Estados unidos

Peor imposible

El mundo recibió con estupor la derrota del partido de gobierno en las elecciones gringas de mitaca. Las preguntas que se abren no tienen respuesta.

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10 de noviembre de 2006 a las 7:00 p. m.
George W. Bush aceptó con semblante adusto la derrota de su partido.  Su actitud  humilde y pragmática sorprendió
George W. Bush aceptó con semblante adusto la derrota de su partido. Su actitud humilde y pragmática sorprendió

Sucedió lo que se esperaba.

En los últimos días de la campaña por las elecciones congresionales de mitaca en Estados Unidos, el pánico se iba apoderando de los representantes y los senadores republicanos que luchaban por su reelección. Pero ni siquiera la sentencia a muerte de Saddam Hussein, cuya oportunidad fue calificada de sospechosa, (ver artículo en la página 108), logró cambiar la tendencia hacia su derrota. El electorado norteamericano habló, y lo hizo en forma contundente para castigar a la presidencia de George W. Bush y a sus copartidarios en el Congreso.

Y el resultado fue más allá de las expectativas. Los demócratas tenían que ganar 15 escaños en la Cámara de Representantes, y se hicieron con al menos 29. Y el Senado, que se consideraba un bastión menos vulnerable para el partido de gobierno, cayó por la mínima diferencia el miércoles luego de que fueron confirmados los resultados en el estado de Virginia. Como si fuera poco, los demócratas ganaron las gobernaciones de Ohio, Nueva York y Massachussets, que habían perdido hace más de 10 años, y completaron un total de 28 entre los 50 estados. Los republicanos conservaron algunas gobernaciones, como la de Arnold Schwarzenegger en California y la de Florida, ganada por Charlie Crist, pero sólo después de que sus campañas pusieron distancia con Bush.

Y es que el Presidente llegó al martes electoral con la peor aprobación popular desde Harry Truman en 1946. Su aceptación había venido bajando consistentemente desde el desastre del huracán Katrina, que mostró a un Presidente indeciso y hasta indiferente ante el drama que envolvió a los ciudadanos de Nueva Orleans. Y siguió descendiendo a medida que crecía la certeza entre los norteamericanos de que su gobierno les había mentido cuando justificó invadir a Irak con el argumento de sus inexistentes armas de destrucción masiva. Sobre todo mientras avanzaban los meses y la situación de las tropas en Irak se complicaba cada vez más. Los 2.842 ataúdes que ya han llegado desde Bagdad hasta el cierre de esta edición (y los más de 100 en el mes de octubre) comenzaron a pesar demasiado. Lejos de lo que esperaban Bush y sus asesores neoconservadores, Irak cada vez se aleja más de convertirse en el faro de la democracia en el Oriente Medio y se acerca a la anarquía total y a la guerra civil abierta entre los chiítas y los sunitas. Un promedio de 100 atentados mensuales no dejaba espacio de maniobra para un Presidente que sólo atinaba a afirmar que "venceremos", mientras mostraba con claridad que no tenía la menor idea de cómo lograrlo.

Una encuesta a boca de urna realizada por un consorcio de medios de comunicación mostró una voluntad popular sin mayores matices: 56 por ciento de los votantes manifestaron que lo hacían para presionar el retiro al menos parcial de las tropas norteamericanas destacadas en el país de Hussein. Y mientras del total, 59 por ciento expresaron insatisfacción por el desempeño de Bush, 36 por ciento dijeron haber votado contra el Presidente, frente al 22 por ciento que dijo lo contrario.

La corrupción del partido republicano también formó parte de las causas de la debacle electoral, al punto de que es fácil afirmar que entre los congresistas pesaron más los errores del partido de gobierno que los aciertos de sus contendores. A punta de escándalos el panorama se fue oscureciendo para un partido que llegó a la mayoría en ambas cámaras en 1994 con la bandera, precisamente, de luchar contra los corruptos. Ese movimiento, que se llamó la 'Revolución republicana', marcó la pauta de la política norteamericana en forma casi omnímoda y amargó los últimos años de la presidencia de Bill Clinton, hasta el punto de que estuvo cerca de destituirlo, con la bandera de la moral, por su affaire con la practicante Monica Lewinski.

