adelanto

‘La fiesta en el cañaveral’, un cuento de Orlando Echeverri Benedetti

Por: Orlando Echeverri Benedetti

ARCADIA presenta en exclusiva un adelanto de ‘La fiesta en el cañaveral’, el nuevo libro de cuentos del escritor cartagenero Orlando Echeverri Benedetti, que publicará en noviembre Literatura Random House.


La fiesta en el cañaveral

Supongo que debería comenzar por una noche en particular, cuando las cosas en mi vida se desestabilizaron. Mi mujer, que había logrado dormir a los mellizos, apareció a mi lado en la cocina mientras yo lavaba los platos de la cena. Dijo: Marcos, debo confesarte algo. La gravedad de la frase me desconcertó. No la interrumpí y me sequé las manos en las perneras del pantalón. Nos sentamos uno frente al otro en una mesa pintada con albayalde que tenemos junto a la ventana. Por un momento, no sé por qué, intuí una noticia nefasta sobre las criaturas, un accidente, alguna grave enfermedad, pero una vez en la silla y con apenas un hilo de voz, mi mujer me informó que hacía un tiempo se sentía inusualmente en celo. Ardía de deseo incluso en los momentos más inoportunos y, no obstante, mi presencia le repelía. No es tu culpa, dijo, pero debes saber que estuve con otros hombres, no sé cuántos. Acto seguido trató de tocarme las manos. Incrédulo y asqueado, las aparté y apenas pude percibir la perturbación en el aire que produjeron nuestros movimientos. Recuerdo haberme frotado las cejas con las yemas de los dedos y luego, muy nervioso, regar las plantas que teníamos dispuestas sobre el alféizar. Desde la mesa, mi mujer volvió a hablar, esta vez con más firmeza: Vas a ahogarlas. No supe cómo responderle y volví a sentarme. Me temblaban las piernas y sentía la lengua dura y recogida, como si tuviera un trozo de madera atorado en la garganta. Aquella noche, en todo caso, ella se encerró en la habitación de los niños. Yo no fui capaz de moverme de la cocina, pues me había transmitido algo terrible con su voz, el despertar de un eco sombrío en mi naturaleza más íntima. En ese instante nuestro matrimonio se me presentó como un malentendido que habíamos pasado por alto demasiado tiempo. Me habían sobrecogido las palabras que escogió para plantearme la situación, las pausas entre una frase y otra y la mirada ausente que la acompañó mientras hablaba. El deterioro sentimental de la relación era evidente, es cierto, pero no estaba preparado para que me abordara de esa forma y menos aún cuando nos habíamos convertido en padres tan recientemente.

