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| 11/18/1985 12:00:00 AM

EL AMIGO FIEL

Mitterrand busca pantallazo internacional para aliviar sus serios problemas internos.

EL AMIGO FIEL EL AMIGO FIEL
¿A qué venía a Colombia Francois Mitterrand, presidente de Francia? Su anfitrión, Belisario Betancur, salió desde el primer día al paso de las críticas de "los escépticos de todos los tiempos", que miran estas ceremoniosas idas y venidas de los jefes de Estado "como anacrónica retórica sin sentido". Pero la verdad es que la visita no tenía demasiada sustancia.
En lo económico había dos temas de cierta importancia: el carbón -pues al parecer Francia va a comprar, pagándolo en divisas y no en bienes, el que produce el Cerrejón de la Guajira- y la industria automotriz: Mitterrand visitó largamente la planta ensambladora de Sofasa-Renault en Envigado, para cerciorarse de que al primer grupo industrial de Francia le va mejor aquí que en su casa matriz de Billancourt, donde actualmente afronta gravísimos problemas económicos y laborales. Pero no eran los económicos los temas principales de la agenda del Presidente francés, como sí lo eran en su escala previa de Brasil, a donde lo acompañó un nutrido séquito de colaboradores técnicos. A Bogotá, con la excepción de Jacques Attali, su consejero económico, sólo lo siguieron funcionarios culturales, encabezados por el ministro del ramo, Jack Lang, y un grupo de intelectuales y escritores de variado plumaje y sin responsabilidades precisas, desde el antiguo revolucionario Régis Debray, pasando por el antiguo escritor joven J.M.G. Le Clézio, hasta la antigua niña terrible Francoise Sagan, quien prácticamente pasó su visita hospitalizada debido a problemas respiratorios.
Se habló de temas culturales, pues, como el cine, la televisión y los intercambios artísticos: en abril del año que viene, por ejemplo, irá la Maison des Cultures du Monde, un grupo de "pleureuses noires" (literalmente, plañideras negras) con canciones de la Costa Pacífica. En lo que a la televisión respecta, el punto central de la agenda -según dijo en París el ministro Lang al corresponsal de SEMANA- era un proyecto de televisión educativa encomendado a la Thompson, al cual le falta aún el plan financiero, y el proyecto de coproducción franco-colombiano de "Las corralejas", dirigido por J.L. Cavalier. Y en cuanto al cine, la queja de los franceses es que la exportación de sus películas a Colombia ha descendido (sólo llegaron cuatro este año) a causa de la competencia norteamericana y de las "medidas proteccionistas adoptadas en 1983 por las autoridades colombianas". Por otra parte, el ministro Lang firmó en Cartagena un convenio de coproducción con Focine, tanto para hacer películas como para la cooperación tecnológica.
El resto de la visita del presidente Mitterrand estuvo consagrado a las actividades rutinarias de los jefes de Estado en gira protocolaria: corona de flores en la estatua de Bolívar, visita al Museo del Oro, inspección al Liceo Francés, rueda de prensa. Y discursos.
En el suyo del viernes, durante el banquete en honor del ilustre visitante en la Casa de Nariño, el presidente Betancur planteó vastas y nobles generalidades. Tras la obligada referencia al influjo que ha tenido en Colombia la cultura francesa -desde Mostequieu y Rousseau hasta Claude Simon, el todavía tibio Premio Nobel de Literatura de este año, de quien supimos que era amigo tanto de Mitterrand como de Betancur-, habló de la paz, y pidió "socios" para lograrla. Habló de Contadora, y agradeció a Francia su participación activa en ese proceso. Habló del terrorismo internacional. De la deuda y de los injustos términos del intercambio entre países ricos -como Francia- y países del Tercer Mundo como el nuestro, recordándole a Mitterrand pertinente (o impertinentemente) palabras suyas de hace dos años sobre "la responsabilidad de los ricos del Norte de buscar condiciones más propicias para los pobres del Sur", y quejándose de paso de la discriminatoria política agraria que practica la Comunidad Económica Europea, de la cual Francia es socio poderoso. Hizo alusión a la cooperación industrial, pero sin mencionar nada concreto. Habló de los pintores colombianos en París, de los ciclistas en las cuestas del Tour. Y terminó cuidándose mucho de repetir el lapsus de su predecesor Guillermo León Valencia ante el general de Gaulle en situación parecida (ver recuadro), exclamando con voz estentórea: "¡Brindemos por Francia!".
