OPINIÓN

Ivón Carolina Rodríguez

¿En qué momento dejamos de tener tiempo para vivir?

La tecnología ha cumplido su promesa de hacer muchas tareas más rápidas y eficientes. Sin embargo, la columnista advierte que ahorrar tiempo no necesariamente significa tener más tiempo para vivir y plantea la necesidad de recuperar la capacidad de elegir qué merece nuestra atención.
25 de agosto de 2026 a las 5:55 p. m.

Hay una escena que se repite millones de veces cada mañana. Suena la alarma y, antes de poner los pies en el suelo, muchas personas ya han mirado el celular. Un mensaje. Un correo. Una noticia. Una notificación. Una conversación pendiente. Tal vez las redes sociales. El día todavía no ha comenzado oficialmente, pero nosotros ya estamos respondiendo a él.

La tecnología llegó prometiéndonos algo extraordinario: tiempo. Nos dijo que las máquinas podían hacer en segundos lo que antes tomaba horas; que podíamos comunicarnos con alguien al otro lado del mundo sin esperar días; que podíamos trabajar desde cualquier lugar; que los trámites serían más rápidos y que tendríamos acceso inmediato a información, entretenimiento y conocimiento.

Y cumplió gran parte de esa promesa. Hoy podemos hacer en minutos lo que antes requería una jornada completa. Podemos hablar con personas que están a miles de kilómetros, realizar transacciones sin salir de casa, consultar información en tiempo real y resolver asuntos que hace apenas unas décadas parecían imposibles.

Pero hay una paradoja que merece nuestra atención: nunca habíamos tenido tantas herramientas para ahorrar tiempo y, sin embargo, nunca parece alcanzarnos tanto el tiempo.

¿Qué ocurrió?

Quizás el problema no sea la tecnología. Quizás el problema sea que cada minuto que conseguimos ahorrar encuentra inmediatamente una nueva obligación que ocuparlo.

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Si una herramienta nos permite terminar una tarea en dos horas en lugar de cuatro, no necesariamente usamos las otras dos para descansar, conversar o simplemente estar. Con frecuencia las utilizamos para hacer otra cosa. Y después otra. Y otra más.

La eficiencia, que debía liberarnos, terminó convirtiéndose en una nueva exigencia.

Vivimos en una época en la que estar ocupados parece ser una señal de importancia. Decir “no tengo tiempo” se ha convertido casi en una forma de demostrar que nuestra vida está llena de responsabilidades. Contestamos mensajes mientras almorzamos, revisamos correos antes de dormir, atendemos llamadas durante una conversación y sentimos cierta culpa cuando simplemente no estamos haciendo nada.

Incluso descansar parece necesitar una justificación.

Hemos llegado a un punto en el que muchas personas no saben qué hacer con un espacio vacío en su agenda. Si aparece una hora libre, buscamos cómo llenarla. Si estamos esperando, sacamos el celular. Si estamos solos, buscamos una pantalla. Si tenemos silencio, lo llenamos con ruido.

Tal vez hemos olvidado que no todo momento tiene que ser productivo.

Hay algo profundamente humano en hacer cosas que no producen nada.

Conversar sin mirar el reloj. Caminar sin escuchar un podcast. Leer sin la intención de aprender algo para el trabajo. Tomar un café sin fotografiarlo. Mirar por la ventana. Escuchar a alguien sin pensar en la respuesta. Estar con nuestros hijos sin revisar el teléfono. Incluso aburrirnos.

El aburrimiento, que alguna vez fue parte natural de la vida, hoy parece un problema que debemos resolver inmediatamente.

Y quizá allí exista una de las grandes pérdidas silenciosas de nuestro tiempo: hemos aprendido a estar conectados con casi todo, pero cada vez nos cuesta más estar presentes en aquello que tenemos delante.

Podemos estar físicamente en una reunión y mentalmente contestando un mensaje. Podemos sentarnos a cenar con nuestra familia mientras revisamos las notificaciones. Podemos viajar miles de kilómetros y pasar parte del recorrido preocupados por documentar lo que estamos viviendo en lugar de vivirlo.

