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| 12/30/2017 9:49:00 AM

¿Cómo superar lo que parece insuperable? El ejemplo de los mexicanos

El siquiatra Ariel Alarcón atendió a los damnificados del terremoto en el país azteca. Así se encontró de frente con la resiliencia de quienes de quienes lograron adaptarse en situaciones traumáticas.

¿Cómo superar lo que parece insuperable? el ejemplo de los mexicanos ¿Cómo superar lo que parece insuperable? El ejemplo de los mexicanos Foto: RONALDO SCHEMIDT / AFP

Hace un poco más de un mes, el 19 de septiembre de 2017, la tierra estremeció de nuevo el alma de millones de habitantes del centro y sur de México, principalmente de la Cuidad de México (CDMX), y de los estados de Morelos y Puebla. Este terremoto de gran magnitud ocurrió justo doce días después que otro bramido tectónico había quitado por muchos días el sueño de los habitantes de Oaxaca, Chiapas y Guerrero; y, en una fatal coincidencia, exactamente el mismo día de nuestro calendario (septiembre 19) en el que, hace 32 años de otro, sismo gigantesco había cobrado la vida de más de diez mil personas en esa misma urbe colosal.

A un mes de la tragedia, se calcula que algo más de 471 mexicanos perdieron la vida; cerca de 200.000 resultaron heridos, entre ellos, 50.000 requirieron intervenciones psicológicas; 38 edificios colapsaron en CDMX y 13 más han de ser demolidos. 166 inmuebles son inhabitables y 788 son habitables pero requieren de algún tipo de adecuación. Las pérdidas de vidas humanas y los daños materiales en Morelos, Puebla, Oaxaca, Chiapas y Guerrero también son cuantiosos.

“Tengo pasajes para México la semana entrante”, dije por WhatsApp, una semana después del sismo, a mi amigo, el doctor Alejandro Schvarch. “Pero, ante la situación, no sé si ir”.  “La situa está de la chingada, pero vente y nos echas una mano con el tema ese de la resiliencia y esa onda de mindfulness que tú manejas”, contestó Alejandro. Decidí ir.

Aterrizar, junto con mi hija Lucía (estudiante de antropología y muy sensible a temas sociales) en el Aeropuerto Benito Juárez en la madrugada del sábado 30 de septiembre, tomar la línea amarilla del metro en dirección Pantitlan, para luego cambiar a la línea rosada hacia La Roma, fue una operación de aproximación que hicimos con una expectativa incómoda generada por la incertidumbre de la magnitud real del desastre y cierta culpa anticipatoria por el temor a que nuestra presencia generara más sufrimiento o incomodidad a personas que, de por sí ya la estaban pasando muy mal.

¿Qué nos iríamos a encontrar? En el metro, los silenciosos rostros de los madrugadores mexicanos nos parecieron adustos, recios, compungidos. Me llamó la atención que casi no hablaban entre sí. La pregunta que yo me hacía al mirarlos era a ¿éste cómo la habrá ido en el terremoto? ¿Habrá perdido su casa? ¿Algún familiar?  Cuando el metro salió a la superficie, nuestro morbo no pudo evitar que, con hipócrita discreción, buscáramos imágenes de edificios destruidos, casas derrumbadas, familias deambulando insomnes y heridas ¿Estarán por acá los albergues de los damnificados? Nuestros ojos esperaban que al salir a por boca de la estación Sevilla, en la avenida Chapultepec, el panorama fuera de guerra. Nada más lejano a la realidad.

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Los carros, aprovechando que aún no se había armado trancón, pasaban raudos y sin ninguna preocupación aparente buscando escabullirse a pocas cuadras hacia el lujoso Paseo de la Reforma. Como es la costumbre en la CDMX, estas calles de la colonia Condesa estaban muy limpias, las perezosas panaderías comenzaban a inundar el aire con su perfume a pan dulce, las vendedoras de los mercadillos del barrio ponían, para venderlas, flores multicolores en pesados baldes a las afueras de sus locales. Uno que otro ciclista pedaleaba con premura sobre la ecobici (bicicletas públicas de la CDMX). A esa altura y lugar, nada nos hacía pensar que hace pocos días, veintiún millones de mexicanos habían inundado estas mismas calles buscando llegar a pie a sus casas y a sus seres queridos, porque el sistema público de transporte había colapsado a causa de uno de los más fuertes y devastadores terremotos de la historia de esta ciudad.

“Aquí no pasó realmente nada”, nos platicaba Fabiola tratando de disipar nuestros evidentes miedos. La amable anfitriona del Airbnb en la Colonia Condesa donde nos íbamos a alojar, nos mostraba su casa con un temblor en la voz que transmitía alivio en medio de un aura de pesadumbre.

Su casa de dos plantas fue construida en los años 40, con buena cimentación y materiales livianos y nobles (las escaleras, por ejemplo, son en madera) que hicieron que soportara sin mayores cicatrices, las sacudidas de los dos terremotos fuertes el del 85 y el de la semana pasada, así como los cientos de temblores pequeños que se presentan en este país cada año.