Por supuesto, desde que mi mujer me hizo la confesión decidí no volver a tocarla. Con el correr de los días comenzamos a interactuar con una cordialidad cada vez más medida e impersonal. Nos habíamos convertido en dos elementos que orbitaban uno en torno al otro sin llegar a intimar. Al percatarse de que ya no iba a la cama con ella, despertaba en la madrugada y aparecía en el estudio, donde por lo habitual yo fingía corregir los trabajos de mis alumnos. Entonces recorría mi cabeza con sus dedos fríos y finos y volvía al cuarto sin decir una sola palabra. Su condescendencia fantasmal en el silencio de la noche me infundía terror y yo era incapaz de exigirle explicaciones, pues intuía que mi intervención carecía de objetivo y que cualquier empeño por iluminar su comportamiento solo enturbiaría más las cosas. Tenía la impresión de que ya no era la mujer que había conocido, que algo en ella se transformaba, primero de manera sutil, luego con una evidencia irrebatible. En realidad, todavía no alcanzaba a entrever qué sentía yo mismo o cuál debía ser mi reacción. No sabía, por ejemplo, si su infidelidad significaba que nuestra relación había terminado, si pensaba separarse o si pretendía que me adaptara a la situación. En las mañanas, cuando me cepillaba los dientes antes de ir a la universidad, intentaba deducir en qué momento ocurrían sus encuentros sexuales. Teníamos horarios laborales similares y nunca vi que alterara su rutina de manera significativa. Por otra parte, dado que yo dormía poco más que nada desde nuestra conversación, resultaba imposible que se escabullera de la casa durante la noche. Jamás presencié llamadas telefónicas inusuales, nunca me percaté de que se arreglara de manera peculiar, quiero decir, que intentara lucir más atractiva para otros hombres. Además, me ayudaba a preparar la cena y comíamos juntos en la mesa donde me había expuesto su traición como si nada hubiera sucedido. Es verdad que, antes de la confesión, me rechazaba con sutileza, pero entonces atribuía esa negativa al cansancio que representaba hacerse cargo del vivero que tenía en el centro de la ciudad y por añadidura cuidar a los mellizos. Hice lo posible para que estas circunstancias no afectaran mi desempeño en la universidad, pero no hacía otra cosa que darle vueltas al asunto. Probablemente los estudiantes se percataron de mi apatía en las clases y de la incapacidad para mantener un discurso fluido. Pese a que había enseñado durante años las obras de Gadamer y Ricoeur, de golpe me veía forzado a recapitular las tesis que otros días desarrollaba con tanta soltura. A las preguntas más sencillas respondía con balbuceos o de mala manera, solía abandonar el aula antes de la hora habitual a la que terminaban las clases y me llevaba largo tiempo corregir los ensayos que me entregaban los estudiantes. Me hallaba, como puede deducirse, en una especie de colapso espiritual, era un hombre ensordecido por sus propios gritos. Ahora recuerdo que una de esas tardes intranquilas los estudiantes se tomaron la facultad como protesta por no sé qué medidas gubernamentales. Colgaron banderas con lemas revolucionarios de los balaustres del segundo y tercer pisos y, para interrumpir el transcurso normal de las clases, pusieron a sonar música en los altavoces. Los contemplé largo tiempo a través de la ventana, sentado frente a mi escritorio, y entonces sentí una inmensa repulsión por mí mismo. Sin mucho más que hacer en la universidad, aquella misma tarde caminé un rato por el centro de la ciudad. Abatido por el calor, por una desazón intensa, terminé en la casa de mi madre. Pese a su edad avanzada, mi madre era una mujer bastante activa y gozaba de buena salud. No sé qué alivio esperaba obtener visitándola y por supuesto no quería comentarle los detalles de las infidelidades de mi mujer. Quizá solo buscaba distraerme con una conversación superflua sobre sus quehaceres diarios, el cuidado de las buganvilias del balcón, la empleada doméstica de la que siempre se quejaba. En esa oportunidad, sin embargo, noté que mamá estaba impaciente y no tardó en decirme la razón. Mi hermano, que se hacía cargo de una casa de playa que dejó mi padre, se había envuelto en una reyerta en la que le lastimaron un brazo. Sabía poco del hecho. Intenté tranquilizarla, pues mi hermano nunca fue un individuo fácil, pero ella quería que fuera a verlo para constatar que se encontraba bien y que manejaba correctamente la propiedad. Mi hermano y yo nunca gozamos de una relación, digamos, diplomática, por lo que la perspectiva de visitarlo no me entusiasmaba. En la adolescencia habíamos trabajado para papá en una bomba de gasolina que le suministraba combustible no solo a los vehículos de la ciudad, sino también a catamaranes y lanchas que encallaban en el muelle comercial. Ya en ese entonces las diferencias de carácter causaron toda clase de conflictos entre nosotros. Desde que se había hecho cargo de la casa de la playa nos veíamos en contadas ocasiones y apenas nos comunicábamos. De cualquier manera, hasta donde tenía conocimiento, hacía un buen trabajo. Había construido un camino de piedras hasta el mar, cavó una zanja para hacer una piscina y remodeló la primera planta, todo esto con el dinero de nuestra madre, claro, pero con el fin de alquilarla para fiestas matrimoniales y otras por el estilo. Tenía contratos con empresas de banquetes que le ofrecían meseros y platos a precios especiales. En cuanto a mí, tanto me desagradaba su compañía, la amenaza siempre latente de una disputa, que me abstuve de visitar la propiedad, a la que desde luego también tenía derecho. Pero dada la atmósfera tensa que vivía en mi propia casa, la idea de ir a verlo no me pareció tan descabellada. Podría poner mis pensamientos en orden, despejarme, tomar una decisión respecto de mi matrimonio. De manera que esa misma noche, después de la visita a mi madre, le dije a mi mujer que pensaba ir a ver a mi hermano el fin de semana. Esperaba que me formulara alguna pregunta, que tal vez mostrara el ánimo de acompañarme, así fuera falso, y sin embargo aceptó las cosas con una pasividad casi desdeñosa. Estuve a punto de preguntarle si pensaba utilizar ese tiempo sin mí para encontrarse con sus amantes, pero la verdad es que al final no tuve fuerzas ni ganas de desencadenar una discusión en la que terminaría perdiendo el control de mis actos. Fue así como el fin de semana armé una pequeña mochila, metí el bañador y un par de libros de Baudrillard, y tomé el ferri que conducía a la isla. A medida que se acercaba a la costa donde refulgía el cañaveral, me convencía de los beneficios del viaje, y seguí absorto el rastro de combustible que el motor dejaba a su paso en la superficie del agua. A veces intentaba apreciar la orilla de la isla por encima del hombro, pero el resplandor de la arena y el salitre que cubría los cristales de mis anteojos solo me permitían ver un conjunto de siluetas confusas. Me pregunté si mamá había logrado avisar de la visita a mi hermano, si estaría aguardando por mí y también cómo justificaría una aparición tan repentina. Limpié los lentes con los faldones de mi camisa y avancé por estribor aferrado a la cabuya que hacía de baranda. Entonces distinguí en la playa a dos perros que se apareaban a la sombra de un manglar y, sobre el antiguo fuerte español, a un puñado de figuras negras que hacían cabriolear cometas en el cielo. Cuando el costado del ferri estrujó los neumáticos que escoltaban el muelle de escombro, los tripulantes más impacientes comenzaron a agolparse contra la salida. Ninguno de ellos mostraba el menor interés en mí. Algunos hombres transportaban lavadoras y viejas neveras en carretillas de hierro, mientras otros llevaban a cuestas cajas con botellas de ron. Apenas se despejó el puente, levanté mi maleta de cubierta y atravesé la multitud. Al constatar que nadie me esperaba, crucé un sendero que escindía el cañaveral, apartando con la mano un enjambre de jején que insistía en instalarse sobre mi cabeza. Tras andar veinte minutos por un camino de arena legamosa encontré una playa solitaria, más limpia que la del atracadero y cubierta por una rica alfombra de verdolaga. En ella estaba la propiedad de la familia con la puerta entornada. Me sorprendí de que es tuviera tan bien conservada y que aún viviera un almendro que había plantado en la adolescencia, ahora con el tronco bañado en cal para disuadir a las hormigas.