Si Belisario hizo gala de sus conocimientos sobre cultura francesa, Mitterrand no se quedó atrás en relación con la latinoamericana. Luego de las inevitables menciones de Colón, Bolívar y García Márquez, insistió en que ha llegado la hora de poner las cartas sobre la mesa y abrir la discusión para eliminar el proteccionismo. Como era previsible le dio un nuevo espaldarazo a Contadora y, de paso, respondió sutilmente a la critica que había hecho Betancur, elogiando a la Comunidad Económica Europea.
Detrás de los discursos, sin embargo, persiste el hecho inocultable de que en Francia no existe ningún interés particular por la remota Colombie. En estos mismos días, la prensa francesa habla de la visita del Presidente al Brasil, pero no menciona la de Colombia. Y si a los periodistas brasileños en París Mitterrand les concedió una rueda de prensa, no hizo lo mismo con los colombianos, limitándose a darle una entrevista exclusiva al funcionario diplomático Plinio Apuleyo Mendoza para El Tiempo.
Tal vez la indiferencia obedezca a que el interés de estos viajes por el mundo es mayor para el presidente Mitterrand que para Francia en general. Mitterrand atraviesa en estos tiempos, en efecto, el momento más bajo de su presidencia, y el de mayor desprestigio. El sucio asunto del hundimiento del barco ecológico del Greenpeace a manos de los servicios secretos franceses sigue salpicando a su gobierno, e inclusive a su propia persona. La popularidad del Partido Socialista que lo llevó triunfalmente al poder hace cuatro años ha descendido en picada -de lo cual los problemas de la Renault, ya mencionados, no son más que un síntoma-.
Después de haber fracasado en el intento de darle un vuelco socialista a la economía francesa con una ambiciosa política de nacionalizaciones, el gobierno de Mitterrand ha tenido que echar marcha atrás y aplicar esquemas de rigurosa ortodoxia capitalista. En la política exterior, que desde los tiempos del general de Gaulle constituye el coto privado de los presidentes de la Quinta República, tampoco ha cosechado Mitterrand muchos éxitos, y tampoco ahí ha aplicado una política muy socialista. Ha acrecentado el papel de Francia como vendedora de armamentos al Tercer Mundo, muy criticado por los socialistas cuandó eran las derechas las que gobernaban a Francia. Ha mantenido, como lo recordaba Betancur, los privilegios económicos de los países ricos frente a los pobres, también en contra de la retórica socialista. Y es precisamente por haber preservado la estrategia nuclear heredada del general de Gaulle -censurada por el propio Mitterrand en sus tiempos de la oposición- que ha tenido tropiezos con los ecologistas del Greenpeace y serios roces con los países ribereños del Pacífico, afectados por las explosiones atómicas francesas en la Polinesia (Betancur no mencionó ese tema en su discurso: pero es tal vez en son de protesta que van a cantar a París las "plañideras negras del Pacífico").
Nada de todo lo anterior, sin embargo, le ha servido al presidente Mitterrand para recuperar por la derecha el apoyo que ha venido perdiendo por la izquierda. Se ha ido quedando solo. Hasta el punto de que los analistas políticos pronostican que en las elecciones parlamentarias que se avecinan en Francia los socialistas de Mitterrand saldrán derrotados, y se presentará entonces el caso insólito de que el Presidente -a quien le faltan cerca de tres años para terminar su mandato- se encontrará con un Parlamento enemigo; y en consecuencia, dadas las particularidades de la Constitución de la V República (una Constitución anfibia, mitad presidencial, mitad parlamentaria), con un gobierno y un Primer Ministro de derechas: Raymond Barre o Jacques Chirac. Y tendrá que resignarse, o bien a cohabitar contra natura con sus adversarios, o bien a renunciar a su alto cargo y convocar a elecciones presidenciales anticipadas -que tampoco podria ganar-;
Tal vez en eso esté el secreto íntimo de este viaje a Colombia, que superficialmente mirado parece tan superfluo. Es que Mitterrand ha encontrado en Betancur un alma gemela. A pesar de sus origenes disimiles -Betancur repitió en el banquete su historia de que es hijo del subdesarrollo, mientras que Mitterrand es el vástago de la cultura más orgullosa y vanidosa de Europa, que es la francesa-, los dos personajes se parecen. El socialista a quien se acusa de ser de derechas, y el conservador a quien se acusa de ser de izquierdas, tienen mucho en común. Los une el interés por los temas de la cultura, la afición a escribir libros, la amistad de García Márquez (y, como sabemos ahora, también la de Claude Simon), el gusto por los aplausos internacionales, que les hace olvidar los sinsabores domésticos. Los une, sobre todo, su creciente soledad. No se sabe qué se dijeron los dos en sus entrevistas privadas, pero es posible imaginarlo. Se abrazaron conmovidos, exclamando al unísono: "¿Te acuerdas de cuando nuestros pueblos nos querían?".

