En la poesía de Tania Ganitsky dos mundos en tensión revelan un intersticio donde reposa la vida aparentemente sosegada. Digo aparente, pues estas imágenes están cargadas de espesura, pero esta es a su vez de una plasticidad tal (aunque lo espeso y lo plástico parezcan contradecirse) que vemos lo que se mueve y se desplaza a través de su poesía emerger lentamente y reclamar un lugar. Gracias a la estética que nos propone su lenguaje, cuidado, dotado de color, nos sumerge poema a poema en un pequeño cuadro en donde cada elemento, alumbrado por ese lenguaje, nos revela siempre un más allá, como si hiciéramos una visita inesperada a un tiempo y un espacio que muchas veces le son ajenos al lector embarcado ya en el mundo práctico, utilitarista y dominado por el mal llamado progreso.
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Extraviados en este acá de tiempo cronológico, al leer los poemas de Tania atendemos a un llamado sutil pero rotundo para redescubrir un paisaje oculto detrás de la neblina, paisaje que se guarda en la gran memoria universal de los elementos y sus fuerzas que nos convocan y en donde todo lo enunciado a través de sus imágenes se corresponde con el estado anímico al que nos mueve la autora; somos vulnerables, como todos los seres que atraviesan estas páginas, e inexorablemente avanzamos hacia el fin. En esta atmósfera vamos leyendo también nuestra propia historia y reconocemos la fugacidad de nuestro tiempo humano que corre paralelo al de todo lo que existe y amamos.
La vigilia y el sueño, la realidad y la ficción, se entrecruzan y a través de la palabra poética penetramos otro orden más atento al tiempo mítico, a la ensoñación y al encantamiento. Un animalario, como lo señala su autora, recorre su lengua y esto es quizá uno de los más bellos encuentros en este poemario, pues las criaturas indistintamente humanas o animales se dan cita en esa hendidura a través de la cual se presiente el rumor lento de las aguas, sustancia ritual en donde brillan pequeños fuegos.
Los caballos, por ejemplo, recuerdan en este libro ese símbolo particular que en algunas obras de Füssli puede leerse también como una suerte de espíritu que se mueve entre este mundo y otro en donde vemos fragmentarse los principios platónicos de unidad y de verdad. En los poemas de Tania existe la pluralidad y sus elementos se desdoblan para hacer esta realidad más ancha y suficiente para todos. Los caballos están solos, como nosotros, en los poemas de Tania. Su soledad se manifiesta en el mundo de los muertos, como la nuestra, y siguiendo a Manrique, esta muerte también nos iguala. Los muertos existen gracias a esas pequeñas ofrendas, que por lo demás son manos como flores dulces. La potencia que encontramos en este poema puede remontarse a aquel tan bello de Quevedo “Amor constante más allá de la muerte”, en donde luego de atravesar el Leteo, río del olvido, el espíritu continúa recordando lo dulce que la vida trajo, el amor, la ternura, como ocurre con estos caballos que además se nos revelan como extraños dioses. Nuevamente se entrecruzan la realidad y la ficción y está última se abre a su vez a otra ficción (meta-ficción), gracias al sueño como creación, como construcción de otra realidad posible.
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El venado de cola blanca aparece también como emisario, como guía que anuncia un plano invisible pero cierto que nos es negado por la razón. En constante movimiento esos animales se deslizan, son signos de un universo primigenio en donde late una secreta comunión entre ellos y lo humano. Así también el oso, el tigre, la ballena, algunas aves que hacen presencia como pequeños faros y nos ofrecen la posibilidad de un secreto panteísmo.
De particular belleza, el lenguaje de la autora resignifica la naturaleza y nombra atentamente el amor sin rondar la sensiblería ni el lugar común. El lenguaje penetra este desastre que es la vida agotándose, el tiempo que va ofreciéndonos sus vestigios como la belleza misma que hay en lo que empieza a penetrar la sombra; su palabra es una última luz que sobre las formas se arroja para iluminar el canto final de aquello que sostiene lo que somos.
También existe, en los versos de Ganitsky, un pulso que se alza desde geografías temperamentales, más atado a la imagen de un claro en medio de un bosque de pulposas coníferas que a un ritmo tropical. Allí reconocemos las raíces de la poeta y ese vasto imaginario que franquea el tiempo y se afirma en su voz.
Desastre lento es el mundo que reverbera después del aguacero, fresco, renovado, pero pocas veces se presiente el sol. Lo que hay acá es más bien un claroscuro gracias al cual, en templado cumplimiento con lo que se puede ver en medio de la avalancha y lo que se derrumba, deja aparecer las formas, sus bordes, como presencias fugaces, incompletas, de algo que late al fondo íntegro y casi impenetrable.
