OPINIÓN

Karen García

El verdadero desafío de las fundaciones es aprender a trabajar juntas

En esta columna, se plantea la necesidad de transformar la cultura de competencia que existe entre algunas organizaciones sociales y avanzar hacia modelos de colaboración capaces de multiplicar los recursos, el conocimiento y, sobre todo, el impacto en las comunidades.
24 de agosto de 2026 a las 6:08 p. m.

Existe una pregunta que me hago con frecuencia cuando participo en encuentros del sector social:

¿Qué pasaría si las fundaciones dejaran de verse como competidoras y comenzaran a verse como aliadas?

En Colombia existen miles de organizaciones sociales creadas por personas extraordinarias. Detrás de cada una hay una historia de dolor, esperanza o compromiso con una causa. Todas nacieron para responder a un problema que el Estado, el mercado o la sociedad no han logrado atender plenamente.

Sin embargo, muchas veces terminamos trabajando de forma aislada.

Competimos por los mismos donantes, por las mismas convocatorias, por los mismos patrocinadores y hasta por la atención de los medios. Y, sin darnos cuenta, esa competencia también termina fragmentando el impacto que queremos generar.

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No creo que esto ocurra por egoísmo. Ocurre, en buena medida, porque el sistema de financiación nos ha llevado a pensar que los recursos son escasos y que cada organización debe sobrevivir por sí sola. En ese escenario, compartir puede parecer un riesgo y colaborar, una amenaza para la propia sostenibilidad.

Pero los grandes desafíos sociales no se resuelven en solitario.

El cáncer infantil, la pobreza, la desnutrición, la violencia o la falta de oportunidades no distinguen entre logotipos. Las familias tampoco.

Una madre con un hijo enfermo no pregunta qué fundación tiene más seguidores en redes sociales. Pregunta quién puede ayudarla.

Y, muchas veces, la respuesta debería ser: todas.

Ahí es donde creo que tenemos una conversación pendiente.

Imaginemos por un momento un ecosistema diferente. Un lugar donde las fundaciones compartan metodologías en lugar de guardarlas; donde intercambien conocimiento en lugar de competir por protagonismo; donde una organización pueda remitir una familia a otra sin sentir que está perdiendo reconocimiento; donde las empresas encuentren proyectos construidos entre varias organizaciones, capaces de alcanzar un impacto mucho mayor que cualquier iniciativa individual.

Ese modelo ya existe en otras partes del mundo. Las organizaciones más influyentes han entendido que la colaboración no disminuye el mérito de cada institución: lo multiplica.

Las alianzas permiten compartir costos, atraer más recursos, evitar duplicidades, aprender más rápido e influir con mayor fuerza en las políticas públicas. Pero, sobre todo, permiten mirar los problemas sociales de una manera más integral. Porque las necesidades de una comunidad rara vez caben dentro del alcance de una sola organización.

En Colombia todavía tenemos un enorme camino por recorrer.

Necesitamos pasar de la cultura de la competencia a la cultura de la confianza.

Y eso exige un cambio profundo. Significa reconocer que ninguna fundación posee todas las respuestas, que todas tenemos fortalezas y limitaciones y que, en muchos casos, aquello que una organización no puede hacer puede ser precisamente la fortaleza de otra.

Para mí, ahí está una de las claves.

El verdadero éxito no consiste en que una organización crezca más que las demás, sino en que las comunidades vivan mejor gracias al trabajo conjunto. El indicador más importante no debería ser cuántos proyectos ejecutamos, cuántos seguidores tenemos o cuánto creció nuestra organización, sino cuánto logramos transformar la realidad de las personas a las que decidimos servir.

Como directora de Funsebas, sueño con un país donde las organizaciones sociales construyan redes permanentes de cooperación; donde un proyecto exitoso pueda replicarse sin importar quién lo diseñó; donde compartir conocimiento sea un acto natural y no una amenaza; donde el éxito de una organización pueda convertirse en el punto de partida para que otra también avance.

También sueño con empresas que dejen de preguntar qué fundación es «la mejor» y comiencen a preguntar qué organizaciones pueden unirse para resolver un problema de manera integral.

Porque allí también existe una oportunidad para el sector privado. En lugar de financiar esfuerzos aislados, las empresas pueden convertirse en articuladoras de soluciones, conectando capacidades, conocimiento y recursos para responder a problemas que requieren más de una mirada.

La colaboración no significa perder identidad.

Significa comprender que el propósito está por encima del protagonismo.

Y no se trata de que todas las fundaciones pensemos igual, trabajemos de la misma manera o dejemos de defender aquello en lo que creemos. Se trata de entender que podemos conservar nuestras diferencias y, al mismo tiempo, encontrar puntos de encuentro cuando el objetivo común es transformar la vida de las personas.

Creo que ha llegado el momento de dejar de medir el éxito por el tamaño de una fundación y empezar a medirlo por la magnitud del cambio que logramos cuando trabajamos juntos.

Porque el futuro del tercer sector colombiano no dependerá únicamente de conseguir más donantes.

Dependerá, sobre todo, de aprender a confiar unos en otros.

Y quizás ese sea el acto de solidaridad más importante que aún tenemos pendiente entre quienes dedicamos nuestra vida a servir.

Karen García, médica, directora ejecutiva de FUNSEBAS y líder social.