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| 2/28/1983 12:00:00 AM

NADIE QUIERE RETIRARSE

¿Fracasó Philip Habib ante las conversaciones?

NADIE QUIERE RETIRARSE NADIE QUIERE RETIRARSE
El enviado especial del presidente Reagan, Philip Habib, dejó Jerusalén el 24 de enero y Menahem Begin no irá a Washington como había sido previsto a mediados del mes de febrero.
Estos dos hechos ilustran la tensión que se observa entre los dos países como consecuencia, aseguran los norteamericanos, de la intransigencia israelí durante las negociaciones con Líbano. Inauguradas el 28 de diciembre, en Khalde, al sur de Beirut, las conversaciones israelo-libanesas se habían iniciado efectivamente el 17 de enero tras seis encuentros para concertar el orden del día.
El acuerdo concluído en Kyryal Shmoneh era en realidad un compromiso logrado por Philip Habib, tres días después de su llegada en torno a los siguientes puntos:
-Fin del estado de guerra. La formulación conviene a Tel Aviv. Las autoridades israelíes consideran que el fin de las hostilidades entre los dos países debe dar lugar a la firma de un tratado de paz. Líbano piensa que la situación actual debe ser solucionada en base al armisticio firmado en 1940.
-Seguridad. Israel aspira a ser asociado al control directo de una franja de, por lo menos, cuarenta kilómetros al sur de Líbano. El gobierno israelí exigirá además la presencia de tres bases militares de radiocontrol, en Sidón, Nabathieh y el monte Bakur, controladas por personal israelí, inclusive después de su retirada, rechazando así la propuesta de Habib de que tales estaciones sean controladas por efectivos norteamericanos o por la fuerza multinacional que opera en el Líbano.
Sin negociar tampoco este punto, la situación se volvió más difícil cuando se filtró el rumor, en la prensa libanesa, de que si el Líbano cedía a las pretensiones israelíes, también Siria pretendería instalar una estación de control en el Líbano, en los montes del Sannin.
-Relaciones mutuas. Israel hubiera preferido el término "normalización", que implicaría un acuerdo que incluya la apertura de las fronteras, la renuncia a toda propaganda hostil y el intercambio de representaciones diplomáticas.
Beirut no hace el mismo análisis. Firmar dicho acuerdo en ese momento podría significar reavivar la guerra civil -más de la mitad de la población es musulmana- y aislar el país pues los régimenes árabes, inclusive moderados, no aceptarían que Líbano -después de Egipto- establezca relaciones con Israel sin contrapartida de su parte.
-Retirada de las fuerzas extranjeras. Este capítulo es esencial para Líbano como lo recordaba el presidente Gemayel al declarar: "Las negociaciones no persiguen otro objetivo que consolidar la soberanía del Líbano sobre la totalidad de su territorio".
Este punto pone de manifiesto, por otro lado, la relación que existe actualmente entre la solución del problema libanés y la situación general en Medio Oriente.
Menahem Begin y Ariel Sharon denuncian por su parte esa relación. Sus "opiniones discordantes" con Philip Habib habrían nacido, precisamente, de las sospechas de que el enviado especial norteamericano,quería integrar las negociaciones israelolibanesas dentro del plan Reagan para el Medio Oriente que Israel ha rechazado.
Poniendo en entredicho la mediación política y militar de los Estados Unidos, las autoridades de Tel Aviv han querido evitar las presiones suplementarias de Washington en una coyuntura particularmente difícil.
Si las conclusiones de la comisión investigadora sobre la matanza de Sabra y Shatila no parecen inquietar a los dirigentes israelíes, estos no pueden ignorar la evolución de la opinión de su país sobre su política en Líbano. Según un sondeo reciente, 53% de israelíes desean que el ejército del general Sharon abandone ese país, mientras que sólo 35% de los entrevistados, contra el 66% de julio pasado, se declaran dispuestos a apoyar la política del gobierno en Líbano.
El congreso israeli, por su lado, reunido en diciembre pasado en Jerusalén, manifestó su oposición al proyecto gubernamental de crear nuevas colonias -35 según el periódico "Haaretz"- en los territorios ocupados. Una posición similar fue asumida por el Movimiento por la Paz en una manifestación de unas tres mil personas, el 15 de enero, dos días después de que el ministro de Turismo, Abraham Sharir, suscitara una nueva polémica sobre la política del gobierno Begin al declarar, en París que la OLP había propuesto a Israel, dos meses antes de la invasión, un acuerdo de no agresión.
