BOLIVIA

La ‘falla’ de Cochabamba

Los disturbios en la tercera ciudad boliviana evidenciaron, una vez más, las profundas divisiones entre los seguidores del presidente Evo Morales y sus opositores.

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19 de enero de 2007, 7:00 p. m.
Los partidarios del presidente Evo Morales ocuparon la plaza de Cochabamba para pedir la renuncia del prefecto del departamento, Manfred Reyes Villa.
Los partidarios del presidente Evo Morales ocuparon la plaza de Cochabamba para pedir la renuncia del prefecto del departamento, Manfred Reyes Villa.

Entre aeropuertos y ceremonias de posesión presidencial, el mandatario de Bolivia, Evo Morales, manejó a distancia la delicada crisis que ha vivido su país durante las primeras semanas de 2007. El epicentro del conflicto en esta ocasión fue la ciudad de Cochabamba, que se convirtió en el lugar más apropiado para comprender la polarización y la complejidad de los problemas que enfrenta el mandatario que se propuso “refundar” su país. Al cierre de esta edición, los líderes de administración paralela de Cochabamba habían decidido replegarse después del rechazo del gobierno central a su levantamiento. Tiburcio Herrada, un ex miembro del Ejército Guerrillero Tupaj Katari, se había autoproclamado “prefecto (gobernador) popular”, apoyado por un grupo radical. Esto, después de que la ciudad había quedado paralizada y bloqueada, en medio de violentos disturbios, por los miles de manifestantes que exigían la renuncia del prefecto constitucional, Manfred Reyes Villa. En su mayoría se trataba de cocaleros y campesinos seguidores del Movimiento al Socialismo (MAS), el partido en el gobierno.

El conflicto es mucho más profundo que una simple discordia política y partidista. La realidad actual boliviana da cuenta de una sociedad polarizada entre el poder político y el económico que, frente al radical cambio que representó el ascenso de Morales, debe asimilar la impaciencia de aquellos que, marginados del poder por siglos, aspiran a mejores oportunidades. Y entre el empuje de unos y la resistencia de otros, el discurso oficial tiende a deformarse en las calles y termina confundiéndose con espinosos asuntos de odios de clase y resentimientos étnicos.

Existe la concepción de que hay dos naciones bolivianas. Una andina, de mayorías indígenas, retrasada y pobre. Otra de los valles cálidos de oriente, mestiza y emprendedora. Se trata de una visión que desconoce que en cada región hay conflictos más concretos. Lo cierto es que hay un debate cada vez más acalorado que pone en primer plano el tema del centralismo excesivo de La Paz. En discordia, los departamentos de la llamada ‘Media Luna’, representada por Santa Cruz, Tarija, Beni y Pando, que reclaman reformas que les otorguen mayores poderes autónomos, ante el agobiante y excesivo centralismo paceño que dicen soportar.

Bolivia está dividida en nueve departamentos. Solo en tres el prefecto hace parte del partido de gobierno y respalda al presidente Morales. En los seis restantes, las prefecturas fueron obtenidas por candidatos de la oposición. Una enmarañada disputa entre el poder nacional y el poder local.

La salida democrática a este asunto fue el referendo de julio de 2006 en el que el “No” a las autonomías triunfó, pero confirmó con sus resultados regionales la mencionada división. El “Sí” se impuso en los departamentos de la ‘Media Luna’ de oriente, anunciando también estos resultados el lugar por donde se podría abrir esa primera grieta: Cochabamba, donde un prefecto opositor, Reyes, vio cómo triunfaba el “No”.

A comienzos de año, Reyes cometió la osadía de manifestar su intención de convocar nuevamente a un referendo por las autonomías, pero al parecer sin calcular la reacción que iba a desatar. Mientras una muy bien organizada protesta ponía en jaque a la ciudad, manifestantes opuestos a esta agresiva congregación la enfrentaron, motivando los primeros enfrentamientos violentos con machetes, armas de fuego y puñetazos, que dejaron dos muertos y más de 200 heridos. Reyes tuvo que salir apurado a refugiarse en Santa Cruz y optó por declarar que desistía del proyecto de repetir un referendo autonómico, al tiempo que se negaba a dejar el cargo y denunciaba airadamente la complicidad del gobierno nacional en las protestas.

El manejo de la crisis por parte del gobierno consistió en emitir comunicados en los que se hacía un llamado a respetar la institucionalidad. A esta protesta se le estaba sumando un movimiento similar en El Alto, ciudad vecina de La Paz, y se corría el riesgo de desencadenar una situación inmanejable. Morales, representado en estos días de periplo latinoamericano por su vicepresidente, Álvaro García Linera, continuó insistiendo en la importancia del respaldo a la Constitución y declaró además que sólo reconocería un mandato elegido en las urnas. Estos comunicados oficiales invitan a los manifestantes a realizar sus reclamos dentro de conductos de legalidad. Sin embargo, la oposición denuncia un doble discurso, pues se trata, argumentan, de sindicatos y organizaciones sociales que tradicionalmente han sido apoyados y controlados por miembros del MAS.

Como última salida a la crisis, Morales propuso un referendo revocatorio para todos los funcionarios elegidos por voto popular, incluido él. Una medida de choque ante el caos y la anarquía, pues en Cochabamba se estaba hablando de gobierno paralelo. La medida le daría la oportunidad de deshacerse de los incómodos prefectos opositores. Pero implicaba grandes riesgos, y durante la semana Evo se retiró de la zona de peligro al manifestar que aquellos que habían obtenido más de la mitad de los votos (el fue elegido con el 54 por ciento) no debían ser incluidos.

La llegada de Evo al poder encarna, en el país más pobre de Suramérica, la esperanza de la comunidad indígena, que representa a más del 60 por ciento de la población. Sin embargo, el remedio podría ser tan nocivo como la enfermedad, y la legítima búsqueda de justicia social y racial, en un contexto de venganza histórica, es difícil de manejar. “El discurso elevadamente etnicista y racial ha generado odios que no van a cicatrizar en muchos años. El gobierno ha desatado unos demonios que pueden ser muy peligrosos hacia adelante si no se conserva mesura, defensa de institucionalidad, y discursos menos confrontacionales”, dijo a SEMANA Carlos Toranzo, investigador del Centro Latinoamericano de Estudios Sociales.

El Presidente era esperado con expectativa, pues además de la necesidad de un pronunciamiento claro con respecto al clima de incertidumbre que se vive en Cochabamba, se espera un balance de sus gestiones en el plano internacional. Pero en especial, en medio de la Asamblea que deberá redactar una nueva Constitución para mediados de año, genera expectativa saber si Evo regresa con intenciones de bajar el tono para conciliar. O si, por el contrario, pretende aprovechar la coyuntura para apretar el acelerador y jugársela por la búsqueda de nuevas herramientas que lo fortalezcan y lo pongan a tono con la omnipotencia institucional de su homólogo venezolano, Hugo Chávez Frías, al que, muchos apuntan, le sigue los pasos.