Son las cuatro de la mañana. A esta hora Manizales, ciudad que cerca de las nueve de la noche ya ‘está dormida’, permanece casi en silencio y sin movimiento. Solo hay un sector en el que, si no fuera por la falta de luz, la actividad de la madrugada se confundiría con la de mediodía: la Galería. A este sitio, donde queda la Plaza de Mercado, llegan personas incluso desde la medianoche para iniciar su jornada laboral. Es el caso de José Suárez y sus trabajadores.

La Galería CORAZÓN DE MANIZALES
Texto | Angélica Benavides
Fotos | Diana Rey Melo

José recibe cada día dos camiones cargados con piñas. Desde hace 15 años compra unas 14.000 a cultivadores de diferentes municipios del Eje Cafetero. Él vivió en las calles de la capital caldense, al igual que algunos de sus trabajadores. Lo llaman el ‘Caresucio’: cuando era niño sacaba material reciclable de las basuras en la Galería y lo vendía para comprar comida. Ahora, además de dar empleo a sus amigos en situación de indigencia, dona piñas que no se venden durante la semana a comedores comunitarios.


La Cooperativa Prosperar lo entrenó en reciclaje y separación de basuras. Por ser buen estudiante, se convirtió poco tiempo después en supervisor de la planta de reciclaje de la Empresa Municipal para la Salud (Emsa). Tras sepultar los cuerpos de dos bebés que él y sus trabajadores hallaron entre la basura, y como una recompensa divina, encontró el dinero para emprender su negocio de piñas y cocos. De este forma parte Héctor, conocido como 'el pelador más rápido de Manizales' y quien tiene 20 años de experiencia.



Al lado de uno de los locales de José está el de don 'Chalo', un hombre reservado y de escasas palabras que le heredó el negocio a su papá hace 35 años. Mantiene viva la tradición familiar escogiendo los mejores mangos entre 20 o 25 toneladas que le llegan a diario desde diferentes zonas del país. Los elegidos se envían principalmente a supermercados y tiendas de Manizales.


Don 'Chalo', quien llega al trabajo antes de las seis de mañana, confía buena parte de su negocio a Álvaro, pensionado de la Central Hidroeléctrica de Caldas que conoció hace 45 años cuando era empleado de su padre. Él empieza funciones a las dos de la madrugada: recibe la carga, está atento a que no se lleven la mercancía y traslada donaciones de fruta a comedores comunitarios, igual que su vecino el 'Caresucio'.

La Galería de Manizales fue construida en el antiguo centro de la ciudad como un regalo de la Alcaldía por el primer centenario. La estructura central es completamente redonda y a su alrededor hay otros tres pabellones, que parecen proteger 'el corazón' de un sector sumido en pobreza, venta de drogas y prostitución.



Dentro de la Plaza de Mercado se mezclan los olores de frutas, verduras y hortalizas. También, visitantes, compradores y trabajadores de distintas edades y orígenes.


Cerca de una de las puertas del pabellón principal está Fabio Nelson, quien lava sus tomates mientras habla con amigos. Gina Flórez, una joven de 26 años, vende tintos desde las tres de la mañana hasta el mediodía para poder llevar a su hijo de 3 años al jardín.


Una cuadra más arriba, hombres mayores de 40 años hablan y hacen bromas con los más experimentados en el negocio del plátano de la Galería: Enoc Cuervo, Cristóbal Colón y Diego Aguirre, quienes están por encima de los 60 años de edad. Cristóbal lleva 40 años cargando plátanos y vendiendo música. Enoc y Diego han comprado plátano por más de 50 años a pequeños productores de Antioquia y Caldas para vender en el sitio.



Una nueva generación se forma en el oficio con estos veteranos. En la calle de los plátanos, se aprende y se enseña en medio de risas.




Texto | Angélica Benavides
Fotos | Diana Rey Melo
