OPINIÓN

Ana Barreto

El hambre que nadie te dijo que tenías

La autora cuestiona la idea de que la creatividad sea un talento reservado para unos pocos y plantea que, más que un don, es una necesidad humana que se fortalece con la práctica y cuya ausencia explica parte del vacío que muchas personas sienten hoy.
26 de junio de 2026 a las 10:57 p. m.

Hay una creencia que me parece urgente desmantelar: que la creatividad es un don reservado para diseñadores, artistas, libretistas, productores, escritores, directores de cine o publicistas. Como si fuera un gen que algunos tienen y otros no. Como si fuera una categoría profesional más que una capacidad humana.

Llevo más de veinte años en la industria audiovisual, rodeada de personas que el mundo etiqueta como “creativas”, y puedo decir algo con certeza: la creatividad no vive únicamente en los cuartos de escritores o en los sets de grabación, como ocurre en mi profesión. Vive en todas partes. En la forma en que una madre reorganiza la semana para que todo funcione. En cómo un tendero adapta su oferta cuando escasea un producto. En la solución que encuentra una abogada para un caso sin precedente. En el camino distinto que toma un estudiante cuando el de siempre está cerrado.

Crear no es únicamente pintar un cuadro, escribir un guion, un libro o hacer una película. Crear es resolver. Es conectar puntos que antes no estaban conectados. Es encontrar una salida donde otros solo ven un muro. Y eso lo hacemos todos, todo el tiempo.

Lo que ocurre es que hemos aprendido a no llamarlo por su nombre.

Sin pedir permiso

Hay algo que la neurociencia lleva años confirmando y que en la vida cotidiana podemos comprobar sin necesidad de un laboratorio: el cerebro humano se aburre cuando no puede crear. La monotonía agota de una manera distinta al cansancio físico. Cuando no hay estímulo, cuando cada día es igual al anterior, cuando no hay un problema por resolver ni algo que imaginar, algo dentro de nosotros se apaga. No es pereza. Es hambre de creatividad insatisfecha.

Miren a los niños de hoy. Tienen acceso a todo: juguetes, pantallas, contenido infinito y juegos diseñados hasta el último detalle. Y, aun así, se aburren. Precisamente porque ya no tienen que inventar nada. Todo llega hecho, empacado y listo para consumir. Ese aburrimiento creativo, el que antes obligaba a convertir una caja de cartón en un cohete o una sábana en una cueva, es cada vez más escaso.

Los adultos no somos tan distintos. Vivimos en la época de mayor acceso a la información, al entretenimiento y a la comodidad y, paradójicamente, somos una generación poco estimulada en lo creativo. Todo está a un clic. Todo tiene tutorial. Todo parece tener una solución prediseñada. Cuando todo está resuelto de antemano, el cerebro deja de buscar, de conectar y de crear. Se acostumbra a recibir en lugar de producir.

Por eso muchas personas que “lo tienen todo” se sienten vacías. No es ingratitud. Es que llevan demasiado tiempo ejecutando sin inventar, siguiendo sin proponer, cumpliendo sin crear.

El problema no es que seamos poco creativos. Es que no nos hemos dado permiso para reconocer que lo somos.

Desde pequeños, el sistema educativo premió la respuesta correcta por encima de la respuesta original. Nos enseñaron a colorear dentro de los bordes, a no salirnos del tema, a repetir lo que ya estaba escrito. Y eso deja huella. Muchos adultos brillantes me dicen: “Es que yo no soy creativo”, con la misma naturalidad con la que dirían: “Es que yo no sé volar”. Como si fuera un hecho biológico inapelable.

Pero la creatividad no se tiene o no se tiene. Se ejercita. Como un músculo. Y, como todo músculo, se fortalece con el uso y se atrofia con el reposo.

¿Cómo se ejercita? Con curiosidad, ante todo. Haciéndose preguntas en lugar de conformarse con las respuestas. Cambiando pequeñas rutinas, el camino al trabajo, el orden del día o la manera de resolver un problema de siempre. Leyendo cosas que incomoden. Conversando con personas distintas. Jugando. Sí, jugando. Los adultos dejamos de jugar y eso tiene un costo enorme para nuestra capacidad de crear.

También ayuda dejar de esperar el momento de inspiración y empezar a construir las condiciones para que llegue. La creatividad rara vez aparece mientras la esperamos en el sofá. Aparece en movimiento, en el proceso, en el intento.

Quiero dejarles dos invitaciones para este mes. La primera: durante una semana, anoten tres cosas al día en las que fueron creativos. No tienen que ser grandes. Puede ser la forma en que resolvieron un conflicto, la receta que improvisaron o ese mensaje que redactaron tres veces hasta encontrar las palabras correctas.

La segunda: la próxima vez que, en automático, vayan a responder “no se puede”, cambien esa frase por una pregunta: “¿Y qué tal si...?”. Dense el permiso de imaginar una alternativa.

Estoy segura de que, al cabo de siete días, tendrán más de veinte evidencias de algo que siempre estuvo ahí, pero habían olvidado: que son, claramente, personas creativas.

Ana Barreto, CEO de CMO Studios