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| 8/27/1984 12:00:00 AM

FINAL DE UN MATRIMONIO POCO FELIZ

Los comunistas salen del gobierno pero Mitterrand, con Fabius, se da un baño de popularidad y modernismo

FINAL DE UN MATRIMONIO POCO FELIZ FINAL DE UN MATRIMONIO POCO FELIZ
En Francia, la política no respetó las vacaciones. Tres acontecimientos inauguraron en los últimos quince días una nueva fase del septenio mitterranista: el anuncio de un referendum constitucional, la formación de un nuevo gobierno y la retirada de los ministros del poder. Mitterrand sabía que tenía que cambiar al jefe de gobierno. Los sondeos indicaban que Pierre Mauroy ya no le servía de pararrayos y que, a pesar de su buena voluntad y de su lirismo, los franceses ya no se reconocían en su política. La derrota electoral sufrida por la izquierda francesa el 17 de junio y la manifestación masiva contra la ley Savary, ocho días más tarde, terminaron convenciendo al Presidente de esa situación.
El mandatario socialista deseaba, sin embargo, que antes de renunciar, Pierre Mauroy ventilara varios dossiers particularmente delicados como la ley sobre prensa, el proyecto Savary (ver SEMANA N° 113) y el presupuesto para 1985. Pero la segunda Asamblea Nacional, mayoritariamente de derecha, alteró los planes del Presidente. Los senadores bloquearon, en efecto, los proyectos de ley en curso y pidieron el 29 de junio por intermedio de su presidente, Alain Poher, un referendum sobre la enseñanza privada. Francia se encontró así frente a una parálisis institucional. Para obviarla, el jefe del ejecutivo anunció el 12 de julio en una alocución radio-televisada de seis minutos, su decisión de organizar un referéndum sobre las libertades públicas y de retirar el proyecto Savary.
La sorpresa fue total. Mitterrand daba razón a la oposición conservadora pero asumía el liderazgo de la lucha por las libertades al proponer, gracias a la modificación del artículo 11 de la Constitución, que los ciudadanos pueden recurrir al referéndum cada vez que sientan amenazadas sus libertades. Con ello, el Presidente francés ponía políticamente fin a la campaña de la derecha que venía presentando a la izquierda como un "peligro" para las libertades en Francia. La suspensión del proyecto Savary disminuyó, por otro lado, la tensión entre los partidarios de la enseñanza privada y el gobierno.
En su alocución, Mitterrand no anunció un referéndum sobre ese tema pero la ambiguedad de sus propósitos contribuyó a crear la confusión hasta tal punto que un diario favorable a la oposición, France-Soir, tituló el 13 de julio: Referendum sobre la escuela libre. La verdad es que la propuesta de Mitterrand puso a la oposición frente a un dilema delicado: ¿cómo rechazar ese proyecto que propone darle la palabra al pueblo y que el 80% de franceses acogieron con satisfacción? ¿Cómo apoyarlo sin reforzar con ello la legitimidad y la autoridad del sistema socialista?
Para consolidar esa ventaja táctica, Francois Mitterrand decidió precipitar los cambios que deben caracterizar esta nueva etapa de su gobierno. Encargó el 17 de julio, tras la renuncia de Pierre Mauroy, formar otro gobierno al ex ministro de Industria Laurent Fabius, tal designación no fue fortuita. Frente a la opinión pública, el nuevo primer ministro simboliza la juventud (tiene apenas 38 años), la competencia, la moderación y el modernismo. Parte de la derecha ha reconocido que esta nueva imagen del poder socialista vuelve arcaicos algunos de sus análisis y podría crearle serios problemas de cara a las elecciones legislativas de 1986.
Para el Partido Comunista Francés (PCF) y su sindicato aliado, la Confederación General del Trabajo (CGT), Fabius es un tradicional adversario de las tesis comunistas y su nombramiento es sinónimo de reestructuraciones industriales generadoras de desempleo y tecnocracia socialdemócrata. ¿Nombrándolo como primer ministro, Mitterrand empujó al PCF a dejar el gobierno? Como quiera que sea, el partido de Georges Marchais anunció el 19 de julio por intermedio de su portavoz Pierre Juquin, su decisión de no participar en el gobierno de Laurent Fabius. Leyendo una declaración oficial, Juquin dijo que los comunistas no obtuvieron la definición clara de una política nueva y los medios para corregir "todo lo que no funcione y se agrava: el desempleo que aumenta, el poder adquisitivo que disminuye, la economía que se deteriora". Sin embargo, el PCF se considera dentro de la mayoría presidencial y afirma que estar por fuera del gobierno es, en este momento, "la mejor manera de pesar eficazmente en el curso de los acontecimientos".
En realidad, los comunistas ha decidido pasar progresivamente a la oposición. Esto les permitirá mostrar la "traición" de los socialistas a los compromisos suscritos en junio de 1981 y recuperar --al menos eso espera la dirección del PCF-- el electorado de izquierda, decepcionado por la gestión socialista. Para Georges Marchais, la salida de los ministros comunistas del gobierno constituye indudablemente un triunfo. El secretario general del PCF ha puesto por ahora fin al debate que se desarrollaba en el seno de su partido sobre las verdaderas causas de su crisis profunda o sobre la línea política arcaica que él encarna. Marchais dejó así sin piso a los "renovadores" entre los cuales se encuentran tres de los cuatro exministros (Charles Fiterman Anicet Le Pors y Marcel Rigout) y Pierre Juquin, quienes, cada uno por su lado, han reclamado la definición de otro programa, una mayor independencia del bloque soviético, una "revolución cultural" dentro del partido y la supresión del centralismo democrático.
¿Este triunfo de los partidarios de la ortodoxia comunista se traducirá en el campo social por un incremento de conflictos laborales? Esta es "la gran incógnita", comentan los principales observadores mientras la prensa afirma que los lIderes del sindicato CGT --que también hacen parte de la dirección comunista-- se opusieron a la participación de ministros comunistas. Se ignora, de la misma manera, que hará el gobierno para hacer adoptar sus principales proyectos por las dos asambleas. En efecto, olvidando que los diputados fueron elegidos por cinco años, la derecha reclama disolver la Asamblea Nacional y utilizar el Senado para bloquear las reformas, inclusive el referendum propuesto por los socialistas.
En definitiva, Mitterrand y su gobierno disponen de veinte meses --hasta las elecciones legislativas de 1986-- para inventar una estrategia que remplase la Unión de la Izquierda y mostrar de una vez por todas qué es el mitterranismo.--
José Hernández, corresponsal de SEMANA en París

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