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| 8/16/1982 12:00:00 AM

DETRAS DE Mr. SHULTZ

Una empresa que tiene grandes negocios con los árabes "fabrica" los más altos cargos del gobierno de Reagan

DETRAS DE Mr. SHULTZ DETRAS DE Mr. SHULTZ
Cuando el presidente Reagan, desde su despacho en Washington, nombró a George Pratt Shultz nuevo secretario de Estado, en reemplazo del general Haig, alguien en Alaska saltó de su taburete plegable de pescador. Stephen Bechetel Jr. un hombre de 57 años y cabellos grises, que había ido con sus amigos a disfrutar de un fin de semana a orillas del helado río Rey Salomón, acababa de enterarse, por radio, que su hombre de confianza, su mano derecha, le había sido arrebatado por la presidencia de los Estados Unidos.
El pescador era el presidente de un imperio multinacional con negocios en 39 países, 43.700 trabajadores, magníficos vínculos con Arabia Saudita y, por supuesto, ingresos multibillonarios al año: la Bechtel Group Inc., la empresa constructora más grande del mundo.
Fundada por un joven ranchero de origen alemán en 1898, que se inició alquilando mulas para el tendido de un ferrocarril en territorio indio de Oklahoma, la Bechtel alcanzó cierto renombre en 1931 cuando participó en la construcción de la represa Hoover.
Pero su salto a las dimensiones espectaculares actuales lo dio después de la Segunda Guerra Mundial, cuando abandonó la construcción de barcos, para dedicarse a erigir refinerías, oleoductos y plantas nucleares. Hoy el valor de sus contratos anuales superan los 10.6 billones de dólares y su línea de trabajo abarca los rubros anteriores, más otros, como el sistema de metro de Washington, el limpiado de Three Mile Island y la erección de la infraestructura de Jubail, una ultramoderna ciudad en Arabia Saudita que costará 20 billones de dólares. (Un billón es, en Estados Unidos, mil millones de dólares).
Esa firma que tiene hoy 113 obras en desarrollo en una veintena de países, ha construido, entre otras cosas, el oleoducto que conecta Alaska con los Estados Unidos y la mitad de las centrales nucleares de ese país.

LOS ARABES CONFIAN
Vicepresidente ejecutivo de esa descomunal empresa, durante ocho años hasta el 25 de julio, fue George Shultz.
Pero el sucesor de Haig no es el primer ejecutivo que la Bechtel pierde a manos de Reagan. Otros dos altos funcionarios han sido llamados por este presidente a ocupar altos cargos en Washington: Caspar Weinberger, actual secretario de defensa; y W. Kenneth Davis, hoy comisionado de energía.
Por ello muchos se preguntan qué hace que el presidente Reagan esté convirtiendo esa empresa en semillero de sus funcionarios claves, y si la toma de tales ejecutivos tendrá connotaciones sobre la política exterior norteamericana.
Aunque por ahora es difícil para los observadores dar respuestas concluyentes al respecto, unos ya opinan que es la eficiencia y honestidad de los cuadros de la Bechtel lo que está tras de ese afán, mientras que otros señalan -sin profundizar- que lo que prima son las conexiones de 30 años de esa firma con los sauditas. Al menos, David Mizrahi, editor de una revista especializada de Nueva York, asegura que la Bechtel es "una de las tres o cuatro compañías norteamericanas que se han ganado la confianza" de los árabes, por la calidad y puntualidad de su trabajo. Estos, desde luego, saludaron el nombramiento de Shultz, y dieron a entender que con él en ese cargo tendrán "un oído receptivo y facil acceso".
A la Bechtel se le han conocido deslices que hace algún tiempo afectaron su imagen. En 1972, por ejemplo, algunos de sus funcionarios intentaron sobornar unos funcionarios de New Jersey para favorecer la construcción de un oleoducto. Años más tarde, en 1977, la firma fue criticada por instalar, con retraso la planta nuclear de San Onofre, California. Otro lunar lo constituye el uso que la empresa hace de sus excelentes contactos con consejeros y funcionarios del gobierno, norteamericano, para proteger sus wtereses. Informes dados por su actual consejero Richard Helms, exjefe de la CIA, por ejemplo, evitaron que la empresa sufriera pérdidas en Irán a finales de los 70s.