El gobierno parece confrontado, asimismo, a la necesidad de explicar por qué, a pesar de haber sido expulsados del sur del Líbano y de Beirut, los palestinos continúan sus actividades militares, incluso en Israel, como lo prueba el atentado perpetrado, el 8 de enero en Tel Aviv, contra los pasajeros de un bus.
La actitud de las autoridades israelíes, frente al representante de Reagan, traduciría, pues, además de una buena dosis de nerviosismo, la necesidad de frenar las exigencias norteamericanas que seguramente aumentarán como consecuencia de la ofensiva diplomática que preparan los países árabes.
Estos buscan que Washington concrete rápidamente sus propuestas ahora que, tanto Moscú como Europa, han examinado el plan Reagan y las decisiones de la conferencia cumbre de Fez. La prisa es comprensible. Los países árabes saben que dentro de pocos meses el problema del Medio Oriente será secundario para los Estados Unidos que deberá afrontar la discusión este-oeste, sobre los euromisiles, debate en el que Israel podría utilizar el hecho de ser el mejor aliado norteamericano en la región para forzar a la administración Reagan a moderar sus exigencias.
Los responsables árabes moderados cuentan, de la misma manera, con una actitud constructiva por parte de Washington con el fin de mantener iniciativas, como la de Fez, hacer presión sobre los países intransigentes (Libia-Siria) y favorecer la evolución que Yasser Arafat parece haber emprendido en los últimos dos meses.
Arafat no ha renunciado a la lucha armada. Más aún, el líder palestino declaró, el 1o . de enero, que los responsables de la OLP someterían el próximo 14 de febrero en Argel al Consejo Nacional Palestino una estrategia para "reorganizar la lucha armada" en los "territorios ocupados".
Pero, al mismo tiempo, Arafat ha multiplicado los gestos políticos en dirección de Washington, el Cairo y la opinión pública de Israel. Así, después de condenar el 26 de noviembre en Damasco el plan del presidente Reagan, el dirigente árabe señaló, el 11 de enero, en Jordania, antes de su viaje a Moscú, que "encontraba elementos positivos en las propuestas norteamericanas".
Arafat, sorprendió de nuevo a la opinión, al expresar su deseo de que el presidente Mubarak no le pidiera "reconocer unilateralmente a Israel así como la OLP no le pide renunciar a los acuerdos de Camp David", condenados, como se sabe, por la central palestina. Por otro lado, Arafat, se comprometió, primero en el Cairo y luego en Túnez, a retirar las tropas palestinas del norte del Líbano si las autoridades libanesas se lo solicitan, anulando así el "pretexto" de Israel para retardar la evacuación de sus tropas .
El dirigente palestino recibió, además, el 21 de enero en Túnez, a tres personalidades sionistas, favorables al reconocimiento de la OLP, y expresó su deseo de ser entrevistado por la televisión israelí; decisiones que fueron inmediatamente condenadas por Siria y una parte de las organizaciones de la OLP.
Los pasos dados por Yasser Arafat no parecen ajenos a las propuestas que habrían sido formuladas por Washington a Hussein de Jordania, durante su visita a la cabeza de la delegación de los países árabes reunidos en Fez.
Por su parte, los Estados Unidos estarían estudiando la creación de una entidad palestina con bandera, pasaporte, autonomía económica y administrativa pero sin ejército propio y sin representante en el seno de las Naciones Unidas. Washington además de condenar la política de colonización de Israel, sería favorable a reducir el período de cinco años, fijados por los acuerdos de Camp David, que debía preceder al estatuto definitivo de los territorios ocupados.
El gobierno de Ronald Reagan reconocería igualmente el derecho árabe sobre esos territorios, así como sobre una parte de Jerusalén, que debería mantener su unidad.
Los Estados Unidos habrían hecho también un gesto de dirección de la OLP al aceptar que en la delegación árabe que viajará a Washington este mes, figuren personalidades no afiliadas a la OLP pero designadas por la organización de Yasser Arafat.
El problema de Oriente Medio, que incide directamente en la solución del conflicto israelo-libanés, parece depender así, por un lado, de la aprobación de las tesis de Yasser Arafat, por parte del "parlamento" palestino, el 14 de febrero, y de la capacidad de Ronald Reagan de convencer a los líderes israelíes de aceptar la dinámica de acercamiento entre el estado hebreo y el mundo árabe. Pero este último punto para ser el más incierto.

EDICIÓN 1879

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