Estamos presentes, pero divididos.

La tecnología ha hecho posible que nuestra atención esté permanentemente fragmentada. Una parte de nosotros está en la conversación que ocurre frente a nuestros ojos; otra está en el correo que todavía no respondimos; otra piensa en la reunión de mañana y otra revisa lo que ocurre en el mundo.

Cuando finalmente llega la noche, aparece una sensación extraña: estuvimos ocupados todo el día, pero no sabemos exactamente dónde se fue el día.

Quizás porque confundimos hacer más con vivir mejor.

Durante mucho tiempo hemos medido el progreso por nuestra capacidad de hacer más en menos tiempo. Esa lógica tiene sentido en las organizaciones, en la economía y en muchos ámbitos de nuestra vida. Pero hay una pregunta que rara vez hacemos:

¿Más para qué?

¿Para trabajar más? ¿Para acumular más? ¿Para responder más rápido? ¿Para producir más? ¿Para demostrar que podemos con todo?

La tecnología puede ayudarnos a ser más eficientes, pero no puede decirnos qué vale la pena hacer con nuestra vida.

Ese sigue siendo un asunto profundamente humano, porque el tiempo no es solamente una unidad que podemos administrar. Es nuestra vida misma.

Una hora que pasa no es simplemente una hora menos en el calendario. Es una hora que ya no vuelve. Por eso, quizá deberíamos dejar de preguntarnos únicamente cómo ahorrar tiempo y empezar a preguntarnos en qué queremos gastarlo.

Queremos tecnología más rápida, procesos más eficientes, inteligencia artificial más poderosa, respuestas inmediatas y servicios disponibles las veinticuatro horas. Todo eso puede mejorar nuestra vida. Pero debemos recordar que la tecnología es un medio, no el propósito.

El verdadero progreso no debería consistir en llenar cada vez más nuestra agenda. Tampoco en responder cada mensaje inmediatamente ni en convertir cada momento libre en una oportunidad para producir.

Tal vez progresar sea recuperar algo que la velocidad nos ha hecho olvidar: la posibilidad de elegir.

Elegir cuándo desconectarnos. Elegir a quién escuchar. Elegir qué merece nuestra atención. Elegir qué conversaciones no queremos interrumpir. Elegir cuándo trabajar y cuándo simplemente estar.

Porque quizá el gran lujo del futuro no sea tener más tecnología.

Quizás sea tener la capacidad de decir:

«Ahora no tengo que hacer nada más».

Y poder disfrutarlo sin sentir culpa.

La tecnología seguirá avanzando. Llegarán herramientas capaces de hacer en segundos tareas que hoy todavía nos toman horas. La inteligencia artificial seguirá transformando nuestra manera de trabajar, aprender, comunicarnos y tomar decisiones.

No deberíamos tenerle miedo a ese futuro.

Pero sí deberíamos hacernos una pregunta antes de llegar a él:

¿Si la tecnología logra liberarnos cada vez de más tareas, qué vamos a hacer con el tiempo que nos devuelva?

La respuesta no debería ser simplemente trabajar más.

Porque, al final, la vida no se mide solo por la cantidad de cosas que alcanzamos a hacer. Se mide también por las conversaciones que tuvimos, las personas que abrazamos, los lugares que contemplamos, las preguntas que nos hicimos, las veces que estuvimos realmente presentes y esos pequeños momentos que no parecían importantes mientras ocurrían, pero que con el tiempo descubrimos que eran precisamente la vida.

Quizás no necesitamos más tiempo.

Quizás necesitamos aprender nuevamente a reconocerlo cuando lo tenemos.

Porque ahorrar tiempo no sirve de mucho si olvidamos para qué queríamos tenerlo.

Ivón Carolina Rodríguez Nieto, CIO/CTO – Directora de Tecnologías del ICETEX