efecto que representó para Colombia su posición intransigente en el campo educativo. Ellos vetaron el estudio libre de la ciencia. Bueno o malo, el radicalismo había sido cultor del espíritu, continuador perpetuo de la aspiración docente que tuvo el general Santander. Por ejemplo, la Universidad Nacional fue fundada en 1867, durante los primeros años de la Constitución de Rionegro. Los liberales de la época fueron impulsores de la educación y en el avance de la ciencia pusieron su principal pasión.
Desafortunadamente la Regeneración representó, en esencia, un retroceso en el campo de la educación. Los maestros de la Universidad Nacional y los del Colegio del Rosario sufrieron persecución política y fueron expulsados de sus labores docentes.
Así fue como nació el Externado de Colombia, centro universitario que cumple esta semana su primer siglo de existencia. Nicolás Pinzón Warlosten, el 15 de febrero de 1886, poco después de la batalla de La Humareda que le dio la victoria a Núñez, fundó el Externado, alojando en su seno a los profesores que habían sido expulsados de la Nacional y del Rosario. Dos de ellos habían sido presidentes de la República: Salvador Camacho Roldán y Froilán Largacha. Juan David Herrera, médico con estudios en Italia, ostentó la cátedra de anatomía.
Fue el Externado la única universidad laica no oficial fundada el siglo pasado. No cabe duda que ello significó mucho, especialmente si se piensa en el temperamento intransigente e intolerable del señor Caro y de la administración Holguín. El Externado no escapó a la hostilidad oficial, amparada a menudo por la celebérrima "ley de los caballos", bajo cuya vigencia se cerró el trabajo de muchas instituciones científicas.
Principios tales como la libertad de cátedra, de expresión, de creencias o la fe inalienable en la igualdad de los hombres y en la dignidad humana, la tolerancia y el respeto mutuo, fueron la enseñanza prioritaria del doctor Pinzón y de los profesores de la época. Con el devenir de los años se convirtieron en los principios rectores del Externado, adquiriendo el carácter de eje central de su filosofía educativa.
El Externado ha sido así refugio del libre pensamiento, sin perder nunca el rigor científico, en todas las épocas de su historia, hoy ya centenaria. En su primera época, cuando se creó en medio de las convulsiones de la Regeneración, el Externado era el único lugar donde se leía a Jeremías Bentham, a Augusto Comte y a Heriberto Spencer, a Alexis de Tocqueville y a Alexander Hamilton, sin que ello implicase desconocer a los escolásticos cuyo estudio era tan necesario en el Externado como exclusivo y excluyente en los claustros de las universidades oficiales.
No es difícil imaginar las angustias que debió atravesar el doctor Pinzón y que seguramente atravesaron los profesores del claustro externadista si uno piensa en las actitudes del señor Caro, particularmente dogmáticas. Quizá su temperamento tan intolerante derivaba de su excelencia como gramático, arte que desempeñó magistralmente, pero que al traducirse en gestión de gobernante representó persecuciones cruentas al Partido Liberal, así como también a las actitudes y enseñanzas del radicalismo.
No creo exento de error a muchos de los escritos que se asocian con el radicalismo. En materia económica para ilustrar con un ejemplo, algunas de las ideas de don Miguel Samper fueron objeto de crítica, y con el tiempo han sido abandonadas. Cabe entender que la moneda fiduciaria era una figura insólita en aquel entonces y por ello la resistencia del señor Samper que se aferraba con vehemencia a la concepción metálica del dinero.
Otro postulado de algunos radicales severamente cuestionado es el del libre comercio, vehementemente defendido por algunos liberales del siglo pasado como Florentino González y el mismo señor Samper. Sin embargo otros radicales como el propio Murillo Toro, con sentido pragmático pregonaron la necesidad de proteger la industria de la competencia extranjera.
La verdad es que en ciertos puntos no puede hablarse de una posición uniforme de los radicales, sino de posiciones variadas, propias de una escuela donde el pensamiento libre es el nervio de su enseñanza.
Lo que hizo especialmente valioso el radicalismo fue aceptar la posibilidad científica del error, pues éste es una etapa, a veces necesaria, en el proceso de cognición. Ensayo, error, ensayo. Los métodos analíticos y empíricos más variados permiten aproximar el conocimiento a la verdad. Esta no es un dogma, ni el error un pecado. Por el contrario, los elementos propios del proceso del conocimiento nos llevan gradualmente a ver las cosas como son, esto es, a llegar a una verdad objetiva. Esta verdad universitaria no es una ideologia, ni una creencia, pues resulta de una metodología de análisis, observación, deducción, inducción y lógica fría. Debe aprenderse con riguroso estudio y para ello es necesario el libre examen. Claro está que cada cual puede tener las creencias que quiera: eso ya es ajeno al proceso científico y no debe hacer parte de la discusión académica.
EL DOGMA DEL NO DOGMA
Todos veneramos a los abuelos radicales, pero no todos somos radicales. Los únicos principios que no se abandonan nunca son los que constituyen el hálito de su espíritu y el gran legado de los fundadores: precisamente el no tener dogmas, ni considerar anatema el pensamiento libre que se aparta del nuestro. Es propio de las aulas universitarias el cuestionamiento incesante de lo que se da por cierto. Es propio del Externado no tener más dogma que el de la inexistencia, a nivel universitario, de todo dogma.
El 15 de marzo de 1895 murió el doctor Pinzón. A causa de su muerte y tras el destierro de don Santiago Pérez, el Externado cerró sus puertas desde 1895 hasta 1918.
En marzo de 1918 muchos de sus primeros alumnos decidieron revivir el Externado. Bajo la rectoría de don Diego Mendoza Pérez inició sus labores el 2 de abril de ese año. Con él una pléyade de grandes maestros: Tomás Eastman, Nemesio Camacho, Lucas Caballero, Ricardo Hinestrosa, Pedro Manrique, Enrique Olaya Herrera, Eduardo Santos, Luis Eduardo Nieto Caballero, Antonio José Iregui, Antonio Samper Uribe y Luis E. Villar, entre otros.
La vida del Externado en este siglo tiene rasgos de continuidad esencial con los primeros años de su existencia. Al igual que en los años del doctor Pinzón, en el siglo XX el Externado es un refugio al libre pensamiento. Dos ejemplos recientes ilustran este estilo. Muchos de nosotros recordamos los años de la dictadura del general Rojas Pinilla. En 1955 el General se sintió incómodo con el disentir de la prensa liberal y de los estudiantes. Clausuró la publicación de El Tiempo y de El Espectador. Un grupo de estudiantes fue expulsado de la Universidad Nacional. El gobierno prohibió de manera perentoria su ingreso a cualquiera otra universidad en el país.
El Externado, entonces bajo la rectoria del inolvidable maestro Ricardo Hinestrosa Daza, abrió sus puertas a los estudiantes perseguidos por sus creencias. No importaron las amenazas: ni aun el riesgo de que el dictador enfurecido pudiese ordenar el cierre de sus puertas. Los principios rectores que habían inspirado la creación del Externado eran la razón de fuerza más importante.

EDICIÓN 1879

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