Este es un fragmento del libro "Mi vida en lápiz", públicado por Editorial Planeta.
EL PRIMER DÍA DEL ÚLTIMO CONGRESO
Mi plan de llegar temprano falló. Las llamadas de felicitación de allegados, los sa- ludos de cortesía de los nuevos congresistas y las consultas con bancadas sobre los últimos detalles de las planchas para distribuir las plazas en las comisiones constitu- cionales del Senado me impidieron ingresar con antelación a la ceremonia.
El 20 de julio de 2002 entré con una reanimada confianza al Salón Elíptico del Capitolio para la instalación del Congreso. Un momento especial para el país por el cambio de Gobierno que se aproximaba, y para mi vida, porque era el cuarto man- dato que los electores me habían entregado de manera consecutiva. Mi propósito era capturar el tiempo, hacer más lento su transcurrir y disfrutar a plenitud cada instante. Grabar en mi memoria cada paso por el camino de acceso de la fachada posterior del edificio republicano que, elevado en comparación con la calle, permite ver el inicio de la carrera séptima y las montañas de la Cordillera Oriental de los Andes que abrazan a Bogotá por el oriente y hacia el sur. El Capitolio está construido con la misma piedra de cantera bogotana que tiñe de amarillo pálido otras de las edificaciones del centro histórico que rodean la Plaza de Bolívar, como la Catedral Primada, el Colegio San Bartolomé y el Palacio de Justicia. Después de unos cincuenta metros la fachada da un giro a la derecha y aparecen dos hileras de seis columnas jónicas cada una, que enfrentadas cercan la depresión central del Patio de Rafael Núñez. La estatua del prócer, ubicada a medio trecho de una escalinata amplia, mira de frente a través de las rejas que separan esa parte trasera del Capitolio, del Patio de Armas de la Casa de Nariño6 donde la guardia presidencial hace calle de honor al primer mandatario y a la delegación del Senado y de la Cámara de Representantes que lo escoltan en su camino a la instalación de la sesión.
El patio interior, que lleva el nombre de Jorge Eliécer Gaitán en honor a su memoria, era un torbellino de periodistas, familiares de legisladores y otros invi- tados de los distintos poderes públicos. Entre el tumulto, las entrevistas al paso y el estrecho camino acordonado por los agentes de seguridad llegué hasta las puertas del Salón Elíptico. Los brochazos gigantes del mural del maestro Alejandro Obregón, Victoria de tres cordilleras y dos océanos, rigen el recinto a espaldas de la mesa directiva y transmiten la fuerza de una bandada de cóndores superpuestos, empujando el aire hacia un sol inexistente, y un banco de barracudas atravesando el agua en la dirección opuesta, hacia las profundidades del mar.
A la izquierda de mi caminata, mientras avanzaba sobre el tapete vinotinto del pasillo central, vi a la izquierda a Bolívar presidente y a Santander vicepresidente bajando por las gradas del Templo Histórico de Cúcuta, en La apoteosis del Libertador, ese otro mural enorme que representa la instalación del Congreso de 1821 y la fundación de la Gran Colombia. «Yo soy hijo de la guerra», dijo en su discurso Bolívar ese día, «... Cambiadme, Señor, todos mis dictados por el del buen ciudadano». Mientras notaba cómo el mural es en realidad un tríptico en el que las secciones de los extremos están separadas por dos columnas de la misma piedra amarilla bogotana, que el pintor Santiago Martínez integró en su composición como marco del camino glorioso del Libertador, los senadores y representantes a la Cámara seguían congra- tulándose por sus recientes elecciones y especulaban sobre el contenido del último mensaje que el presidente Pastrana daría al cierre de su difícil gobierno.
Cada inicio del cuatrienio de actividades legislativas conlleva una situación particular. Por el calendario que establece la Constitución, el Legislativo se posesiona el 20 de julio en medio de la celebración nacional de la Declaración de Independencia, pero el presidente electo debe esperar dieciocho días más para hacer lo mismo el 7 de agosto siguiente, cuando se conmemora la Batalla de Boyacá. El mandatario saliente se dirige a la Nación y al Congreso con un discurso que, por tradición, es una especie de defensa del legado de Gobierno, saldo de cuentas pendientes y mirada al futuro.
