Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 11/25/1996 12:00:00 AM

EL PAPA Y LA CIA

Norma lanza en Colombia el libro 'Su Santidad: Juan Pablo II y la historia de nuestro tiempo', de los periodistas Carl Bernstein (famoso desde Watergate)y Marco Politi. SEMANA reproduce en exclusiva algunos apartes.

EL PAPA Y LA CIA EL PAPA Y LA CIA
El viaje del Papa a Polonia era una espectacular demostración pública de su potencial y de su agudeza. Casi tan espectacular _al menos por las implicaciones que tenía_ fue el encuentro de dos hombres en Roma durante la etapa inicial del gobierno de Reagan. A la hora señalada, un hombre con el rostro arrugado y de apa-riencia huraña, vestido con un traje gris, cuyo rostro poco conocido no atraía muchas miradas en este planeta, fue conducido a la modesta oficina del Papa en el Vaticano. William Casey era un ferviente católico que iba a misa casi todos los días y su casa estaba llena de estatuas de la Virgen María; era un creyente que poco después se hallaría sumido en una contemplación devota con el Papa. Sin embargo, Casey, director de la CIA, la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, había ido en una misión claramente terrenal. Estaba a punto de entregarle a Juan Pablo II una fotografía sorprendente, tomada por un satélite espía estadounidense, ubicado a cientos de kilómetros sobre la Tierra.En el escritorio de su estudio privado el Papa examinó la foto con infinito cuidado. Los detalles se hicieron evidentes lentamente: primero, las enormes multitudes de personas que parecían puntos en una superficie. Luego, en el centro, un simple punto blanco que, según vio, era él mismo vestido con su sotana blanca, mientras se dirigía a sus compatriotas en la Plaza de la Victoria en 1979. Esta sería una de las muchas fotos tomadas por satélites de la CIA que el Papa examinaría en los años siguientes.En una reunión mantenida en celoso secreto, una reunión de la cual el mundo no tendría noticia sino un decenio después, Casey usaría esa foto para sellar una alianza informal y secreta entre la Santa Sede y la administración del presidente Ronald Reagan, que aceleraría el cambio político más profundo de la era actual. Estos dos hombres, el uno aclamado por millones como el príncipe de la luz y el otro ridiculizado por muchos como el príncipe de las tinieblas, se reunirían unas seis veces más antes del desmoronamiento del comunismo, primero en la amada Polonia del Papa, luego en Europa Oriental y finalmente en la propia Unión Soviética. Sin embargo, ningún encuentro sería tan significativo como el primero.Aunque el Vaticano buscaría en los años siguientes hacer desaparecer la impresión de que estos dos representantes de poderes terrenales tan diferentes habían formado una nueva Santa Alianza, el Papa recibiría desde ese momento cualquier fragmento de información relevante que poseía la CIA, no solamente sobre Polonia sino también sobre asuntos importantes para Wojtyla y la Santa Sede.Igualmente sorprendente era la naturaleza religiosa de algunas de las conversaciones que sostenían Casey y el Papa. Además de hablar sobre acontecimientos que sacudían al mundo en Polonia y en América Central (donde tanto Estados Unidos como la Iglesia luchaban contra los sacerdotes y los movimientos políticos que consideraban promarxistas) el director de la CIA y el Sumo Pontífice se adentraban en conversaciones espirituales y altamente íntimas. Tal como lo revelaría muchos años más tarde Sophia, la viuda de Casey, "mutuamente se pedían uno al otro que rezaran por ciertas cosas", especialmente cosas concernientes a Polonia, según el asistente del Papa. No cabe duda alguna de que el Papa ofreció a Casey su bendición, y Casey le respondería con el equivalente temporal de la CIA: un cúmulo de información que muy pocas personas en el mundo podían conocer.La tercera potenciaDesde que Casey asumió su cargo, 20 meses después de que el satélite estadounidense fotografiara al Papa en Polonia, él y su patrón, Ronald Reagan, empezaron a creer firmemente en la existencia de una posible tercera superpotencia en el mundo _la ciudad-Estado de 20 manzanas que era el Vaticano_, y que su monarca, el Papa Juan Pablo II tenía bajo su mando un notable arsenal de armas no convencionales que podría ayudar a inclinar la balanza de la guerra fría, especialmente con la ayuda abierta y encubierta de Estados Unidos. Poco les importaba a Reagan o a Casey que el Papa no soñara con el colapso del comunismo, o que los intereses del Pontífice no fueran necesariamente congruentes en muy variadas esferas con los de la administración Reagan. Ellos comprendían de manera intuitiva lo que el Papa podía lograr, y de qué manera sus actos podían apoyar sus propias políticas globales."