Su templada tranquilidad, nos dio algo de confianza, que no reprimió nuestra búsqueda automática de posibles rutas de evacuación en caso que Tlaltecuhtli (pariente mexica de la griega Gaia o la latina Gea), le diera por acomodarse mejor en medio de su sempiterno e inestable adormecimiento. El espanto estaría a pocas cuadras de allí.

Noté a Alejandro todavía perturbado e inquieto. A cada rato interrumpía súbitamente la plática para fijar su mirada en algún objeto que le cerciorara que no estaba temblando, luego continuaba aparentemente como si nada. Nos invitó a almorzar en la tarde de ese lluvioso sábado en uno de los pocos restaurantes mexicanos de la colonia Condesa (la mayoría son internacionales o de fusión).

En el camino hacia su apartamento de la calle Ámsterdam, tuvimos que desviar varias veces la ruta que nos señalaba Google Maps porque las calles que debíamos tomar estaban cerradas por riesgo de desplome de alguno de sus edificios.

Cerca de allí, el parque España, sí era zona de desastre. Sus alegres jardines y refrescantes arboledas habían sido desplazados por campamentos de albergues temporales para personas que habían perdido sus casas; para los que velaban día y noche, aferrados a una esperanza cada vez más remota, de hallar con vida a su familiar sepultado por toneladas de escombros en alguno de los edificios colapsados de la Colonia Condesa.

Bajo otras carpas hallaban también amparo y breves descansos cientos de voluntarios de múltiples especialidades (hombres y mujeres, la mayoría de la UNAM con conocimientos y experiencia en medicina, psicología, rescatistas, bomberos, socorristas, mineros, ingenieros, militares, etc, etc.) que, desde el día uno estaban allí ofreciendo sus apoyo, sin dejar de contar a los miembros de la marina mexicana y de rescatistas especializados de diferentes países. Sucesivas barreras de acceso (anillos de seguridad) custodiados por marinos, impedían amablemente la aproximación de curiosos.

Por todas partes leíamos letreros en cartulinas o en sábanas que rezaban: “No fotos, por respeto a las víctimas”. A lo lejos, dentro de las barreras hormigueaban en un frenético ir y venir rescatistas, bomberos, voluntarios y soldados todos ataviados con un casco de construcción y un tapabocas. A las afueras del parque cada minuto un automóvil se detenía con algo para donar, la mayoría de las donantes eran mujeres, traían principalmente comida caliente: café, chocolate, agua, chilaquiles, enchiladas recién hechas; frazadas, medicamentos, juguetes, lo que fuera. Cruzaban pocas palabras, pero sus ojos decían: estoy contigo hermano.

Como decenas de miles de voluntarios de la CDMX, el doctor Alejandro Schvarch había permanecido sin dormir ni descansar los tres días inmediatos al terremoto, con sus noches. Su instinto lo llevó a un albergue temporal que se improvisó en una galería de arte en la colonia Roma y allí, armado con su fonendoscopio de internista, sus dones de liderazgo y su pasión por ayudar, organizó el albergue donde pudo dar refugio a 30 adultos y 18 niños que habían perdido sus hogares.

“Lo más pesado eran las necesidades psicológicas de la gente, en el fondo todos estábamos igual de asustados y de tristes, pero lo inmediato era sobrevivir y rescatar a los que aún estaban con vida”, confesó con cierta pesadumbre. Solo al final de la tercera noche pudo volver a su apartamento, tomar, por fin una ducha y tratar de dormir un sueño sobresaltado.

El caso de Alejandro, que en él no es de extrañarse, es el mismo de muchísimos mexicanos que se volcaron a las calles y en las redes sociales a ofrecer lo que pudieran por salvar vidas, remover escombros, donar sangre, donar medicamentos o insumos médicos, conseguir o mover donaciones, apoyar a los rescatistas, ofrecer una mano, un hombro, un abrazo, un corazón para aliviar el sufrimiento de sus compatriotas. A cada paso que dábamos nos impresionábamos y conmovíamos más y más, con las increíbles muestras de solidaridad que florecían en cada esquina.

Otro aspecto que se podía palpar en el ambiente eran los comentarios y reacciones hacia los políticos y muchas entidades gubernamentales, que oscilaban entre una soterrada apatía y un franco desprecio.

El gobierno se movió, claro, pero la sociedad civil se levantó, alzó su brazo, se movilizó y sigue movilizada y unida en favor de los afectados y de la reconstrucción del país. Doce días después del terremoto nadie hablaba de otra cosa y cada persona que nos cruzamos está en por lo menos dos grupos de WhatsApp o de Facebook donde difunden información ciudadana directa que no aparece en los medios de comunicación.

La mayoría está en 4 o 5 grupos, cada uno con cientos de anónimos participantes unidos generosamente por la causa de las víctimas. Que alguien necesita un grupo de voluntarios para ayudar a cargar un camión, de inmediato veinte o treinta respuestas de ¿dónde es? y ¡Yo voy!  Ayuda psicológica para niños; recreacionistas para integrar la comunidad de un albergue; agua potable; manos para clasificar donaciones; hombros para cargar camiones, camiones para transportar donaciones; comida caliente, mucha comida caliente a todas partes. Todo a la mayor distancia posible de los políticos que tratan de aprovechar el río revuelto en miras de la vecina campaña electoral.