Las encuestas mostraron que 41 por ciento de los sufragantes consideraron ese aspecto "extremadamente importante" al momento de decidir su voto. Los escándalos de los congresistas del partido del elefante mostraron el partido de la moral y la defensa de la familia implicado en asuntos poco presentables. No solamente sacaron anticipadamente de su curul a algunos, como Tom DeLay, uno de los mayores animadores del impeachment de Clinton, implicado en la financiación ilegal de campañas. También produjeron un efecto acumulativo como cuando se reveló el caso de Jack Abramoff, un lobista republicano que traspasó con creces los límites del cabildeo legal y de paso se llevó al congresista Bob Ney, quien será reemplazado por un demócrata, Zack Space. Y son más. John Sweeney perdió su curul en Nueva York pocos días después de que aparecieron informaciones según las cuales maltrataba a su esposa. Don Sherwood perdió a pesar de que se disculpó por sus relaciones extramatrimoniales con una mujer mucho más joven. Y Mark Foley, de Florida, renunció en septiembre luego de que se reveló que era un pedófilo que enviaba mensajes electrónicos inapropiados a los pajes del Congreso.

La hegemonía republicana permitió a Bush mantener políticas ultraconservadoras como negarse a suscribir el tratado de Tokio sobre el calentamiento global, prohibir la experimentación con células madre, desestimular el aborto terapéutico, aceptar una peligrosa cultura de las armas en poder de los ciudadanos, promover la pena de muerte a niveles sólo conocidos en las peores tiranías, desconocer conquistas históricas tan importantes como el habeas corpus, la mayor garantía personal contra los abusos del poder; crear prisiones medievales, como Guantánamo. Y, de paso, promover en el sistema educativo ideas tan retardatarias como la del creacionismo, que pone en tela de juicio la evolución de las especies. Todo ello, aunado a su olímpico desprecio por instancias internacionales tan importantes como la ONU y la Corte Penal Internacional, hizo crecer a niveles desconocidos el rechazo internacional hacia Estados Unidos.

De hecho, no fueron pocos los personajes internacionales que expresaron su regocijo por la derrota del partido republicano.

Pero sobre el terreno, los demócratas han resultado demasiado condescendientes en la victoria y receptivos ante los mensajes del Presidente. Desde el día siguiente a la debacle, Bush mostró una disposición al pragmatismo que no se le había visto. Inmediatamente destituyó a su desastroso secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, y se reunió para almorzar con Nancy Pelosi, quien será la nueva líder de la mayoría en la Cámara y, de hecho, la mujer más poderosa de la historia de Estados Unidos. Bush desplegó una humildad desconocida ante la derrota, y se declaró abierto a todas las sugerencias en el tema de Irak. Pero las expectativas en ese tema están, más que en las propuestas de los demócratas, que no las han hecho, en las conclusiones de una comisión presidida por James Baker, que se conocerán a comienzos de diciembre.

Ese informe podría traer sorpresas, como lo ha sugerido el propio Baker, quien fue secretario de Estado de George Bush padre. Una de ellas, que Washington podría cambiar su meta de democracia en Irak por estabilidad, incluso con la cooperación de países tan poco probables como Siria e Irán. Otros hablan de la partición de Irak en al menos tres sectores, pero con el riesgo de que crezca el genocidio de las minorías. Y todas las hipótesis pasan por exigir a la dirigencia iraquí mayor responsabilidad.

Las elecciones gringas marcaron un duro veredicto de las urnas, y el cambio se sentirá en muchos aspectos, sobre todo en la política interna y en los asuntos de libre comercio, entre ellos el TLC con Colombia (ver siguiente artículo). Pero en el tema exterior, y en particular en Irak, pocos esperan que haya un viraje muy pronunciado. Los demócratas ya mostraron en sus primeros contactos con Bush una disposición a manejar el tema sobre una base bipartidista. Al fin y al cabo, fueron pocos los que mostraron su abierta oposición a las decisiones de Bush, y en particular sobre el tema de Irak. Por eso pocos esperan que los demócratas se lancen a buscar la destitución de Bush, pues muchos tendrían rabo de paja.

En condiciones normales, los últimos dos años del segundo período de los presidentes de Estados Unidos, cuando ya no pueden ser reelegidos, suelen ser los más opacos. Es cuando se dice que se convierten en lame ducks, que es la expresión que se usa allá para describir a los gobernantes irrelevantes. En el caso de George W. Bush, con el Congreso en su contra y sus mayores adversarios, como Hillary Clinton, al borde de conseguir la Presidencia, esa expresión podría quedarse corta.