Nada más entrar me topé con una escena repulsiva. En el centro del comedor había un plato hondo con un gran trozo de pernil y a su alrededor mariamulatas y gansos con las plumas percudidas que compartían con tranquilidad el banquete. Las aves opusieron cierta resistencia cuando intenté apartarlas, y en vista de que la carne ya estaba echada a perder, recogí el plato y fui a la playa con la intención de volcarlo en la arena. Por el vapor frío que despedía la carne concluí que mi hermano la había dejado ahí para que se desliera. En el camino noté que las aves me seguían en silencio, los gansos caminando con torpeza, las mariamulatas dando pequeños brincos, y cuando eché la carne en la arena volvieron a congregarse sin emitir ningún graznido. Más tarde, en el segundo piso, encontré a mi hermano desnudo en la cama de la habitación que otros días habían ocupado nuestros padres. Tenía una parte del brazo cubierta con esparadrapo y rasguños en los hombros y la espalda. Su aspecto, pensé, revelaba una vida pródiga y grosera. Decidí largarme de la casa antes de que despertara. Caminé hacia el pueblo, inmutable en el tiempo, y cerca de un baldío que merodeaban docenas de perros sin dueño hallé una pequeña cantina donde bebían los pescadores. No sé cuántas cervezas me tomé allí, distraído en la organización de lo que parecía una fiesta. Los isleños endilgaban a los postes de un precario alumbrado público banderines de colores y de cada casa brotaba música diferente. A medida que oscurecía, noté cómo la noche se robaba el color de todas las cosas y, en contraste, encendía un ánimo belicoso y lascivo en la población. Los perros corrían con el rabo tenso entre las patas mientras los niños los perseguían con palos y piedras. Las mujeres, dispersas por la plaza, bailaban como seduciéndose a sí mismas.

