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| 6/2/1986 12:00:00 AM

MAS VIEJO QUE EL SOL

Hirohito, el emperador número 124 de una dinastía que lleva 2.646 años, llegó a los 85 de edad y sigue siendo un misterio para Occidente.

MAS VIEJO QUE EL SOL MAS VIEJO QUE EL SOL
Varios meses atrás alguien le preguntó al emperador Hirohito del Japón, qué pensaba sobre el paso del cometa Halley, qué pensaba sobre el revuelo que estaba causando en todas partes. El emperador hizo una pausa, se quedó pensando y le respondió a su interlocutor: "Sería divertido verlo de nuevo".
Esa respuesta que fue reproducida en algunos semanarios les dio a los japoneses una nueva prueba de la imagen que tienen de su emperador, un ser fuera del tiempo y el espacio, por encima de cualquier clasificación material, que apenas necesita de pocas palabras para expresar sus ideas.
Acaba de cumplir 85 años el martes pasado y los japoneses le han celebrado sus 60 años en el trono del Crisantemo, alcanzando una marca de longevidad que admira a todos, aún en un país donde la gente vive largamente. Ningún otro emperador ha reinado tanto como él, quien es el número 124 en la descendencia imperial que comenzó, según la leyenda, hace 2.646 años. Durante la celebración de ese martes, más que el aniversario de su emperador, los japoneses se estaban celebrando a ellos mismos, su nacionalidad, sus tradiciones, sus costumbres, su unidad como pueblo, un pueblo que aun en los pasatiempos favoritos del anciano monarca se siente también identificado: lucha libre, la biología marina y las telenovelas. Por supuesto no faltaron las críticas al actual gobierno del primer ministro Yasuhiro Nakasone y su Partido Democrático, a quienes acusan de haber aprovechado las ceremonias oficiales de ese día para hacer publicidad a su imagen de cara a las elecciones nacionales de junio.
La verdad es que el aniversario del ascenso al trono del Hirohito no se cumple hasta Navidad: él se convirtió en emperador el 25 de diciembre de 1926 al morir su padre, Taisho. Ese año, aunque sólo tuviera una semana pendiente, automáticamente se convirtió en su primer período de Showa o de Paz Iluminada, el nombre que designa la actual era imperial. En el Japón muchos calendarios no designan el actual año como 1986 sino como Showa 61, en homenaje al monarca. Pero el gobierno fue hábil y adelantó la celebración, haciéndola coincidir con el cumpleaños porque en esta forma se garantizaba que Nakasone estaría presidiendo las ceremonias ante la incertidumbre electoral.
Los japoneses rara vez tienen la oportunidad de ver a su emperador. Sólo en quince ocasiones al año, aproximadamente, permiten alcanzar a mirar la limosina Nissan que atraviesa las despejadas avenidas para llevar al anciano a una ceremonia muy especial como la apertura del Parlamento o el saludo a un mandatario visitante. En parte esta poca visibilidad se debe a la avanzada edad y aunque su salud es fuerte (los médicos verifican todos los días el pulso y la temperatura), los funcionarios de palacio toman pocos riesgos.
Pero, por encima de todo, según observadores europeos, se busca conservar el misterio alrededor de la persona imperial. La verdad es que nunca ha sido un monarca popular y su permanencia en el trono garantiza el símbolo de un Estado y la unidad del pueblo, como rezan los textos oficiales y muy antiguos.
A este hombre que sigue siendo un misterio para los occidentales, le tocó presidir una guerra en la cual toda una generación marchó al frente buscando el honor de morir en su nombre. Con la caída de su imperio (algunos sostienen que durante la guerra sólo fue un títere en manos de los militares), vio cómo sus bienes eran confiscados y por poco escapó a que lo condenaran los norteamericanos como criminal de guerra. Luego ha visto cómo su país se recuperaba hasta alcanzar el poderío actual.