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Los primeros versos del poema que abre este libro dicen: “El mundo va a acabarse antes que la poesía/y habrá nombres/para diferenciar el olvido de la fauna/del olvido de la flora”. La primera vez que los leí recordé las palabras de Bertolt Brecht: “En los tiempos oscuros/¿Se cantará también?/Se cantará en ellos también/de los tiempos oscuros”. Tania sabe que la palabra construye el mundo, su realidad, y reconoce en su fuerza creativa la posibilidad de perpetuar en medio del desastre la vida y la belleza pues pese a que: “Dicen que la última llama/se encenderá/en el océano”, ella, o un yo poético, ha escondido “unas cerillas para amparar las llamas/ de la tierra”, y esas cerillas son estos poemas con los que el lector se encuentra y que, en medio de la desesperanza y del desastre ya anunciado, arrojan una brillante luz sobre el mundo.
La primera parte de este poema que cito inicia con el presente indicativo del verbo decir, tercera persona plural, “dicen”, que arroja al lector a un eterno presente histórico que justifica la existencia del mito. ¿Quiénes son aquellos que anuncian esa llama que se encenderá en el océano? Aparece entonces el animal, el gran cetáceo que se mueve en las profundidades, en el agua anterior a todo y es en su vientre donde se encenderá esa llama, allí también se hospedan los mitos olvidados: el lenguaje que ha nombrado lo que existe, el gran relato del mundo construido de palabras. Gracias al canto, lenguaje elevado, se pueden conjurar los dioses que ya han desaparecido. No son estos, por consiguiente, los encargados de encender esa llama, es la poeta que a través de la palabra tiene la posibilidad de restaurar el orden.
Por otro lado, el fuego como metáfora nos habla de la vida que resiste; la llama es el milagro que pese a la oscuridad ilumina. En esta brilla también la consciencia de la ruina que han provocado los hombres, el reclamo a la civilización y al progreso; pero también el fuego inicial que separó a los hombres de los dioses, que le permitió al hombre la razón que en tantos casos conduce al caos.
Las ideas de la fugacidad del tiempo y la mortalidad que se opone a la eternidad, también se dicen desde la presencia de los animales que atraviesan este libro, son estos como pequeños gestos de generosidad que sobreviven en esta realidad y son de alguna manera el andamiaje de la mitología que Tania construye. Su acto es de rebeldía contra aquello que amenaza con borrarlo todo. El desastre ha sido anunciado, pero es necesario penetrar otros órdenes para conservar el fuego. Hay, por tanto, en este libro una desconstrucción de antiguos mitos y discursos para construir otros nuevos y definitivamente más solidarios.

"Ballena" (grafito y collage sobre papel), del artista Jose Sarmiento, formará parte de la exposición ‘Un espectro de luz salió disparado de sus ojos‘, que será inaugurada en Bucaramanga en octubre de 2019.
Algunos poemas de Desastre lento
EL MUNDO va a acabarse antes que la poesía
y habrá nombres
para diferenciar el olvido de la fauna
del olvido de la flora.
La palabra esqueleto solo se referirá a los restos humanos
porque habrá una forma particular
de describir el conjunto de huesos
de cada especie extinta.
Habrá un nombre para designar la última chispa de fuego,
un nombre primitivo como el del maíz,
y otro para la transparencia del río
que muchos se habrán lanzado a atrapar
al confundirla con sus almas.
Las crías nacidas ese día no se tendrán en cuenta,
pero la palabra parto sustituirá la palabra ironía que ya habrá sustituido la palabra tristeza.
Y habrá un léxico de adioses,
porque se dirán de tantas formas
que llenarán un libro entero, que es lo que quedará del amor,
de la literatura.
El mundo va a acabarse antes que la poesía
y la poesía continuará afirmando su devoción
a lo perdido.
DICEN que la última llama
se encenderá
en el océano.
En el vientre de la ballena
que hospeda los mitos olvidados,
en su canto,
que conjura el retorno de los dioses.
Pero yo he escondido
unas cerillas
para amparar las llamas
de la tierra.
LOS CABALLOS no iban a vivir
tanto tiempo.
Pero encontraron ofrendas
en el sueño de los muertos.
Allí pastan, beben agua y, a veces,
se acercan a las manos
cubiertas de panela
que brotan como flores dulces
a su alrededor.
Doblan el cuello y reciben la ternura
que también debió extinguirse
hace tiempo.
EL RUMOR DE LA NIEVE
Me preguntaste por el venado
de cola blanca,
por qué justamente ese.
Porque va desapareciendo,
la punta blanca de la cola
solo es el comienzo,
después se extiende por todo su cuerpo.
Las orejas son más resistentes
y demoran en perderse
en el rumor de la nieve.
En parte por la pasión
de sacudirme la voz de encima,
como un animal mojado;
y en parte por asemejarse al olvido.
Tuve que haberte hablado
del parentesco
entre los animales y la música;
decirte que hablo del venado
como pongo una canción para desaparecer.
MONTAJE III
Los caballos en los sueños
tienen hambre y sed.
Donde había hierba
solo hay tierra árida,
los pozos y las lagunas
se secaron.
De vez en cuando pasa un lobo
o un perro
olfateando la nada.
Entran por un lado y salen por el otro,
como en un escenario de teatro.
No me sorprendería
que fuera solo un perro
o solo un lobo
disfrazándose.