Sentada en una de las filas de adelante, en ese momento iban y venían por mi memoria los instantes de mi campaña al Congreso, que había adelantado entre enero y marzo en medio de un país agitado por la incertidumbre de anhelos de paz que se veían cada vez más lejanos y amenazas terroristas que se extendían por todo el territorio.
En la lista al Senado me acompañó Carlos Arturo Ángel, dirigente gremial de Pereira reconocido como líder de opinión cuando presidió la Asociación Nacional de Industriales (ANDI). Antonio Álvarez Lleras, cofundador de nuestro movimiento político, era el tercer renglón. «Mirémonos a los ojos» fue el eslogan que definimos para las piezas publicitarias en las que la única imagen era una fotografía rectangular de mis ojos, mirando de frente. Mensaje que buscaba reafirmar la transparencia en el servicio público y priorizar la verdad como valor.
Hasta cierto punto, fue una empresa limitada por la imposibilidad de visitar poblados y caseríos apartados por razones de seguridad, lo que me llevó a que buena parte de los actos públicos los organizara en Cali, Bogotá y Medellín, y enfatizara mis pronunciamientos en medios de comunicación. Adriana Herrera, cercana a mi familia, y con experiencia administrativa en la empresa privada, fue la jefa de debate y del comité de financiación. De hecho, Adriana había participado ya en algunos comités en la elección de 1994.
Enmarqué la campaña en las convicciones que asumí desde el primer año como senadora. En el cuatrienio inicial, estrenando Constitución, di la pelea por el rescate de la ética en el Congreso y participé en la creación del Ministerio de Ambiente. De 1994 a 1998, en mi segundo período, hice parte de la oposición al gobierno de Ernesto Samper y colideré tareas para combatir la delincuencia y el narcotráfico. En la siguiente fase, 1998 a 2002, acompañé al gobierno de Pastrana en dos de sus banderas: la búsqueda de la paz y un intento fallido de aprobar una reforma política estructural por un Estado más transparente.
El empeño de esta nueva etapa era trabajar por la protección de la población civil y la recuperación de la seguridad como valor de la democracia, y simultánea- mente continuar la guerra a la corrupción y a la politiquería, asuntos cercanos a mi corazón y a mis valores.
La elección fue el domingo 10 de marzo. Para mí, cada cuatro años la jornada de votación era un día de expectativa y riesgo. Nunca sabía a ciencia cierta si todo el trabajo previo en el Congreso sería reconocido.
El resultado fue significativo. En mi cuarta elección obtuve 67.782 votos, cifra considerable para una candidatura de opinión. Después de una década de vigencia de la nueva Constitución, las maquinarias habían hecho tránsito a herederos afines con votos impuestos por las mayorías. El trasteo de electores entre poblaciones por parte de los grupos políticos, la compra desvergonzada de votos con dinero en efectivo y las amenazas a los votantes que denunciaban irregularidades advertían que la política electoral estaba a años luz de superar sus lastres. Y para colmo de males, una nefasta forma de corrupción aparecía en el sombrío panorama: congresistas que, sigilosamente en 2002 y de manera evidente años después, construían fortines elec- torales soportados por grupos armados ilegales.
Como representante de un electorado que me había dado sus votos de confianza por cuarta vez sobre la base de una actuación pública que buscaba resultados y movía opinión, al iniciar la etapa de 2002 a 2006 tenía la convicción de que era ne- cesario perseverar en las batallas que había librado a lo largo de mi carrera legislativa.
Esa tarde del 20 de julio, en la instalación de las sesiones, no se me pasó por la mente que estaba empezando el camino hacia mi último período como senadora. En mi interior solo tenía espacio para renovar la esperanza sobre los aires de cambio en un país que, cansado del acoso del terrorismo, se había volcado en la urnas a elegir un programa de gobierno inédito que prometía restablecer la seguridad y la protec- ción para los ciudadanos, la confianza en el futuro, y la viabilidad de la democracia.
(...) al doctor Álvaro Uribe Vélez, le manifesto mis votos y mejores deseos por su éxito al frente de nuestra Nación. Sus triunfos y aciertos, así como sus fracasos y derrotas, nos pertenecen a todos, no lo dejemos solo. (...)
Con esas palabras —sumadas a la presentación de unas Fuerzas Armadas fortalecidas y un Estado con legitimidad interna e internacional— Andrés Pastrana inauguraba una de las legislaturas más disputadas, apasionantes y ambiciosas de los últimos tiempos.