Durante todos estos años, en medio de los combates, las ruinas y la recuperación siempre hubo el mismo rostro, el mismo cuerpo en el Palacio Imperial y eso para los japoneses ha sido significativo. Durante la guerra era el joven comandante en jefe dominado por los militares más radicalizados, luego se le vio haciendo antesala ante el general Mc Arthur y firmando la rendición. Ahora es un anciano que trabaja más de la cuenta.
El emperador jamás ha escrito memorias y nunca ha sido sometido a interrogatorios de ninguna especie, ni siquiera por los aliados al final de la guerra. Quizás ninguna otra personalidad histórica de este siglo ha estado en tantos acontecimientos importantes sin tener que dar explicación alguna de sus actos.
En el fondo y de acuerdo con las biografías oficiales que esta última semana abundaron de nuevo, sigue siendo el hombre benévolo y modesto que es capaz de pasarse varias horas inclinado en su laboratorio ante un microscopio, haciendo honor a la fama mundial que tiene de haber analizado algunos microorganismos oceánicos y aportado datos nuevos sobre su conducta.
En alguna ocasión le dijo a los más cercanos que soñaba con poder escapar, aunque fuera por un día, a su condición imperial para ver qué se siente al otro lado. Pero no lo ha logrado.
Siguiendo una costumbre imperial fue separado, muy niño, de sus padres y puesto en manos de unos tutores quienes se encargaron de educarlo, prepararlo para el trono y evitarle cualquier peligro cercano. Desde muy temprano ya demostró sus inclinaciones científicas, una curiosidad enorme que lo llevó a discutir en alguna ocasión con sus maestros a quienes les dijo que, científicamente,era imposible que descendiera de la diosa del sol, Amaterasu.
En 1921, como príncipe coronado, hizo un viaje de seis meses por Europa y aunque fue tratado en medio de la más estricta ceremonia protocolaria, ese viaje fue una de las escasas ocasiones en que se sintió libre, aprendió a comer jamón con huevos durante sus desayunos con el rey Jorge V, recorrió lo que quedaba de las trincheras de la Primera Guerra, estuvo en el metro de París y cincuenta años después todavía recuerda esos meses como algunos de los mejores de su larga vida. En 1970, en un raro comentario sobre su vida, dijo que esos seis meses nunca podría olvidarlos porque, antes era como un pájaro en una jaula y después ya tuvo otra idea sobre el mundo.
Remplazó a su disoluto padre y aunque sus ideas sobre la paz eran reconocidas, nadie dudó que se convirtió en marioneta de los militares y es célebre una reunión de su gabinete, durante la cual tenía que decidirse la guerra contra Estados Unidos: el emperador tratando de apaciguar los ánimos leyó un poema sobre los vientos que amenazaban la paz. Hasta último momento intentó evitar la firma de la declaración de guerra contra los aliados pero las presiones de ministros y militares eran insostenibles. Sin embargo,cuando Japón estaba ya vencido y los militares insistían en seguir luchando, el emperador fue más práctico y firmó la rendición. Ese día fue a los micrófonos de la estación of icial y muchos, por primera vez, escucharon su voz. Los historiadores siempre se han preguntado ¿cómo, si Hirohito fue capaz, él solo, de ponerle fin a la guerra, no pudo también evitarla, aun en medio de tantas presiones? La decisión de McArthur de que el emperador, vivo, era útil para la reconstrucción del país, frustró los planes rusos e ingleses de colgarlo. En 1946 sorprendió a todos cuando regresó a la radio y acabó con la tesis de que el emperador era un dios viviente y que los japoneses eran superiores a los demás pueblos. Dicen que se sintió liberado de un peso enorme. De ahí en adelante ya no tenía que actuar como un semidiós.
Aunque la nueva generación de japoneses mira al emperador como un objeto del pasado de sus padres y abuelos, el significado de Hirohito sigue siendo el mismo: representa la unidad de un pueblo que fue capaz de inventar el transistor.
El príncipe heredero Akihito y su esposa Michiko, viajeros incansables, son los encargados de que la leyenda siga viva.

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