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Quien aparezca con alguna alusión de tipo político, comercial o sexista es expulsado de inmediato del grupo. Guardando las respectivas proporciones, lo que ocurre ahora en México en términos de redes sociales, nos llevó a pensar en una especie de primavera árabe, pero de la solidaridad centroamericana.

Al día siguiente, domingo primero de octubre, como los campamentos estaban tan custodiados y su ingreso tan controlado; y, según Alejandro, las necesidades en cuanto a personal de la salud estaban ya cubiertas en todos los albergues y hospitales, el destino nos impulsó a alejarnos del centro y darnos una vuelta por Coyoacán y ver la casa azul, donde nació la pintora Frida Kahlo y donde vivió y trabajó por muchos años con su esposo, el también afamado pintor Diego Rivera.

Nada más acertado. Frida Kahlo, ese ícono del arte, la cultura y la política mexicana por excelencia, lo es precisamente por ser una mujer ejemplo de la más formidable resiliencia, (tema del que supuestamente yo iba a hablar en México). Cuando hablo de resiliencia, me refiero a la, a veces asombrosa pero en el fondo muy humana, capacidad de adaptación, asimilación y elaboración de las situaciones traumáticas o adversas, transformándolas, en la mayoría de los casos, en oportunidades de aprendizaje y crecimiento tanto individual como colectivo. El término y su práctica ha llamado mucho la atención en los últimos años de psicología y la psiquiatría porque es un componente fundamental de la promoción de la salud mental.

De muchos es conocido que la vida de Frida Kahlo, estuvo cruzada a la vez por el infortunio, la dicha y una monumental capacidad de trabajo. A los seis años sufrió de poliomielitis que la postró un año en cama y le dejó como secuela el acortamiento de su pierna izquierda. Luego, a sus 18, sufrió un grave accidente automovilístico que le causó varias fracturas en la columna vertebral y otros huesos, con múltiples y dolorosas secuelas, por las cuales tuvo que ser intervenida quirúrgicamente en 32 oportunidades a lo largo de su vida.

Todo este dolor es magistral y dramáticamente plasmado a largo de su prolífica obra. Se puede afirmar sin temor a equivocarse que Frida Kahlo, como dije, es el mejor ejemplo posible de resiliencia, esa facultad mental para elaborar los traumas que sufrió, utilizando su pintura para ello y llevando una vida lo más normal posible aún con sus limitaciones y dolores físicos.

Como ella es México. Al ver la impresionante movilización social post-terremoto, sentíamos que en cada mexicano y mexicana vivía una parte de su heroína nacional. Esta sociedad supo reponerse de uno de los más devastadores terremotos de la historia de la humanidad, que en 1985 mató a casi 10.000 mexicanos y arrasó miles de hogares. Prueba de su resiliencia es que en éste del 2017 solo perdieron la vida 400. La sociedad entera estaba completamente entrenada en planes de evacuación. Sus topos son de los mejores rescatistas del mundo.

Cientos de médicos, psicólogos, rescatistas y miles y miles de voluntarios se lanzaron a las calles, comunicándose por las redes sociales para dar lo mejor de sí mismos a sus hermanos mexicanos en situación de vulnerabilidad, para ayudar, ayudar y ayudar, integrándolos, impidiendo su aislamiento y su victimización crónica.  Para decir no nos dejamos apabullar por la adversidad y para actuar en pos de la unión, el aprendizaje y el crecimiento colectivo.

Al final, mi pretendida charla sobre la resiliencia, que a todas luces habría estado sobrando, no fue posible por lógicas dificultades logísticas. Por WhatsApp nos enteramos que frente al espantoso edificio colapsado en la de la calle  Álvaro Obregón 286, era necesario un psiquiatra para atender las necesidades emocionales del traumatizado personal de salud. Algo de catarsis e intervención en crisis hicimos con los heroicos y heroicas cuates de psicología de la UNAM y con un capellán extraviado, que habían apoyado día y noche a las 20 familias de los aplastados por los escombros, hasta que sacaron el último cuerpo sin vida.

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“Sé que me va a dar un estrés postraumático de puta madre, pero ni modo, no me podía quedar en mi casa sabiendo lo que estaba pasando acá”. Afirmó sin titubeos la exhausta Hilda, coordinadora de prácticas de psicología clínica de la UNAM y voluntaria en el campamento de la Alejandro Obregón. Gracias a Ricardo Combariza psicólogo colombo-mexicano sacié mi pulsión de ayuda con una entrevista sobre resiliencia que se puede ver en su portal de Facebook 8 y media.  #Fuerzamexico.

*Texto escrito por Ariel Alarcón Prada, psiquiatra. La información sobre los hechos fue tomada de www.la-prensa.com.mx , http://www.eltiempo.com , elpais.com/internacional y el www.eluniversal.com.mx/

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