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| 3/21/2007 12:00:00 AM

El psicólogo de Auschwitz

El ejercicio es sencillo: acérquese a una librería, pregunte al librero cuál es el libro que más ha vendido durante estos últimos quince años y le contestará, sin dudarlo, que El hombre en busca de sentido. Un long seller internacional que se encasilla en la autoayuda, pero que está escrito por el fundador de la tercera escuela vienesa de Psicología. ¿De qué se trata este fenómeno?

El psicólogo de Auschwitz El psicólogo de Auschwitz
Hace algunos meses, antes de que el tema para se pusiera en boca de todos, los medios de comunicación destaparon la inmensa influencia de un parasicólogo dentro de la cúpula de una de las instituciones más importantes del país. Y aunque a la ciega justicia no le vendría mal una ayudita del más allá en su búsqueda de Vicente Castaño y Manuel Marulanda, el escándalo no se hizo esperar. Armando Martí, hasta entonces relativamente célebre por la recuperación del cuerpo del ministro de Protección Social, Juan Luis Londoño, les salió al encuentro a los medios de comunicación para desmentir su condición de brujo. Se proclamó periodista, psíquico y logoterapeuta. Esta última, actividad que llevaba a cabo según los preceptos y las enseñanzas de Viktor Frankl.
El Fiscal General de la Nación, con su voz socarrona y cara de yonofuí, tapó el escándalo como pudo. De su institución salieron varios altos funcionarios –brujo incluido– pero nunca se supo, en realidad, qué diablos es la logoterapia ni de dónde había salido el tal Frankl, cuyo nombre fue desfigurado por la ortografía de diarios y revistas.

Por otra parte y a comienzos de este año, Fernando Araújo, tras escapar de su secuestro, hizo alusión –en alguna de las innumerables entrevistas de prensa, radio o televisión– a este personaje de nombre extraño. El nuevo ministro de Relaciones Exteriores se refirió a Frankl como un autor fundamental, cuyas perspectivas y enseñanzas le resultaron de gran ayuda para enfrentar su prolongado e inhumano cautiverio. Y sin embargo, todavía no se sabía a ciencia cierta quién y cuál era el lugar de este autor en el pensamiento contemporáneo.

Pues resulta que Frankl es uno de los autores y psiquiatras más influyentes del siglo xx; mucho más de lo que la mayoría de nosotros pudiéramos imaginar. Su libro El hombre en busca de sentido, publicado por primera vez en 1946, figura en numerosos listados como uno de los libros más leídos de la historia, al lado de la Biblia y de autores como Sigmund Freud. Y por si fuera poco, la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos declaró esta obra como uno de los diez libros más influyentes en ese país, con más de cinco millones de ejemplares vendidos.

No obstante, la influencia de Frankl no se limita al ámbito europeo y anglosajón. Su obra ha sido traducida a más de treinta idiomas, incluidos el mandarín y el japonés, y cuenta ya con más de 150 ediciones. En América Latina su impacto es notable, sobre todo si se tiene en cuenta la presencia de institutos de logoterapia y análisis existencial en los principales países de la región, incluidos Argentina, Brasil, Colombia, México y Venezuela. Sólo en nuestro país, a lo largo de casi quince años, se han vendido más de veinte mil ejemplares de dicha obra; una cifra nada despreciable si se observa el tamaño y el comportamiento del mercado editorial formal.

En esta medida, El hombre en busca de sentido puede ser considerado claramente como un long seller de talla mundial; como perteneciente a esa categoría de libros que, sin ser una explosión fruto del mercadeo y las relaciones públicas, se convierten a fuerza de paciencia y tiempo en todo un fenómeno de ventas. Sin embargo, ¿qué hay detrás de este libro en particular?

En el campo de concentración
Considerado uno de los pilares de la psicoterapia moderna y fundador de la llamada Tercera Escuela Vienesa de Psicología, Viktor Frankl nació en Viena (Austria), en 1905. Precoz y curioso desde la infancia, Frankl terminó su bachillerato con un ensayo sobre psicoanálisis y Schopenhauer, un artículo publicado en la Revista Internacional de Psicoanálisis y una intensa correspondencia con el propio Freud. Nada mal para un joven de 18 años.

