HANA BI (FLORES DE FUEGO)

Patética, desoladora, insaciablemente cínica, cualquier calificativo es insuficiente para <BR>describirla.

GoogleSiga todas las noticias de la cultura en Discover, manténgase al día con las novedades

4 de julio de 1999 a las 7:00 p. m.

Hacía rato no llegaba a la cartelera cinematográfica colombiana una película tan
sombría y triste como Hana-bi, del director japonés Takeshi Kitano. Escrita y protagonizada por el
mismo Kitano, la cinta cuenta la historia de un violento _aunque lacónico y taciturno_ policía que se
enfrenta a sus propias miserias del destino: la muerte de su pequeña hija, la enfermedad terminal de
su esposa, la invalidez y posterior suicidio de uno de sus compañeros y el asesinato de otro de los
suyos. Semejante drama, que no le da respiro a la tragedia de su protagonista, está cruzado, para
marcar aún más la paradoja existencial, de un humor cargado de crueldad. Por medio de sucesivos
saltos en el tiempo narrativo y de hermosas y sugerentes secuencias pictóricas la película va
hilvanando varias historias paralelas, pero sobre todo dos: la del policía, que frente a la suerte de
calamidades reunidas _a la que se suma una deuda monetaria a una peligrosa banda de mafiosos_
decide que lo mejor es asaltar un banco; y la de su compañero inválido, quien una vez caído en
desgracia pone a funcionar su verdadera pasión vital: convertirse en pintor. En la película de Kitano los
parlamentos parecen estorbar ante la elocuencia de las imágenes. El rostro impávido de Kitano traza
desde el comienzo el designio de una cinta que no ofrece ni una sola oportunidad a la sonrisa de sus
protagonistas. Ni siquiera durante las secuencias del viaje lastimero del policía y su esposa, en
medio del cual cualquier asomo de sonrisa, ocasionado por las pequeñas desgracias cotidianas, es
sólo una afirmación de la derrota; o mejor, del triunfo de una soledad capaz de consumir hasta la
autoaniquilación. Independientemente de la serie de lecturas que pueda suscitar la película hay una
que llama poderosamente la atención. Kitano no tiene contemplación alguna con su personaje. La
agresividad incontenida, las soluciones de facto que salpican de sangre la pantalla como un alarido de
impotencia frente a la adversidad no pueden ser sino el desenlace lógico en la existencia de un hombre
que, como aquel policía recio e impenetrable, ha vivido por y para la violencia. Escalofriante, cínica,
pero sobre todo colmada de desolación, la cinta de Takeshi Kitano irrumpe con fuerza inusitada en el
panorama de la nueva cinematografía japonesa.