Esa noche me pasó algo que aún me avergüenza. Obnubilado por la fiesta, llegué a sentir tal desconexión de mi mujer que consideré comprensible su infidelidad. La falta de entusiasmo con que había aceptado mi paternidad, por otra parte, demostraba lo frágil e inestable que era nuestro matrimonio. Tal vez mi esposa me guardaba rencor y lo demostraba como podía. En medio de otras digresiones por el estilo, una muchacha se sentó a mi mesa, me tocó la mejilla con la mano y comenzó a llamarme por un nombre que no era el mío. Miré a uno y otro lado, confundido, pero nadie prestaba atención. La muchacha tenía un vestido muy gastado, el pelo profuso, ondulado, como enrubiado al sol, y por la forma en que pronunciaba aquel nombre quedaba claro que había bebido mucho. No sé qué más me decía. Es más, llegué a creer que sufría de algún trastorno mental. Me cuesta trabajo comprender por qué no le pedí que se largara, por qué más tarde me dejé conducir hasta el cañaveral, donde me animó con brusquedad a que la besara y le tocara el cuerpo por debajo de la ropa. Debo admitir que sentía de repente un gozo sombrío en su presencia. Quizá todo obedecía a la impunidad que la noche le infería a nuestros actos. En algún momento bordeamos el fuerte español con forma de herradura y luego anduvimos a tientas por los calabozos, donde bullían los insectos y el aire olía a heces humanas. Al parecer, aquella joven vivía en una de las mazmorras, pues allí tenía un colchón de espuma y una pila de ropa andrajosa. La única luz provenía de una aspillera por la que se filtraba la débil luz de la luna. Yo exploraba entre la perturbación y el asco las condiciones en que vivía y toda la aventura me pareció repugnante. La joven, entretanto, se había quitado la ropa y me animaba a acompañarla. Vi cómo se transformó su cara al decirle que prefería marcharme. Le hablaba con una claridad excesiva, es decir, como si intentara comunicarme con una débil mental. Cuando me di vuelta, ya dispuesto a salir del fuerte, sentí que saltaba encima de mí y que me ahorcaba con todas sus fuerzas. En mi memoria, el forcejeo que se desató a continuación duró más tiempo del que es posible. Lo cierto es que en determinado momento logré dominarla y la arrojé contra la pared y, una vez allí, aturdida, golpeé su cabeza contra un muro que tenía la textura del coral muerto.

Es bastante probable que le haya producido un daño severo a esa mujer. Todavía hoy desconozco la causa de su ataque y me represento su cuerpo desgonzado, como inerte, en la penumbra del fuerte. Hice el camino hacia la casa de la playa con el corazón en la garganta y me daba vuelta cada tanto para comprobar que nadie me seguía. Tenía la boca seca, me sudaban las manos. Cuando llegué a la propiedad me alegré mucho de ver a mi hermano, de reconocer un rostro familiar. Estaba echado frente a una fogata, acompañado por dos hombres descamisados, negros, que bebían aguardiente directamente de la botella. Mi hermano se mostró feliz de verme, creo yo, porque estaba bastante bebido. Me puse a hablarle compulsivamente de la carne y de los pájaros, de nuestra madre y su  preocupación, todo esto como sin pensarlo, pero él no pareció inquietarse y pronto siguió la conversación con los dos hombres. Yo estaba demasiado nervioso para intervenir o prestar atención, y apenas recuerdo que hablaban sobre un hotel que habían construido del otro lado de la isla y creí entender que mi hermano tenía problemas para captar inquilinos. Esa noche no pasó nada más digno de mencionarse. A la mañana siguiente, mientras desayunábamos juntos en el pórtico de la casa, mi hermano me contó que pensaba proponerle a mamá la venta del terreno, pues como había oído antes, el negocio ya no era rentable. Me preguntó qué opinaba. Le dije que estaba de acuerdo, y con toda sinceridad añadí que me preocupaba lo que iba a suceder con él. ¿Cómo se ganaría la vida? Aseguró que ya encontraría la forma. Quizá notó la sombra del miedo en mi mirada, pues luego quiso saber la verdadera razón por la que había ido. Dudé un instante qué decirle, pero después me animé a explicarle que estaba pensando en separarme. Me alivió que se ahorrara condolencias y consejos. Terminó su café en silencio, se quitó la camisa y me dijo que fuéramos a bañarnos en el mar. El día era espléndido.

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