OPINIÓN

Diana Lorena Gómez Zuluaga

Cuando la tierra tiembla afuera y adentro

A partir del terremoto que sacudió a Colombia, la columnista comparte una reflexión sobre esos temblores que no registra ningún sismógrafo, pero que pueden cambiarlo todo: las pérdidas, las rupturas y los momentos en que la vida obliga a encontrar nuevas formas de sostenerse.
2 de septiembre de 2026 a las 12:14 a. m.

A las 7:38 de la mañana, el piso se movió en Colombia. Mi taza de café tembló. El edificio crujió. Todos corrimos al marco de la puerta, al grupo de WhatsApp, a llamar a mamá.

Y pensé: yo ya conozco este temblor.

Porque hay terremotos que no salen en el Servicio Geológico. No tienen magnitud en la escala de Richter. Tienen magnitud en el alma.

Se siente igual. Ese segundo en que todo lo sólido se vuelve líquido. Ese instante en que entiendes que no controlas nada.

Se te mueve el piso cuando te dicen “hasta aquí”. Cuando, después de años de ser la que sostiene todo, la que resuelve, la que aguanta, la que no se puede caer, un día te toca guardar tu nombre y entender que nunca fuiste ni serás un cargo. Eres tú.

Se te mueve el piso cuando una relación se termina. No con gritos, que sería más fácil, sino con ese silencio indolente, esa frialdad humana que es más feroz que la naturaleza misma. La naturaleza ruge, rompe, pero no calcula cómo hacerte daño. El ser humano, a veces, sí.

Y, en medio del polvo, uno se pregunta: ¿qué me sostiene?

No es el edificio. No es el sueldo. No es el título en LinkedIn.

Te sostienen dos o tres. No más. Esos amigos que no te preguntan “¿cómo vas?”, sino que llegan y te acarician el corazón. Los que te dicen “llora aquí”. Los que no te arreglan la vida, sino que te acompañan mientras la vuelves a armar.

Te sostienen las ilusiones. Esa terquedad de seguir creyendo que algo bonito viene, aunque hoy no lo veas.

Te sostienen las ganas de vivir. Que no son euforia. Son algo más bajito y más fuerte: levantarme, bañarme, caminar.

Te sostienen los hijos. Los nietos, si los tienes. Esa risa que te obliga a seguir.

Te sostiene el carácter. Ese que forjaste cuando nadie te vio. El que no es dureza, sino raíz.

El fútbol femenino ya hizo su parte. Ahora le toca a Colombia

He aprendido que hay dolores donde las lágrimas no alcanzan. Donde lloras y lloras y el dolor sigue ahí, intacto. Ahí, solo la fe repara. No la fe de cartilla. La fe chiquita, íntima, de decir: “Sosténme tú, que yo hoy no puedo”.

La naturaleza es infinitamente feroz, pero es honesta. Tiembla y avisa. El ser humano, cuando quiere dañar, es indolente. Mira hacia otro lado. Y eso duele más que cualquier grieta en la pared.

Si hoy tu piso se está moviendo por un trabajo, por un amor, por una noticia, por este país que a ratos tiembla más que la tierra, quiero decirte esto:

Esto también es un temblor. No es el fin.

Siempre, siempre, después de la tempestad llega la calma. No la calma de que todo volvió a ser como antes. La calma de que tú ya aprendiste a vivir en otro lugar. Más humilde. Más verdadero. Más tuyo.

Porque después de que todo tiembla, también cambia la manera en que miramos lo que creíamos seguro. Aprendemos que no todo lo que se rompe es una pérdida y que, a veces, hay cosas que solo pueden reconstruirse cuando dejamos de intentar volver a ser quienes éramos.

Quizás de eso se trata resistir: no de permanecer intactos, sino de aprender a sostenernos con lo que queda, agradecer a quienes estuvieron cuando todo se movió y volver a construir, poco a poco, un lugar donde podamos sentirnos en casa.

Hoy abracemos a los de cerca. Llamemos a esos dos o tres. Y si no tienes fuerzas para orar, yo oro por ti.

Que nos tiemble todo, menos el corazón.

Diana Lorena Gómez Zuluaga, vicepresidenta Administrativa del Banco Agrario de Colombia