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| 12/11/2003 12:00:00 AM

Con distinta medida

Estados Unidos es suave con Corea del Norte y una fiera con Irak. ¿A qué se debe esta doble postura frente a las dos presuntas amenazas nucleares?

"Estados Unidos no tiene ninguna intención de invadir Corea del Norte (?). Si trabajamos con los países de la región la diplomacia va a dar resultado", dijo el presidente estadounidense, George W. Bush, en una rueda de prensa el 7 de enero. Ese anuncio no habría tenido nada de raro si no hubiera sido hecho como respuesta a un comunicado amenazante de Corea del Norte que aseguraba que si Estados Unidos decidía imponerle sanciones económicas por violar la zona desmilitarizada, aceptar que tenía un programa nuclear, reactivar su reactor de plutonio y echar a los inspectores de armas de destrucción masiva, iniciaría una guerra. "Las sanciones significan guerra y la guerra no sabe de piedad", dijo la agencia oficial de noticias de ese país. Como si fuera poco, el vocero del Departamento de Estado, Richard Boucher, retomó la aproximación conciliatoria de Bush cuando anunció, tras la reunión en Washington de los gobernantes de Estados Unidos, Japón y Corea del Sur, que el gobierno norteamericano aceptaba iniciar diálogos directos con el gobierno de Pyongyang para buscar que éste cumpla con sus obligaciones de desarme. Según Boucher la decisión era una muestra del deseo de su gobierno de resolver el problema de forma pacifica. Tanto deseo de conciliación y diálogo resulta insólito por provenir del mismo gobierno empecinado en atacar a Irak por violaciones de tratados internacionales de desarme similares y hasta menos graves que las de Corea del Norte. En efecto, en la misma rueda de prensa en que Bush insistía en que no atacaría a ese país, también se quejaba de lo "deficiente" del informe presentado por Irak acerca de su armamento mientras miles de nuevos efectivos militares se desplazaban al golfo Pérsico para prepararse para la guerra. Al cierre de esta edición 25.000 marinos y soldados se dirigían a la región y se esperaba que para el lunes otros 50.000 miembros de la Guardia Nacional se les sumaran. Al mismo tiempo el ministro de Defensa británico, Geoffrey Hoon, ordenaba la movilización de 1.500 reservistas y más buques de guerra. La aparente contradicción en la política exterior estadounidense se hace más evidente si se tiene en cuenta que los principales argumentos para atacar a Irak son que sus armas de destrucción masiva representan un peligro para la región y que el presidente Saddam Hussein es un líder malvado que reprime a su pueblo. No obstante la verdad es que Hussein está lejos de ser más peligroso o cruel que Jim Jong Il. Según informes de organismos defensores de derechos humanos entre 200.000 y 500.000 disidentes norcoreanos son torturados en campos de concentración (gulags) similares a los de la Rusia estalinista y más de 60 por ciento de los niños padecen malnutrición mientras el gobierno gasta 30 por ciento de su presupuesto en defensa. Además Corea del Norte posee el quinto ejército más importante del mundo, tiene capacidad de lanzar misiles hasta Japón y una industria armamentista de exportación, como se hizo patente con la reciente interceptación del cargamento de misiles Scud vendidos al ejército yemenita. Pero si Corea del Norte es tan o más "malvada" que Irak ¿por qué entonces el trato de Estados Unidos es tan diferente en cada caso? Para el gobierno iraquí se trata de un típico caso de doble moral. Así, Al Tawara, periódico oficial del partido Baath de Hussein, manifestó en un editorial que era injusto que Estados Unidos se preparara para una guerra con un país dispuesto a cooperar con los inspectores de armas de la ONU y que, en cambio, buscara una solución pacífica con Corea del Norte, que acababa de echarlos. Por eso para el viceprimer ministro, Tarek Aziz, "los verdaderos motivos del revuelo inventado por Bush y Blair son imperialistas. Quieren destruir Irak porque es el país más fuerte del área. Quieren destruirlo y tomar una región rica en petróleo". La hipótesis del petróleo está lejos de ser un delirio del gobierno de Hussein y la mayoría de analistas independientes coinciden en que se trata de una variable clave. "Irak es una prioridad dentro de la agenda de intervención militar por sus reservas petroleras", dijo a SEMANA el experto en Irak de la Universidad de Georgetown John Quigley. El asunto es que esta prioridad se vería amenazada por una guerra en Corea pues Estados Unidos tendría que vérselas con dos frentes de batalla diferentes, lo que pondría en riesgo el éxito de la campaña para sacar a Hussein del poder e instalar un gobierno títere. Por otro lado, hay varios elementos que hacen que un ataque a Corea sea indeseable. Para empezar está el hecho de que es mucho más poderosa desde el punto de vista militar y que un conflicto bélico desestabilizaría a toda la región. Corea del Norte amenazó con ocupar al sur en caso de un ataque estadounidense, y esta maniobra es relativamente fácil dada su superioridad armamentista y la débil ubicación geoestratégica de la capital, Seúl. De ahí que Corea del Sur sea el país que más ha insistido en la necesidad de buscar una salida política a la crisis. El otro obstáculo para un ataque es justamente la falta de apoyo que esta estrategia despierta entre los vecinos asiáticos. Además de que la opinión pública y el gobierno de Corea del Sur desean la reconciliación y la reunificación, China, la potencia militar más importante de la región es un aliado tradicional de Pyongyang. Por último, para el gobierno de Washington sería claro que lo que Corea del Norte busca con sus amenazas es una mejor posición para negociar la inserción de su mercado en la economía mundial. Ese país quiere liberar su economía, de tipo estalinista, con una serie de reformas similares a las que llevó a cabo China, y para ello necesita librarse de su condición de paria internacional y conseguir ayuda e inversión extranjeras. Estas intenciones no le disgustan a Bush, por lo que quizás estaría dispuesto a ayudar si Norcorea se compromete a deshacerse de su arsenal nuclear. Lo único claro es que el contraste entre la política de Bush ante Corea del Norte e Irak representa para Washington un problema de presentación casi insoluble. En esas condiciones resulta muy difícil convencer, sobre todo al mundo árabe, de que las verdaderas intenciones de las amenazas contra este último país son el peligro potencial que representa y no su inmensa riqueza petrolera. Y demuestra, una vez más, aquella frase que sostiene que "Estados Unidos no tiene amigos sino intereses".

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