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| 10/13/2002 12:00:00 AM

"El museo me traicionó"

Al descubrir que el Museo de Antioquia había autorizado la reproducción y venta en Miami de las obras de su donación, Fernando Botero asegura que le han hecho un gran daño moral.

Todo el mundo sabe que el maestro Fernando Botero donó a Bogotá y Medellín su colección particular de arte, además de una importante cantidad de sus propias obras. El Museo de Antioquia recibió la 'Donación Botero' en enero del año 2000, y con ella los derechos patrimoniales de 116 de sus pinturas, además de un millón de dólares destinados al sostenimiento de la entidad.

Lo que pocos conocen es que años después, a espaldas suyas y contrariando su expresa voluntad de manejar toda la mercadería derivada de sus obras exclusivamente en la tienda del Museo de Antioquia, se estaban vendiendo en Estados Unidos reproducciones de las obras que donó. Y lo que es más grave, las empresas involucradas en el negocio aseguran que su operación es perfectamente legal, pues se amparan en documentos en los cuales el Museo de Antioquia les autoriza para hacerlo.

Según dijo a SEMANA el maestro Botero, él sabía que se estaban comercializando reproducciones de la donación pero siempre pensó que el museo había sido la víctima de piratas inescrupulosos y nunca que era el mismo museo el que había dado los poderes. "Yo di una autorización, como se la di al Museo de Bogotá, para que se vendieran esos recuerdos de la visita en las respectivas tiendas, dijo. ¿Cómo es posible que hayan hecho algo que no se les autorizó hacer? Es un atropello a mi voluntad expresa. Aparezco como un comerciante vendiendo chucherías por todas partes. Me han causado un daño moral inmenso porque han atentado contra mi obra artística".

La directora del prestigioso museo antioqueño, Pilar Velilla, asegura que ella sólo le dio los derechos a una empresa para explorar el mercado estadounidense, con la condición de que no podría desarrollar ningún producto sin la aprobación de la entidad a su cargo pero que abusaron de su confianza. No obstante los hechos arrojan muchas dudas sobre la actuación del museo y de las empresas involucradas en este lío.

Los contratos

Todo se originó en un contrato que el museo había firmado en 1999, antes de la donación, con la empresa Publix Bates (PB) de Miami -conocida en Colombia como Publicidad Externa Limitada- para buscar en Estados Unidos negocios que contribuyeran a financiar al museo, que por ese entonces pasaba una mala situación económica. El contacto del museo con PB, según dijo Pilar Velilla a SEMANA, fue Alvaro Vargas, un publicista que durante años fue muy cercano a la entidad.

Más tarde PB y el museo vendieron exitosamente medallas conmemorativas de la inauguración de la Donación, con permiso del maestro Botero, que le dejaron a la entidad cultural el 60 por ciento de las utilidades. Y en agosto de 2000 firmaron otro contrato para adelantar la explotación comercial de la reproducción impresa y en medio relieve de la obra cedida por Botero al museo.

Con base en este y otros contratos que le sucedieron (SEMANA no pudo ver los acuerdos realizados entre el museo y PB pese a haberlos solicitado a las partes) Publix Bates encargó a una tercera empresa, Art Brokers USA, que iniciara la comercialización de mercancías con reproducciones de las obras de la Donación en Estados Unidos, principalmente en Miami.

En esos contratos el museo había entregado los derechos de reproducción y comercialización a cambio de que PB hiciera un estudio de mercado y le diera un porcentaje sobre las ventas, que según las fuentes consultadas no fue fijado con claridad. PB le delegó la investigación de mercado a Art Brokers, representada por su gerente Marlene Moonjian.

Pero más que un estudio de mercado lo que se inició fue la comercialización directa. Según Vargas, de PB, se exportaron de Medellín a Miami las vajillas y otros productos que se venden en la tienda del museo. Sin embargo no sólo era grave exportar mercancías que el maestro sólo había autorizado vender en el museo, sino que se inició un proyecto para hacer gicleés, unas reproducciones en tinta sobre tela, cuando hasta ese momento el maestro Botero expresamente había señalado que no permitía que se hiciera este tipo de reproducción. (En julio de 2002 Botero autorizó al museo a hacer reproducciones en tela, pero exclusivamente para la tienda y a escala muy pequeña).

Moonjian, de Art Brokers, asegura que estuvo en Medellín en el Museo de Antioquia en diciembre de 2001 llevando muestras de la técnica de gicleé que proponía desarrollar para las reproducciones de Botero y había recibido dos meses después las fotografías necesarias para realizarlas. Según Vargas éstas fueron tomadas por un fotógrafo contratado por él, con pleno conocimiento del museo. Tanto PB como Art Brokers aseguran que fue con el visto bueno de aquél que en marzo se comenzaron a producir las primeras reproducciones en gicleé hechas por computador y que en abril las pusieron en venta.

Eso parece demostrado por una certificación del 8 de abril de 2002 que Pilar Velilla le dio a Vargas en la que hace constar que la entidad que dirige le confirió a Publix Bates los poderes para "diseñar, producir, vender, asignar y negociar bienes y servicios asociados a los derechos e imágenes de la colección" como representante suyo en Estados Unidos (ver facsímil).