LA SUPERCIUDAD DE JUBAIL
Otros funcionarios, como John McCone, expresidente de la Comisión de Energía Atómica y más tarde jefe de la CIA, bajo Kennedy; Parker Hart, ex embajador en Arabia Saudita; y Charles Walker, Secretario del Tesoro de Nixon, han servido en forma similar a la Bechtel, para preocupación de sus competidores.
Sin embargo, no siempre -según sus dueños- sus negocios han crecido. Durante los últimos quince meses el bajón experimentado por las obras públicas de los países productores de petróleo y la no demanda de nuevas centrales nucleares en Estados Unidos, los ha afectado. Pese a ello, los Bechtel son hoy una de las más ricas familias del mundo, con más de 950 millones de dólares de fortuna personal entre Stephan Jr. y su padre.
Además, las ganancias que hará el grupo con el proyecto de Jubail y Yanbu (un proyecto hermano más pequeño), serán gigantescas. Jubail sólo superará las dimensiones de otras construcciones famosas, como las pirámides de Egipto y el canal de Panamá, al cubrir un área de casi 625 kilómetros cuadrados (equivalente a una cuarta parte de la Sabana de Bogotá), y durará haciéndose 15 años. Consistirá en una ciudad llena de complejos petroquímicos, refinerías, acerías y docenas de industrias secundarias, que transformarán considerablemente a Arabia Saudita en el terreno económico.
La pregunta que algunos expertos se hacen, finalmente, es si un hombre como Shultz, con un grupo como el Bechtel tras de él, ávido de oportunidades para vender sus servicios en cualquier parte del mundo, podrá desarrollar la directriz de Reagan de congelar la construcción del gigantesco gasoducto entre la URSS y Europa Occidental.

¿SHULTZ, ANTITESIS DE HAIG?
Adquirir a George Shultz fue otro éxito de la Bechtel. Lo incorporó a su staff directivo tras varios años de acumular éste experiencia gubernamental clave como Secretario de Trabajo y Secretario del Tesoro, bajo la administración de Nixon-sin que por ello su reputación de hombre honrado fuera afectada por el escándalo de Watergate-. Shultz habla hecho una carrera tan brillante que llegó a ser calificado como el "zar de la política doméstica" de su país, así como Kissinger había sido el "zar de la politica exterior".
Sin ser un experto en esta última materia, si tiene el sucesor de Haig alguna práctica diplomática. En 1972, como Secretario del Tesoro, sostuvo negociaciones con el presidente soviético Leonid Breznev, y actualmente tiene las mejores relaciones con el canciller alemán Helmut Schmídt Graduado en economía y amigo del discutido teórico del monetarismo Milton Friedman, sirvió como consejero económico de la campaña presidencial de Ronald Reagan, a quien conoce de hace años.
Esto no le impidió tener diferencias con él acerca de su política sobre Medio Oriente en septiembre de 1980, lo que frustró en ese entonces su nombramiento como Secretario de Estado. Durante la campaña electoral Shultz habla expresado además sus reservas acerca del ferviente apoyo de Reagan a Israel, lo que favoreció que el cargo fuera dado a Haig.
Sus amigos lo describen como "la antitesis" de este último: hombre de equipo, administrador excelente, y capacitado como nadie para lograr lo mejor de su gente. Su apariencia es la de un equilibrado hombre de negocios, fumador de pipa, buen interlocutor, perseverante y dotado de mucho sentido común, además de ser fuerte jugador de golf, pese a sus 61 años.
Pero sus opiniones sobre política exterior son ambiguas. Sus declaraciones ante el comité de relaciones exteriores del Senado norteamericano, que aprobó su último nombramiento, favorecian una cíerta distensión con los soviéticos, al mismo tiempo que rechazaba un arreglo político de la guerra civil en El Salvador. Simultáneamente acogía un "arreglo" de la cuestión palestina si la OLP "abandonaba el terrórismo" y reconocia a Israel.

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