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| 7/28/2018 5:30:00 PM

La Cuba del futuro

El proyecto de reforma constitucional aprobado por el Parlamento cubano reconoce la propiedad privada, elimina la referencia al comunismo y abre las puertas al matrimonio igualitario. Pero nadie sabe hasta dónde llegará el cambio.

Cuba reforma su constitución y reconoce la propiedad privada Después de un debate de tres días, la Asamblea Nacional aprobó el lunes de forma unánime el borrador del proyecto constitucional. La población cubana podrá incluir cambios desde el 13 de agosto, fecha que coincide con el nacimiento de Fidel Castro.

“Esta es una Constitución dialéctica y moderna; si hay que romper la tradición, se hace, porque romper la tradición es también un acto revolucionario”, dijo Miguel Barnet, diputado de la Asamblea Nacional de Cuba (AN) durante la discusión de la Ley Magna, nombre oficial del acto legislativo que los 605 parlamentarios de la Asamblea aprobaron por unanimidad el lunes pasado, después de tres días de debate entre las diez Comisiones Permanentes. Barnet se refería al giro de 180 grados que la isla caribeña está dispuesta a hacer con respecto a varios temas controvertidos.

En efecto, el proyecto ratifica el carácter socialista de Cuba, pero abre la puerta a la propiedad privada, algo impensable hace apenas una década. Además, da visos de un mínimo equilibrio político en los poderes al instituir la figura del presidente de la república, limitar el mandato a diez años y propone la creación de un primer ministro. A la educación y salud gratuitas se suma una amplia gama de derechos inexistentes hasta ahora en los procesos legales cubanos. La presunción de inocencia, las garantías del debido proceso y el habeas corpus se estrenarán en la nueva Carta Magna.

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Y, en uno de los virajes más radicales, el proyecto acepta el matrimonio igualitario. En un mundo donde la inclusión social de las minorías marca tendencia, Cuba ahora dice presente: el texto de la nueva Constitución habla de “unión entre dos personas” en lugar de “entre hombre y mujer”, como especificaba el texto vigente de 1976, año en el que Cuba adoptó su primera Constitución posrevolución. Una muestra significativa de apertura teniendo en cuenta que Cuba ha reprimido a los homosexuales desde el inicio mismo del régimen castrista.

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A pesar de esos cambios estructurales, analistas coinciden en decir que tanto Raúl Castro como Miguel Díaz-Canel sí han dado un nuevo paso hacia la apertura, pero con una gran cautela. De hecho, en el nuevo texto desaparece el objetivo de llegar a perfeccionar una sociedad comunista, pero falta un largo trecho para que los cubanos puedan votar por alguien que no pertenezca al Partido Comunista de Cuba, el único legal. El borrador de la propuesta habla de esa colectividad como la “fuerza dirigente superior”. Los más escépticos creen que en la práctica el nuevo proyecto constitucional no traerá mayor cambio a la isla porque la aclamada Constitución augura la misma línea política inamovible de las últimas seis décadas.

Para entenderlo mejor habría que poner la lupa en la economía. La nueva Constitución mantiene la propiedad socialista como un principio esencial, pero ahora ve la inversión extranjera como un elemento importante del desarrollo. Al desaparecer el objetivo comunista, Cuba reconoce que puede tener una economía mixta que estimule al sector privado y permita la entrada de cerca de 2.500 millones de dólares anuales, cifra que el gobierno cubano ha calculado como necesaria para no estancarse. La pregunta clave es qué tan rápido hará ese tránsito y cuántos debates le tomará al gobierno cubano llegar a un consenso sobre este tema, si se considera que el borrador aprobado esta semana sigue reconociendo al Estado como “el principal generador de la riqueza del país” y a la propiedad socialista como el núcleo fundamental de todo el pueblo. No muy diferente a lo instaurado desde la revolución de 1959.

De esos cambios económicos dependen otros más políticos. La población espera decretos sobre nuevas oportunidades de acceso a internet y a espacios abiertos para nuevos medios de comunicación con libertad para transmitir información más allá del Granma, diario de la prensa oficial cubana. Por eso, tiene resonancia la teoría de la apertura lenta: en lo político, Cuba aún no ha optado por tener en el futuro elecciones con diversos partidos políticos; y en lo económico, impulsa nuevos negocios privados, pero con restricciones. Poco a poco, la realidad económica de la isla les pide a sus dirigentes las reformas de las que hoy el mundo es testigo. Ya Raúl Castro durante su gobierno había impulsado el surgimiento de algunos negocios privados prósperos, pero nunca logró atraer la inversión para aliviar la languidez económica de su país.

En efecto, como dijo a SEMANA Geoff Thale, vicepresidente del centro de pensamiento Washington Office para América Latina, “el Partido Comunista aprobó un conjunto de directrices económicas desde 2011 para avanzar hacia una economía más mixta. El gobierno ha implementado un mercado inmobiliario para compra y venta de viviendas y ha incrementado el empleo por medio de pequeñas empresas. Algunos cambios que se anuncian ahora ya han tenido lugar, pero se necesitan más reformas para que la economía cubana crezca. Algo que no está garantizado con el borrador de la nueva Constitución”.

El gobierno cubano reconoce que necesita cerca de 2.500 millones de dólares anuales para aliviar su economía

Más allá de ese proceso interno, toda la región tiene los ojos puestos en los avances cubanos. La estratégica ubicación de la isla la hace atractiva para nuevas oportunidades de negocio que los gobiernos vecinos quieren aprovechar. Reconocen que las reformas constitucionales representan pasos importantes para abrir espacios en la esfera económica y política de un país, y aunque en el caso cubano no hay cambios radicales a la vista, la apertura “sin prisa, pero sin pausa” planeada por Raúl Castro puede llevar a la isla a un sistema político más abierto.

La incógnita está literalmente sobre Cuba y tiene nombre propio: Estados Unidos. El presidente Donald Trump adoptó, desde su llegada a la Casa Blanca, una retórica de línea dura hacia la isla y ahora ni siquiera parece tener a Cuba en su radar inmediato. Más aún cuando los amigos de Cuba siguen siendo los enemigos del Tío Sam. Como dijo a SEMANA Juan Felipe Celia, analista para Centroamérica del Atlantic Council, “poco cambiará en términos geopolíticos porque Cuba sigue apoyando a gobiernos autoritarios como los de Venezuela y Nicaragua. La administración Trump, en lugar de tomar un rol de liderazgo en el proceso de liberalización de Cuba, terminó por revertir ciertas políticas de cooperación con la isla”.

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Después de más de cuatro décadas con la misma directriz, los cubanos ven ahora una oportunidad para incluir algunas mejoras en sus vidas. Esperan que lo aprobado esta semana no se quede en letra muerta ni sea un cambio gatopardiano. Habrá que ver si con esta nueva Constitución vienen en realidad nuevos vientos para la isla o si Raúl Castro y Díaz-Canel hicieron una lectura juiciosa de la novela del conde de Lampedusa, con su famosa frase: “Cambiarlo todo, para que nada cambie”.

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