Según relató Vargas a SEMANA, primero se intentó comercializar las reproducciones en tela a través de galerías y luego en Internet, en donde Art Brokers puso una página para vender on line (ver facsímil). No obstante ninguno de los dos resultó fructífero y finalmente se decidió montar una red de 60 vendedores, quienes compraban un kit que contenía la certificación del museo, que constaba la legalidad, un catálogo de ventas por Internet y una hoja que presentaba la relación entre las tres entidades. A cambio los vendedores recibían comisión por la venta. Art Brokers estima que hasta septiembre alcanzaron a venderse unos 300 y que por ellos se obtuvieron ingresos de 19.730 dólares.

Según Vargas se quiso hacer una gran campaña con avisos de prensa y exhibiciones, pero Velilla se opuso y prefirió que cada gicleé se vendiera directamente. Para junio de este año Art Brokers se anunciaba como representante oficial del Museo de Antioquia en Estados Unidos con la exclusividad de comercializar la Donación Botero, bajo el lema "El sueño de un maestro hecho realidad". Sostenía que el producto de la venta de las reproducciones era "para el sostenimiento y vida del Museo de Antioquia que genera cultura a través de obras sociales en los barrios marginales de Medellín". Una persona encargada de la divulgación de Art Brokers le dijo a SEMANA cuando se le preguntó sobre las perspectivas del negocio: "Todo es ilimitado y grande, como Botero. Habrá millones para Colombia".

Pero no fue así. Según un informe que presentó Art Brokers los costos de la inversión fueron hechos en gran medida por ellos. Gastaron en mercadeo y desarrollo de los gicleés 58.792 dólares; en un sueldo para Moonjian por su dedicación de tiempo completo en la investigación de mercado, 135.000 dólares, y en honorarios para el asesor Jorge Restrepo, 45.000 dólares. Esto es, casi 280.000 dólares, cuando apenas vendieron reproducciones en tela por un poco menos de 20.000 dólares.

Por supuesto al museo no le ha llegado un peso de toda esta aventura a pesar de que entregó los derechos de reproducción y comercialización de 116 obras de uno de los pintores vivos más famosos del mundo.

¿Quien autorizo?

La indignación de Fernando Botero ante la decisión del museo de expandir la comercialización de los gicleés y de los demás productos sin comunicárselo previamente no sólo pone en juego los intereses de las empresas sino sitúa al museo en una difícil situación jurídica. Tanto Art Brokers como Publix Bates aseguran que creían cumplir la voluntad del maestro.

"Si el museo no tiene esa autorización del maestro Botero, entonces ¿cómo me la da a mí?...Yo no sabía que el maestro no sabía", dice Vargas. Es más, asegura que en este momento en sus oficinas de Medellín hay 40 cajas de productos avaluados en 23.000 dólares despachadas por el museo el 26 de agosto para ser exportadas a Estados Unidos con permiso de la directora Velilla.

Por su parte Moonjian defiende la transparencia de su gestión con el argumento de que Guillermo Gil, encargado del mercadeo del museo, le había dicho que Vargas tenía todo el respaldo institucional para adelantar la comercialización en Estados Unidos, y dice que por eso se sintió autorizada a utilizar la firma de Botero en los certificados de autenticidad que acompañaban cada cuadro.

¿Pudo ser entonces que Velilla, con el propósito de buscar fuentes de recursos para el museo, se arriesgó a explorar el mercado estadounidense sin la autorización de Botero pero no estuvo al tanto de las dimensiones que el negocio empezó a tener?

Según estableció SEMANA por lo menos dos personas le advirtieron a Velilla en abril y en junio que en Miami había vendedores que ofrecían las reproducciones de la Donación, y ella respondió que iba a investigar pues no se había comenzado ninguna operación comercial en el exterior. Incluso el propio Botero dijo a SEMANA que le había preguntado al respecto.

Vargas dice que entonces Velilla le pidió que no siguiera vendiendo las reproducciones en tela y que él le contestó que "cómo es posible que yo me gaste 150.000 dólares en desarrollar un proyecto y ahora tú me vas a decir que no puedo vender. Eso no puede ser".

Guillermo Gil, por su parte, enfatiza que el maestro Botero les dio los derechos de autor en favor de las obras culturales y sociales del museo, y que por lo tanto éste puede disponer de ellos con libertad y con responsabilidad. Lo que no es claro es si también puede hacerlo en contra de la expresa voluntad del principal donante de su patrimonio.

"Les di la mano y se tomaron no uno de mis brazos, sino los dos", dijo, consternado, el maestro Botero. Charles Le Chasney, dueño de la galería C&C Fine Art Gallery de Miami, concede toda la razón al maestro: "Este tipo de reproducciones deteriora el mercado original y lo hace sumamente comercial, algo que sucede cuando un artista ya está culturalmente muerto, pero Fernando Botero está más vivo que nunca".

Según Velilla el museo rompió el contrato con Publix Bates unilateralmente la semana pasada y no se continuará la comercialización no autorizada por Botero. No obstante todo indica que se alcanzó a hacer bastante daño, no sólo a la obra del maestro, sino peor, quizás, al apoyo incondicional de éste a su ciudad, lo que puede afectar negativamente un patrimonio colectivo tan admirado por el país como es el Museo de Antioquia.

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