En regiones como el Vaupés el desafío se mide en litros de gasolina y horas de navegación. Para estas elecciones se han dispuesto 91 mesas en 31 puestos de votación, muchos de los cuales solo son accesibles tras vuelos en avioneta o travesías de hasta ocho horas por ríos serpenteantes. Un dato que pocos conocen es que el material electoral llega a comunidades donde no hay carreteras, custodiado por funcionarios que cargan las urnas al hombro a través de la manigua para garantizar que la democracia no se quede a mitad de camino.
Pero la verdadera tecnología de punta en la selva no es el software, sino el factor humano. Líderes indígenas como Rosa y Rodrigo se convierten en los ojos del Consejo Nacional Electoral (CNE), demostrando que la transparencia no depende de un cable de fibra óptica, sino del compromiso de quienes entienden que enseñar a votar es, en esencia, defender el territorio.
Más allá de los mapas, lo que sucede en Mitú es un recordatorio de que cada voto pesa lo mismo, así se deposite en un moderno puesto biométrico o en una mesa instalada bajo el dosel del “mar verde” colombiano.
