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| 4/16/2001 12:00:00 AM

El milagro de Urabá

Diez años después de desmovilizado el EPL demuestra que la paz negociada no sólo es posible sino que es políticamente rentable.

El milagro de Urabá El milagro de Urabá
La frase no puede ser más reveladora: “Antes teníamos mando sobre 500 hombres armados, ahora mandamos a 120.000 personas. Antes teníamos fusiles, pero no teníamos poder, ahora tenemos poder y no nos interesan los fusiles”. Estas palabras son de Alberto Alvarez, uno de los funcionarios de la Alcaldía municipal de Turbo, en el Urabá antioqueño.

Hace 10 años Alvarez era uno de los comandantes del Ejército Popular de Liberación (EPL). Hoy es secretario general y hombre de confianza del alcalde Aníbal Palacios, ex miembro de la dirección política del EPL y negociador con el gobierno, cuando este grupo se convirtió en Esperanza, Paz y Libertad, el primero de marzo de 1991.

La Alcaldía de Turbo es una de las dos que este movimiento alcanzó en las pasadas elecciones en el Urabá antioqueño. La otra fue la de Apartadó, que ganó Mario Agudelo. Además sacó concejales en todos los municipios del eje bananero, obtuvo un escaño en la asamblea y su respaldo fue decisivo para que Guillermo Gaviria ganara la Gobernación de Antioquia.

Los triunfos electorales de este movimiento político, surgido de los acuerdos del gobierno de César Gaviria y el EPL, no sólo corresponden a las pasadas elecciones. El primero de enero entregó su cargo como alcalde de Carepa Jesús Doval, escogido como uno de los tres mejores del departamento. “Antes uno se tomaba un pueblo durante cuatro o cinco horas hasta que llegaba el Ejército. Hoy yo puedo decir que ‘me tomé’ a Carepa por tres años y sin disparar un solo tiro”, dijo Doval a SEMANA.

Pero los éxitos alcanzados por Esperanza, Paz y Libertad después de dejar las armas van más allá de las elecciones. Uno de sus grandes logros es la capacitación de los antiguos combatientes. En efecto, una vez desmovilizados sus dirigentes debieron afrontar el alto índice de analfabetismo de los 2.500 combatientes que, según la Presidencia de la República, alcanzaba el 90 por ciento.

No obstante hoy cerca del 90 por ciento de los antiguos guerrilleros han realizado estudios de primaria, muchos son bachilleres y algunos profesionales. ¿Cómo se logró este milagro? Para ello fue necesario que los empresarios les permitieran a los reinsertados no sólo integrarse a un trabajo productivo sino también brindarles los medios para que pudieran asistir a clases los fines de semana. “Antes nos moríamos del susto porque algunos se iban para el monte a rendirles cuentas a los jefes guerrilleros, ahora sabemos que salen de aquí a prepararse”, sostuvo un empresario.



Exterminio y resistencia

El camino recorrido por Esperanza, Paz y Libertad no ha sido fácil. Los malos ratos han sido tantos como los buenos. Paradójicamente las mayores desgracias han sido producidas por guerrilleros, en especial las Farc, que poco después de la entrega de las armas desataron una guerra sucia en su contra. A ella se sumaron la facción disidente del EPL —dirigida por Francisco Caraballo— y un sector del ELN. La guerra fue implacable y la cuota de sangre aportada por el antiguo grupo guerrillero es escandalosa: 600 militantes y simpatizantes de Esperanza, Paz y Libertad asesinados, 400 de ellos en Urabá, según los organismos de seguridad del Estado.

“La campaña de aniquilamiento contra nosotros no nos acabó y lo más importante fue que el pueblo nunca nos dejó solos. En cada entierro era mayor el número de gente que nos expresaba su solidaridad”, dijo a SEMANA Darío Mejía, actual secretario de Desarrollo de Apartadó y en el pasado uno de los jefes militares del EPL. Mejía fue uno de los delegados del EPL a la Constituyente en 1991, junto con Bernardo Gutiérrez, quien está en Italia en una organización defensora de derechos humanos.