En 1930, Frankl obtuvo su título profesional de médico, profesión que ejerció hasta 1942. Este año, el joven doctor, su nueva esposa, su madre, su padre y su hermano fueron arrestados e internados en un campo de concentración en Bohemia. Éste sería el comienzo de una serie de eventos, trágicos y sumamente dolorosos, que lo conducirían por cuatro campos de concentración distintos, entre ellos los carniceros Auschwitz y Dachau.

Ésta es la historia de El hombre en busca de sentido; libro en el que el prisionero número 119.104 –el propio Frankl– relata su experiencia y analiza, desde el punto de vista psicológico, la vida y la mentalidad de las víctimas del Holocausto. No es más que el recuento de las vivencias de un prisionero cualquiera y de algunos de sus compañeros de cautiverio. Aquí radica, precisamente, la fuerza y el poder de persuasión de esta narración, pues en ella no encontramos una épica de célebres héroes y mártires, sino la historia de un hombre común y corriente que se sobrepuso a una experiencia límite y le encontró sentido y significado a su sufrimiento.

Aun entre líneas, el planteamiento de Frankl es claro. Hay que encontrarle a la vida un sentido y un significado. En todo momento y así sea en las situaciones más adversas, debemos identificar aquello que la existencia nos exige y responder a ello con rectitud. En este sentido, Frankl afirma: “Vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a las cuestiones que la existencia nos plantea, cumplir con las obligaciones que la vida nos asigna a cada uno en cada instante particular”.

Ni religión, ni brujería, ni autoayuda
Frankl concibe la libertad como la verdadera característica de lo humano. El hombre es, en esencia, un ser capaz de elegir una postura concreta frente a la vida y el mundo que lo rodea. Frankl se apoya en la filosofía de finales del siglo xix y comienzos del siglo xx –la fenomenología y el existencialismo– para postular una compresión del ser humano y sus problemáticas que deja atrás los determinismos naturalistas, psicoanalíticos, teológicos o sociológicos. El ser humano, entendido a partir de su forma de desenvolverse en el mundo, es responsable por encontrarle un sentido y un significado a su existencia.

En ello consiste el análisis existencial planteado por el autor austriaco, cuya vertiente terapéutica es, precisamente, la famosa logoterapia. Según Arturo Luna –fundador del Instituto Colombiano de Análisis Existencial y Logoterapia–, esta técnica de psicoterapia “sirve para tratar obsesiones, fobias, problemas sexuales, crisis existenciales y conflictos de valores contrapuestos”; todo ello producido por el vacío de no encontrarle un sentido y un significado a la existencia.
“Es muy importante clarificar”, afirma Libardo Sarmiento –editor de la revista Sentido & existencia–, “que si bien la religión, particularmente la católica, ha querido hacer un uso instrumental del análisis existencial y la logoterapia, como forma de atraer a las personas, Frankl las concibe como algo totalmente ajeno a la teología y la religión, pues su ámbito es el de la filosofía y la ciencia, y nada tienen que ver con temas místicos o esotéricos”.

Lo mismo sucede con la literatura de autoayuda, que se ubica en un plano diferente al del análisis existencial y la logoterapia. “La teoría de Frankl mueve al ser humano al compromiso con la vida, a realizar una serie de valores de creación, de contemplación o de actitud frente al dolor. No tiene nada que ver con estas cuestiones light,
con estas estafas que venden  la felicidad en un libro”, agrega Sarmiento.

Aunque lejos está este autor de proponer fórmulas mágicas de realización personal, sus obras son leídas, muchas veces, como textos de autoayuda, cayendo tristemente en la misma categoría que los hombres marcianos, las mujeres venusinas y el caldito de pollo para el alma. Pero autoayuda o no, no es extraño que en un país como el nuestro, que cae en la neurosis de calificarse como el más feliz del mundo, se venda tanto y por tanto tiempo un libro como éste. Al destacar actitudes tan fundamentales como el buen humor, la capacidad de burlarse de sí mismo o de solidarizarse con el otro, sería incluso conveniente que se vendiera aún más. Sus planteamientos casi rayan con el sentido común –de ahí su lucidez–, pues ¿quién es capaz de negar que la vida hay que asumirla y enfrentarla con responsabilidad y decencia? ¿A quién no le gustaría seguir el ejemplo de este sobreviviente del Holocausto, que murió a los 92 y habiendo obtenido su licencia de aviador apenas 25 años atrás?

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