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| 6/4/1984 12:00:00 AM

ARMONIA ENTRE COLOSOS

Las ideas ultraconservadoras del Presidente Reagan no le impidieron hacer tratos con el gobierno comunista chino.

ARMONIA ENTRE COLOSOS ARMONIA ENTRE COLOSOS
"Ronald Reagan ha descubierto que hay comunistas buenos y comunistas malos. Los primeros viven en China y los segundos en la Unión Soviética". Con esas irónicas palabras Sam Donaldson, corresponsal de la cadena de televisión ABC, resumió las impresiones del jefe del Estado norteamericano durante la visita de seis días a la China en un viaje en el cual tanto Washington como Pekín lograron la mayoría de sus respectivos objetivos, tanto en términos políticos como culturales y comerciales.
Aunque no se puede decir que se haya dado origen a una alianza, es evidente que después de una congelación en las relaciones, a principios de la década, el país número uno del mundo capitalista y la nación más poblada del mundo comunista han dado inicio a un nuevo período de armonía entre sus respectivos gobiernos. Para probarlo, Reagan y su contraparte china, Lixiennien, firmaron el pasado lunes 30 una serie de acuerdos que, entre otros puntos, protegen a las corporaciones norteamericanas contra la doble tributación, dan inicio a una nueva vuelta de intercambios artísticos y culturales y -la parte estelar de los acuerdos- permiten a las compañías norteamericanas ayudar a los chinos a construir centrales nucleares para la producción de energía eléctrica.
El balance positivo de la travesía vino a darle a Reagan el tan esperado triunfo en política externa, área que ha sido considerada como el talón de Aquiles de la administración. Con la carrera presidencial prendiendo motores, el mandatario ha sido duramente criticado por los demócratas debido al estado de las relaciones con Moscú. Con el viaje, Reagan ha podido demostrar que, pese a ser ultraconservador, ello no es un obstáculo para tratar con gobiernos comunistas. De hecho, si con algún adjetivo se puede describir la atmósfera de las conversaciones entre Reagan y los líderes chinos, amigable sería la palabra más ajustada a lo sucedido.
Aunque el mandatario norteamericano no congenió muy bien con Hu Yaobang, líder del Partido Comunista Chino, la cordialidad fue el tono imperante en las reuniones con Zhao Ziyang y Deng Xiao Ping, el premier y la figura dominante en el gobierno, respectivamente. Sin embargo, lo anterior no fue óbice para que tanta Deng como Zhao le hicieran saber a Reagan su descontento con la política de la Casa Blanca en Centroamérica y, en particular, por el minado de los puertos nicaraguenses a manos de la CIA. En la misma forma, se dice que Deng le aconsejó a Reagan tratar de disminuir la cantidad de misiles de la OTAN en Europa, pues su existencia pone en peligro la seguridad mundial.
Como era de esperarse, la queja de mayor calibre tuvo que ver con la ayuda militar que los Estados Unidos le prestan a Taiwán, a pesar de que en varios tratados Washington se ha comprometido a reducirla sustancialmente.
No obstante haber transcurrido más de 30 años desde que el gobierno separatista fuera integrado en Formosa, la plana mayor del gobierno chino todavía insiste en la reunificación, con la promesa de que permitirá a los habitantes de la isla conservar su sistema de economía de mercado a cambio del reconocimiento político. El momento decisivo en la cuestión de Taiwán va a estar estrechamente relacionado con la devolución de Hong Kong a la China por parte de Inglaterra a final de este siglo. Si, tal como lo ha prometido, la jerarquía china mantiene las características capitalistas de la actual colonia, es posible que haya terreno para que las dos Chinas se conviertan en una sola. Pero Reagan dejó en claro que por ahora los Estados Unidos no desean presionar ningún cambio.
Si los líderes chinos no desaprovecharon la oportunidad para protestar sobre Taiwán, Reagan tampoco dejó pasar el momento para demostrar que proclama su ideología conservadora sin importar dónde o con quién esté. Aprovechando la promesa de las autoridades chinas de que dos de sus discursos iban a ser transmitidos por la televisión, el mandatario norteamericano insertó varios apartes que tocaban el tema de la religión, la propiedad privada, la democracia, la libre empresa y las relaciones con la Unión Soviética. La respuesta de los chinos fue tan simple como efectiva: en el primer discurso leído en Pekín se eliminaron 17 Pasajes en la transmisión televisada, con lo cual el mensaje perdió su propósito propagandístico. En el segundo discurso, leído por Reagan en la Universidad de Fudan en Shangai, la transmisión se hizo en directo pero los chinos se cuidaron de no poner un traductor con lo que solo un porcentaje mínimo de los 14 millones de televidentes en el área atendió lo que dijo "el gran comunicador" norteamericano. Como nota curiosa, hay que agregar que el estilo oratorio de Reagan causó tan buena impresión en los chinos como la que ha causada entre sus compatriotas. Un estudiante en Pekin no vaciló en alabar la "manera clara y directa" que usa Reagan en comparación a la aburrida lectura de un texto que hacen los líderes comunistas.
El éxito de la visita de Reagan no pareció preocupar mucho a los rusos quienes aparte de ataques a través de la agencia TASS no hicieron mayores comentarios. La tranquilidad de Moscú contrastó con los afanes que se vivieran en 1972 cuando sorpresivamente Nixon viajó a Pekin y asustó al Kremlin con la perspectiva de un eje chino-norteamericano. Según se comenta, los soviéticos se han convencido de que China Popular prefiere manejar amigablemente las relaciones con ambas potencias evitando cualquier tipo de confrontación en público. Tal opinión pareció comprobarse cuando los chinos no hicieron eco a las consignas antisoviéticas de Reagan y será confirmada en unos días cuando se realice la visita a Pekin del primer ministro delegado ruso Iván Arkhipov.
Amén de los frutos políticos cosechados, desde ya se prevé que la cooperacion económica entre los dos países se va a incrementar sustancialmente. Debido al acuerdo sobre construcción de plantas nucleares las corporaciones norteamericanas interesadas obtendrán más de 20 mil millones de dólares durante los próximos 20 años. Enfrentada a cumplir su meta de cuadruplicar el producto interno antes de fin de siglo, China tiene un enorme cuello de botella en la producción de energía que amenaza echar por tierra los planes de crecimiento económico. Para solucionar el problema se ha planeado la construcción de por lo menos 12 nuevas centrales y los norteamericanos son autoridad en la materia.
Es probable que el pueblo chino reciba otros beneficios de la amistad con los norteamericanos: en pocos meses se iniciará un festival de cine en las ciudades chinas más importantes, dándole a los orientales la oportunidad de ver éxitos de cartelera como La hija del minero, La Guerra de las Galaxias y Kramer Vs. Kramer...

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