En el torneo de Wimbledon de 1999 Boris Becker comprendió que estaba acabado. Los días de gloria habían quedado sepultados en el pasado. La imagen del jovencito imberbe de 17 años que en 1985 consiguió alzarse con el triunfo del gran premio británico era un mero recuerdo frente a la figura del jugador experimentado que en el último verano del siglo XX cayó derrotado en la cuarta vuelta frente a Patrick Rafter.
Después del partido Becker habló con la prensa, reconoció que sus condiciones deportivas no eran las mismas de antes y dio la bienvenida a las nuevas generaciones. Pero el ídolo del tenis alemán no estaba triste. Quería salir por la puerta grande y celebrar como nunca. Reír, beber, bailar y comer sin parar. En resumidas cuentas, quería recuperar a los 31 años la juventud que se le había esfumado en las canchas del circuito. Lo que no sabía era que su esposa, Barbara Feltus, tenía otros planes. Con siete meses de embarazo la bella modelo no estaba interesada en un festejo salvaje y se inclinaba más por una tranquila noche en familia celebrando el retiro de su esposo junto a su pequeño hijo Noah.
La disyuntiva entre familia y amigos se convirtió en una pelea campal en la que ambos se gritaron insultos y reproches a los cuatro vientos. Barbara se marchó indignada del lugar y Becker siguió bebiendo hasta que alguien le propuso seguir la fiesta en los salones de Nobu, un exclusivo restaurante japonés de moda en Londres.
Con los sentidos alterados por el alcohol el tenista descubrió esa noche a Angela Ermakova, una imponente modelo rusa de raza negra que lo cautivó. A esa altura de la velada las palabras sobraban y en la trastienda del restaurante, más específicamente en el armario de la limpieza, Becker y Angela tuvieron un encuentro sexual que a lo sumo duró cinco minutos. Y así como ocurrió de rápido, así Becker lo olvidó. Pero Angela no pudo hacer borrón y cuenta nueva. Esos cinco minutos de pasión desenfrenada se convirtieron en nueve meses de embarazo que concluyeron con el nacimiento de Anna.
A partir de marzo de 1999 Angela comenzó a llamar a Becker exigiéndole cinco millones de dólares para la manutención de su supuesta hija. El tenista no podía dar crédito a lo que oía. A él, Boris Becker, el hombre que se había hecho célebre por sus potentes servicios y sus famosas voleas, le habían metido un gol de taquito.
Cuando la noticia saltó a los titulares de prensa, año y medio después, Becker afrontaba otra clase de problemas no menos comprometedores. Su relación con la cantante de hip hop alemana Sabrina Seltur andaba en boca de todo el mundo luego de que ambos fueran vistos en el mismo hotel de la Selva Negra en donde Becker y Barbara pasaron su luna de miel en 1993. Para ese entonces la esposa del tenista había recibido una inquietante llamada de Angela Ermakova, en la que le informaba que su flamante marido tenía una hija ilegítima. En su defensa Becker argumentó que el sonado encuentro sexual se había limitado a un breve contacto oral. Como las declaraciones del tenista hacían hincapié en que nunca hubo penetración el tema se prestó para toda clase de especulaciones, como aquella que sugería que, tras practicarle sexo oral a Becker, Angela guardó una muestra de semen y luego se mandó inseminar.
El supuesto robo de espermatozoides en vez de ayudar a Becker terminó por hundirlo en el ridículo y el tenista no tuvo más remedio que practicarse un examen de ADN, que el pasado mes de febrero confirmó lo que Barbara y la sociedad alemana sospechaban: Becker era el padre de Anna.
Con todo y eso la existencia de la bebé no fue la causa por la que el deportista alemán pidió el divorcio a finales del año pasado. Para ese entonces su relación con Sabrina era bastante estable y una vez destapado el escándalo ya no había razones para seguir manteniendo un matrimonio que llevaba cerca de dos años en crisis.
Después de la boda, ocurrida en 1993, Becker y Barbara se convirtieron en blanco de toda clase de amenazas y críticas por parte de grupos racistas alemanes que no comprendían por qué su ídolo deportivo había sido capaz de mezclar su sangre aria con la de una mujer negra. La situación llegó a tal extremo que el tenista tuvo que exiliarse durante un tiempo en Montecarlo y cada vez que la familia viajaba a Alemania debía ser custodiada por guardaespaldas.
La actitud adoptada por Becker al defender a su esposa y a sus hijos por encima de las diferencias de raza lo revistió de un halo de heroísmo dado que él representaba los valores de la nueva Alemania, una nación en donde todas las personas tenían los mismos derechos y libertades.
Pero la responsabilidad social contrastaba con la manera en que la pareja llevaba su vida familiar. Los constantes viajes de Becker, el tiempo que le invertía a sus negocios —tiene tres concesionarios Mercedes-Benz en las afueras de Berlín, es el portavoz de AOL en Alemania y la imagen de DaimlerChrysler, las raquetas Volkl y la cadena de televisión RTL— y su debilidad por las morenas fueron minando la relación. Según Becker, Barbara también hacía lo suyo puesto que sus malas amistades y sus deseos desenfrenados por ser cantante le quitaban tiempo a la hora de ocuparse de los niños.
Con el divorcio Barbara ganó la custodia de Noah, de 6 años, y Elías, de 1; la casa de la Florida y una fortuna cercana a los 13 millones de dólares. En el caso de Angela Ermakova hace unos días el tenista se comprometió a pagar una cuantiosa suma para la crianza de Anna y, aunque no se sabe el monto exacto, se especula que la modelo se haya podido salir con la suya y haya conseguido tres millones de dólares
El mejor ejemplo del torbellino en el que se encuentra Boris Becker se refleja en un artículo de la revista Sports Illustrated, en el que el otrora rey del deporte blanco comenta acerca de las ventajas de salir con prostitutas: “Es más honesto porque al final siempre terminas pagando”.
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Doble falta
Después de su retiro el tenista alemán Boris Becker vive sumido en el escándalo. A su divorcio se añade la millonaria suma que debe pagar por la manutención de su hija ilegítima.
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26 de agosto de 2001, 7:00 p. m.