crónica

El camino que lleva a Belen...

Por: Natalia Borrero

A casi cinco horas de Bogotá, sumergido entre montañas sembradas con papa y cebolla, se encuentra Belén, un municipio de Boyacá.


                          
                



      
El camino que lleva a Belén baja hasta el valle que la nieve nunca cubrirá.

En esta población boyacense, aunque la temperatura desciende hasta los 9°C, jamás lloverán cristales de hielo, ni crecerán abetos, ni un reno arrastrará un trineo.

Esta tierra noble y legendaria, habitada alguna vez por indígenas muiscas, fue declarada municipio hace 250 años. Allí, se cultivan con facilidad papa, cebolla y quinua.

Sus casi 8.800 habitantes viven en su mayoría en el campo, y su economía se sustenta en las actividades agropecuarias. Esto se evidencia cuando se sale de Duitama y se toma la vía que conduce a Belén.

Los 30 minutos de recorrido por esta tranquila y polvorienta carretera dejan entrever el verde de sus cordilleras y planicies, que se alternan para mostrar cultivos, potreros con vacas y ovejas, y decenas de campesinos haciendo las labores propias del campo: pastoreo, ordeño, siembra y recolección de sus labranzas.
Nadie sabe con certeza por qué lo llamaron Belén, algunos creen que porque al igual que el de Oriente, es un valle. Pero el paisaje boyacense es muy distinto al de Belén de Judá. Aquí las tonalidades de verdes en sus montañas engalanan el paisaje y los ríos Suárez y Chicamocha lo rodean.

En el bíblico lugar donde nació Jesús, por su parte, las colinas se levantan áridas y rocosas, y en sus tierras se cultivan aceitunas, uvas y algunos cereales, en medio del calor y el viento del desierto.
Lo que sí comparten ambos pueblos es el significado de su nombre: la casa del pan, que para los betlemitas orientales tiene una connotación espiritual –además de ser uno de los productos que consumen por excelencia–.

En el Belén boyacense también se hace pan, pero no existe una receta, forma o sabor que lo caracterice. Los belemitas –gentilicio de los habitantes del Belén boyacense– son muy religiosos, 90% de la población es católica. Por esto se enorgullecen tanto de su nombre y de que la fiesta más importante del año sea la Navidad. Durante ese día se ponen su mejor ruana para salir a bailar al ritmo de la guitarra, el tiple y el requinto carranga, guabinas y torbellinos; y, por supuesto, del 26 de diciembre, día en que honran con pólvora y globos a Nuestra Señora de Belén, patrona del pueblo.

Navidad dulce Navidad
Otro año que queda atrás, mil momentos qué recordar para las más de 100 familias boyacenses que han dedicado su vida a endulzar a los colombianos con alfandoques, confites, colombinas, chupetas, maní dulce, argentinos y arequipe.

De enero a diciembre, hombres y mujeres preparan sus delicias azucaradas y salen de feria en feria –como los andariegos– a vender sus creaciones.

Pero en Navidad, como reza el villancico, vuelven a casa, al hogar, en Belén, a pasar con sus familias las fiestas del fin de año. Así lo ha hecho durante 30 años Samuel Castro, un artesano del dulce que se precia de haber llevado sus alfandoques por todo Colombia. Conoce tan bien todo el país que incluso le cambia el nombre a los dulces de acuerdo con la región.
El original arequipe, por ejemplo, lo vende como manjar en los pueblos del Valle del Cauca, y en Norte de Santander lo ofrece como delicias.

En diciembre, las colombinas son el producto estrella de exportación. Estos dulces rojos en forma de corazón con leyendas como “feliz día” y “eres genial”, se han vuelto un buen regalo.

El pedido es grande, así que la jornada comienza temprano. Samuel se pone su bata blanca, prende la cocineta de dos puestos y pone las ollas con agua y azúcar. Deja que hiervan y alcancen una temperatura de 150°C. A esta preparación le añade crémor tártaro –el ingrediente especial para evitar que el melado que se forma se pegue a los recipientes–, le vierte el colorante, y una vez le da el punto, incorpora el dulce en los moldes y deja que se enfríe y se endurezca. Mientras tanto, el olor a caramelo se apodera, no solo de la pequeña fábrica, sino de las calles aledañas.

Como Samuel, Milciades, María y Medardo son artesanos del dulce, al igual que sus hijos y nietos, porque es un negocio que se ha heredado por generaciones. Cada uno tiene sus secretos.

Medardo –un hombre de tez morena y jorobado por los años– cuenta cómo elige la panela con la que hace los alfondoques: “Debe ser blanca y de grano grande, además de dura, porque hay una negra y arenosa que no sirve”.

La gruta de la leche
Cerca al Santuario de la Natividad, en Belén, Palestina, hay una cueva, excavada en roca y tierra. La llamaron la Gruta de la leche. La leyenda cuenta que la virgen María reposó allí y que mientras amamantaba a Jesús, cayó una gota del líquido en una de las piedras y esta inmediatamente se puso blanca.

Belén, Boyacá, podría ser esta gruta, no por sus piedras blancas sino por la cantidad de leche que produce. Es tanta, que abastece a empresas y surte a la región con derivados como el queso.

Doña Eddy lleva 14 años haciendo los quesos del pueblo, y su sabor es tan agradable que ya los distribuye en los municipios vecinos y a los viajeros. Tiene una fábrica a escala pequeña, pero sus ojos se iluminan al soñar que va a crecer y que sus deliciosos doble crema y queso pera van a llegar a todo el país.

Vamos, vamos pastorcitos
En casi todos los villancicos y relatos bíblicos se menciona a los pastores que adoraron a Jesús. Podrían ser belemitas boyacenses, pues muchos pobladores se dedican a criar ovejas y fabricar artesanías con lana, y en otros casos, preparar su carne asada.

Y es que la gastronomía en este municipio viene de lo que se cría y se lleva a la plaza de mercado cada sábado. Allí, el mute, los tamales, la trucha y el ovejo son los protagonistas.

En diciembre, el encuentro de comida es todos los días. Este año, los habitantes de Belén esperan nuevamente hacer el festival del queso y del alfandoque para rendirle tributo a sus productos por excelencia –y junto al pesebre móvil que se ha vuelto todo un espectáculo para propios y turistas– encender el alumbrado y desearse entre abrazos una ¡Feliz Navidad, sumercé!