El hecho que marcó con sangre la guerra contra los ‘esperanzados’ fue la masacre del barrio La Chinita de Apartadó, donde fueron asesinadas por las Farc 37 personas, la mayoría trabajadores reinsertados del EPL. Pero los nuevos vientos también llegaron a este sector marginal de Apartadó. Hoy allí funciona una cooperativa que vende materiales de construcción a bajos precios y una escuela que beneficia a 1.500 niños. El colegio fue financiado por Sintrainagro, sindicato que agrupa a 12.000 trabajadores bananeros y en cual tiene gran influencia Esperanza, Paz y Libertad.



El nuevo sindicalismo

Si la lucha política ha arrojado muy buenos resultados la sindical no ha sido inferior al reto. El mejor ejemplo es la metamorfosis de Sintrainagro. Del sindicato que paralizaba a toda la región con objetivos más políticos que laborales no queda nada. La crisis les abrió los ojos. La violencia de comienzos de los 90 fue tal que un centenar de finqueros abandonaron sus tierras y dejaron a todos sin empleo. “Las fincas las regalaban”, dijo un comerciante de Apartadó.

Esta crítica situación llevó a los trabajadores sindicalizados a asociarse con los bananeros para hacer causa común y sacar adelante la región. Los empresarios, por su parte, también entendieron que para que las cosas cambiaran debían mejorar las condiciones laborales de los empleados. El abanderado de esta causa fue el entonces presidente de Augura, José Manuel Arias Carrizosa.

Los trabajadores comprendieron que la solución estaba en unirse a los empresarios para encontrar solución a un problema que los afectaba a ambos. “Entendimos que el patrón no es un enemigo sino un socio”, dijo Hernán Correa, fiscal de Sintrainagro.

El cambio de Sintrainagro es tan revelador que el paro cívico más reciente ocurrió en enero pasado y fue el primero en la historia de la región que no se hizo contra los empresarios sino contra las Farc, que habían volado 12 torres de interconexión eléctrica en diciembre y dejaron sin luz a la región. Pero hay más ejemplos del nuevo Sintrainagro. En abril del año pasado obreros y patronos firmaron una convención colectiva que beneficia a todos los trabajadores bananeros y a 380 fincas en sólo dos días y sin tener que salir de Apartadó. El acuerdo lo lograron 10 personas: cinco trabajadores y cinco empresarios. “Los negociadores del gobierno y de las Farc para conocer una buena relación obrero-patronal no tienen que ir a Europa: sólo deben visitar Urabá”, afirma Guillermo Rivera, presidente de Sintrainagro.

La tranquilidad social y la armonía laboral de Urabá se traducen, obviamente, en resultados positivos. En los últimos años el área sembrada de banano creció 20 por ciento, superando las 26.000 hectáreas, y la productividad se incrementó en 15 por ciento, pues alcanzó las 2.000 cajas por hectárea según los propios bananeros.



Un buen negocio

La mejor lección de todo el proceso de reinserción del EPL es que la paz negociada no sólo es posible sino que es rentable. Aun a costa de centenares de muertos, como sucedió con el EPL, por cruda que resulte esta afirmación. Como dice Carlos Franco, uno de sus dirigentes y actual presidente de la fundación Progresar: “El caso del EPL demuestra que la vía negociada es la mejor. Pero debemos meterle el hombro todos. Así como nosotros dejamos las armas los corruptos deben dejar el serrucho”.

Pero el del EPL no es el único caso que prueba la rentabilidad política de una negociación. Es también el de Teodoro Petkoff, uno de los opositores del presidente de Venezuela Hugo Chávez. En Colombia están los ejemplos de Antonio Navarro, que llegó a ser presidente de la Asamblea Nacional Constituyente, ministro de Salud y alcalde de Pasto; del representante Gustavo Petro, del ex alcalde de Yumbo Rosemberg Pabón, elegido el mejor del país; del actual alcalde de Zipaquirá, Everth Bustamante, y otros miembros del M-19 que después de desmovilizados han dado la pelea desde la plaza pública con muy buenos resultados. También está León Valencia, dirigente de la desaparecida Corriente de Renovación Socialista, disidencia del ELN, que tiene influencia nacional mediante su columna en El Tiempo.

No obstante, en el caso del EPL el mayor riesgo sigue siendo su lucha política en una zona que se encuentra en la mira de los grupos al margen de la ley —guerrilla y paramilitares— que no se resisten a perder el control que otrora les dieron sus fusiles. Sobre todo porque saben que con sus métodos de terror no pueden competir en popularidad con quienes optaron por la democracia y los buenos gobiernos.

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