EL GENERAL Y GUILLERMO LEON
Hace veintiún años, el 22 de septiembre de 1964, Colombia recibió la visita de un presidente de la Quinta República Francesa, como recibió la de Francois Mitterrand. Pero el huésped de entonces no era un Jefe de Estado a secas, sino además esa encarnación mitológica de Francia que se llamó el general Charles de Gaulle.
Ni él ni su anfitrión, que era el desmelenado y lírico presidente Guillermo León Valencia, se interesaban mucho por temas subalternos de cooperación técnica o intercambio comercial: asuntos de mera intendencia, como los llamaba el General. Todo se centró, pues, en la retórica.
La retórica gaullista tenía un tema obsesivo: "La grandeur de la France", de la cual no dejó de hablar el General ni siquiera en ocasión tan prosaica como una visita al SENA. Y en ese entonces la grandeza de Francia pasaba por el sistemático hostigamiento verbal de de Gaulle a la política norteamericana. El viaje a América Latina -como el presidente Mitterrand ahora, el general de Gaulle hizo escala en Colombia procedente del Brasil- tenía por principal objeto el de que el General posara el pie en el "patio de atrás" de los Estados Unidos, alborotándoles el coto vedado de su diplomacia. Pero la cuidadosamente montada operación de prestigio de Francia resultó deslucida por el resbalón retórico del presidente anfitrión: arrastrado por su entusiasmo Guillermo León Valencia cerró en Palacio un largo discurso sobre las glorias de Francia proponiendo un brindis solemne "por el futuro y la grandeza.... de España".
Fuera de los discursos, la visita de de Gaulle estuvo dominada por el tema de la seguridad. El ilustre visitante era entonces constantemente amenazado por los comandos de la antigua OAS el movimiento contra la recién obtenida independencia de Argelia, que había realizado ya varios atentados contra su vida: el último, en Petit Clamart, en las afueras de París, dejo su automóvil oficial acribillado a balazos. Su seguridad era en consecuencia lo primero, y el dispositivo militar y policial que se montó para garantizarla fue de dimensiones sin precedentes en Colombia. La prensa no habló de otra cosa durante varias semanas.
En el operativo tomaron parte cinco mil soldados, dos mil agentes de policía, doscientos agentes secretos y más de cien oficiales de todas las armas y organismos de seguridad. La prensa informaba que cientos de agentes de civil se confundian entre la multitud provistos de radioteléfonos portátiles para señalar cualquier movimiento sospechosos; que habría cámaras de televisión estratégicamente dispuestas para vigilar las calles; que helicópteros, llevando expertos tiradores con teleobjetivos, rondarían sobre el desfile; y, en fin, que el gobierno había adquirido especialmente un "helicóptero de gran potencia" para que sobrevolara permanentemente el automóvil descubierto de de Gaulle, listo a izarlo con garfios cielo arriba en caso de que se presentara algún desorden o amago de atentado, como en una película de James Bond. Por fortuna no fue necesario llegar a tales extremos. Se habían tomado; además, toda clase de precauciones administrativas. Se expidió un decreto prohibiendo el porte de armas a los ciudadanos de ambos sexos en la jurisdicción de Bogotá, Usaquén, Fontibón y Engativá. Se estableció un dispositivo especial en las aduanas para interceptar a los terroristas internacionales que figuraban en las listas negras de la Interpol. Se ordenó mantener bajo estrecha vigilancia a ciento cincuenta ciudadanos considerados "de cierta peligrosidad". Con excepción del lapsus del presidente Valencia, todo estaba previsto.
Salvo ciertos detalles subalternos de intendencia: no había cama en la que cupieran los 196 centímetros de estatura del general de Gaulle. Y, para confusión de la "grandeur" de Francia, no había tampoco un automóvil de marca francesa con espacio adecuado para sus cien kilos y sus largas piernas: sólo pequeños Dauphines y banales Peugeots. En vista de la política antinorteamericana del visitante, era impensable un Cadillac, de modo que hubo que transarse por un carro fabricado en Alemania, la histórica enemiga de Francia. Pero todas esas fallas de detalle quedaron compensadas con creces por el entusiasmo de la prensa, que se esforzó en esos días por salpicar sus comentarios con frases y expresiones francesas, desafiando el peligro de las ces con cedilla y los acentos circunflejos; del comercio, que organizó concursos de vitrinas de tema colombo francés; y de los colegios, que abrumaron a los niños con tareas sobre la biografía del general de Gaulle.
Lo único que parece haber cambiado en Colombia en estos veintiún años es el nombre del Presidente francés que nos visita. Por lo demás, a juzgar por la prensa, todo está igual. Los titulares de entonces decían: "Asediados bandoleros por el Ejército en la región de El Pato". "Cuatro grupos de bandoleros operan en el Tolima". "Cuba invita a la subversión". "La crisis conservadora: no asistiremos a la Convención, anuncia el Directorio de Antioquia". "La Dirección Liberal reitera su imparcialidad". "Asesinado "El Mico", otro producto de la violencia". "El déficit presupuestal obligará a cerrar facultades de la Universidad Nacional". "Cien niños de cada mil mueren de hambre en Cali". Si no fuera porque hace unas semanas se suprimió la enseñanza del francés en los colegios, no se notaría que han pasado veintiún años.

EDICIÓN 1893

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