Muchas mujeres esperan sentirse completamente preparadas para comenzar. La realidad es otra: el camino empresarial no empieza cuando desaparece el miedo, sino cuando decidimos avanzar a pesar de él.
Hay una pregunta que muchas mujeres se hacen en silencio:
“¿Y si no soy capaz?”
Aparece antes de abrir un negocio, antes de invertir los ahorros, antes de contratar al primer empleado, antes de dejar un trabajo estable o incluso antes de decir en voz alta que tenemos una idea.
Yo también conozco esa pregunta.
Soy contadora pública, y durante diez años trabajé en el sector financiero. Mi formación continuó con una especialización en Derecho Laboral, una maestría en Tributaria y estudios en administración, finanzas, planeación estratégica, inversiones y dirección de proyectos.
En el papel, podría parecer que tenía todas las herramientas.
Pero emprender nunca se trata únicamente de tener herramientas.
Se trata de atreverse a utilizarlas.
La empresa que hoy lidero junto con mi esposo, no nació como una gran compañía. Comenzó de manera informal, en el sector de la mecánica preventiva y correctiva.
Cuando llegué hace 15 años, encontré algo que llamó poderosamente mi atención: había muchísimo conocimiento técnico, pero también una enorme oportunidad para hacer las cosas de una manera diferente.
Vi un sector acostumbrado al informalismo y pensé: ¿por qué un taller no puede tener procesos? ¿Por qué un mecánico no puede tener un empleo formal? ¿Por qué una empresa automotriz no puede ser tecnológica, organizada y humana al mismo tiempo?
Esas preguntas terminaron siendo más poderosas que el miedo.
Decidí formalizar la empresa, estructurar procesos y buscar nuevos mercados. Comenzamos a trabajar con importantes concesionarios en el mantenimiento y alistamiento de sus vehículos usados.
Y, poco a poco, lo que alguna vez fue un negocio pequeño comenzó a convertirse en una empresa.
El miedo no desapareció. La visión creció.
Creo que hemos romantizado demasiado el emprendimiento.
En redes sociales vemos el resultado final: la oficina bonita, el equipo, los viajes, las cifras, los reconocimientos. Pero pocas veces mostramos las noches de incertidumbre, las decisiones que parecen demasiado grandes, el dinero que da miedo invertir, los empleados que dependen de nosotros, los meses en los que las cuentas no salen como esperábamos o las veces que una mujer se pregunta si debería regresar a algo más seguro.
Emprender también es vivir con preguntas sin respuesta.
La diferencia está en aprender a tomar decisiones incluso cuando no tenemos todas las certezas.
Hoy la empresa cuenta con 20 colaboradores directos y más de 59 vinculados indirectamente.
Pero si me preguntan cuál ha sido mi mayor logro, probablemente no hablaría primero de tecnología, maquinaria o clientes.
Hablaría de personas.
Una de las decisiones más importantes que he tomado ha sido dignificar el trabajo de quienes hacen parte de nuestra empresa.
Formalizar empleos, respetar horarios, cumplir con las prestaciones sociales, reconocer el esfuerzo y crear oportunidades de crecimiento no es solamente una decisión humana. También es una decisión empresarial.
Porque una empresa puede comprar la mejor maquinaria. Puede tener el mejor local. Puede invertir millones en publicidad. Pero si no logra construir un equipo que quiera hacer crecer el proyecto, difícilmente podrá sostener ese crecimiento.
He aprendido que, cuando una persona siente que dentro de una empresa también puede hacer realidad sus propios sueños, empieza a trabajar desde otro lugar.
A las mujeres nos han enseñado muchas veces a esperar.
Esperar el momento perfecto.
Esperar tener más dinero.
Esperar sentirnos seguras.
Esperar saberlo todo.
Esperar que nuestros hijos estén más grandes.
Esperar que alguien nos diga que sí podemos.
Y, mientras esperamos, muchas oportunidades pasan frente a nosotras.
No estoy diciendo que debamos lanzarnos irresponsablemente al vacío. Prepararse es fundamental. Estudiar es fundamental. Conocer los números es fundamental. Crear procesos, entender el mercado y rodearse de personas capaces también lo es.
Pero existe una diferencia enorme entre prepararse para comenzar y esperar eternamente para sentirnos listas.
La primera nos hace avanzar.
La segunda puede convertirse en una jaula.
Cuando una mujer crea una empresa, no solamente está construyendo su propio patrimonio. Puede estar creando empleos, contratando a otra mujer, formando a un joven, comprando a un pequeño proveedor, pagando impuestos o enseñándoles a sus hijos que una idea puede convertirse en realidad.
También puede estar demostrando que una mujer puede liderar un sector donde durante años predominaron los hombres.
Por eso creo que el emprendimiento femenino tiene una dimensión que va mucho más allá de los negocios.
Una mujer que se atreve a construir empresa puede terminar construyendo oportunidades para muchas otras personas.
Durante mucho tiempo nos hemos acostumbrado a preguntarnos:
“¿Y si fracaso?”
Hoy también quiero invitarnos a formular otra pregunta:
“¿Y si funciona?”
¿Y si esa idea que tienes sí tiene mercado?
¿Y si ese talento que llevas años escondiendo puede convertirse en una empresa?
¿Y si puedes contratar a tu primer empleado?
¿Y si puedes crear una marca que un día llegue mucho más lejos de lo que imaginaste?
¿Y si puedes convertir aquello que hoy te parece pequeño en algo que genere empleo, ingresos y oportunidades?
El fracaso es una posibilidad.
Pero el éxito también.
Y ninguna de las dos cosas se descubre desde la orilla.
Hoy mi propósito es claro: convertirnos en la primera opción para el mantenimiento y alistamiento de vehículos usados, apoyados en tecnología, experiencia, trayectoria y, sobre todo, confianza.
Pero mi visión personal va más allá.
Quiero construir una empresa donde las personas quieran trabajar porque puedan ver crecer sus propios sueños.
Y quizá esa sea una de las mayores lecciones que me ha dejado emprender:
No se trata solamente de construir una empresa que crezca. Se trata de construir una empresa que haga crecer a quienes están dentro de ella.
A la mujer que está leyendo esto y tiene una idea guardada en una libreta, en el celular o en la cabeza desde hace años, quiero decirle algo:
No esperes a que el miedo desaparezca.
Puede que nunca lo haga.
Llévalo contigo.
Estudia. Pregunta. Haz números. Busca ayuda. Empieza pequeño si es necesario. Equivócate rápido. Corrige. Vuelve a intentarlo.
Pero empieza.
Porque quizá el negocio que todavía no te atreves a construir no solamente cambie tu propia historia.
Pero empieza.
Quizá también sea el comienzo de la historia de muchas personas que todavía no sabes que vas a ayudar.
Tatiana Ramírez Charry, gerente de Mecanica Automotriz Especializada