¿Cuántas divisiones tiene el Papa", preguntó Stalin desdeñosamente durante la Segunda Guerra Mundial. Muy pronto se daría una respuesta a esta pregunta, una que sorprendería y ofendería profundamente al Politburó de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Karol Wojtyla era la inspiración y el máximo protector del movimiento Solidaridad, una alianza de trabajadores polacos no comunistas dentro del imperio soviético. Solidaridad recibía fondos de los países occidentales, y Casey ya había tomado medidas para garantizar que esos dineros siguieran llegando. Casey le informó al Papa que la prioridad central de la política externa norteamericana era ahora Polonia. En Washington, Reagan y Casey hablaron sobre la posibilidad de "sacar a Polonia de la órbita soviética" con la ayuda del Santo Padre. Para ellos, Solidaridad y el Papa eran las palancas con las cuales podrían empezar a liberar a Polonia.El ascenso de Wojtyla al trono papal y los hechos que ocurrían en Polonia redibujaban el mapa estratégico de la guerra fría. Durante varios decenios el axioma fue que Moscú y Washington constituían las coordenadas esenciales con Berlín como punto crítico entre ellos. Ahora, como en una fotografía que se revela, aparecían otros dos puntos: el Vaticano y Varsovia.En el Kremlin, Mijail Gorbachov, el miembro de más reciente nombramiento del Politburó soviético, también secretario de Agricultura del Comité Central, ya había tomado nota del peligro inminente que corría el socialismo, por causa de Roma y de Polonia. Diez años después, con ocasión del primer informe público sobre una Santa Alianza entre el Vaticano y Estados Unidos, Gorvachov escribiría: "Se puede decir que todo lo que ha ocurrido en Europa Oriental durante los últimos años habría sido imposible sin los esfuerzos del Papa y el enorme papel, incluyendo el papel político, que desempeñó en el escenario mundial". En ese momento ya Gorvachov y Reagan habían salido de la escena política, y solo quedaba el anciano Papa para denostar del nuevo mundo que él mismo había ayudado a crear.Cuando Juan Pablo II tomó las riendas de la Iglesia, se creía que su poder e influencia en el mundo decaían fuertemente. Pero Wojtyla se consideraba a sí mismo como un hombre elegido por el destino, por Dios, para cambiar la faz de su Iglesia y del mundo. Había sido actor, poeta, dramaturgo y filósofo, y todos esos aspectos de su personalidad se juntaron en el papel supremo de su vida: el papel de Pontífice. Lo que sí era totalmente sorprendente era la habilidad que desarrolló como político en el escenario temporal. En su calidad de Papa, se convirtió en uno de los más notables personajes de la segunda mitad del siglo XX.Aunque era un místico y un solitario nato, la energía se la transmitía una multitud que quizás haya sido la más grande que ha congregado líder alguno en la historia. Su mensaje doctrinal y moral para los fieles católicos era exigente, y no siempre bienvenido dentro de su Iglesia y fuera de ella. A él no le interesaban demasiado las encuestas de opinión, ni las tendencias, ni las ideas de sus detractores. Con mucha más furia de la que usaría contra los soviéticos (pero con mucho menos éxito) protestaría, con el pasar de los años, contra el liberalismo, el hedonismo y el materialismo de su tiempo. El aborto, la contracepción y la moderna ética sexual eran anatema para él.Las raíces de todo lo que sintió e hizo como Papa, tanto en términos de dogma católico como en doctrina geoestratégica, se hallaban en lo profundo de la tierra de su Polonia natal. Cuando era joven, al igual que muchos de sus compatriotas se había sumido en la tradición del mesianismo polaco, en la idea de que Polonia era el Cristo de la Naciones que un día se levantaría de nuevo para señalar el camino a toda la humanidad.
Durante un decenio su Polonia natal sería el crisol de la guerra fría y él el gozne donde la historia daba la vuelta. Esta es, pues, su historia. (...)

Relaciones estrechas
Esta relación histórica, basada en una creencia antimarxista, que se desarrolló entre Estados Unidos y el Vaticano, entre unas superpotencias temporal y espiritual, ofrecía la posibilidad de grandes beneficios para ambas partes, especialmente en relación con Polonia y Centroamérica. Desde la primavera de 1981, el gobierno de Reagan mantuvo un puente de inteligencia de alto nivel entre la Casa Blanca y el Papa, que regularmente recibía informes de Casey y Vernon Walters, el anterior subdirector de la CIA. Walters y Casey visitaron secretamente al Papa unas 15 veces en un período de seis años, para hablar sobre asuntos de interés mutuo.Los juicios del Papa, especialmente en lo que se refería a Polonia y Centroamérica, llegaron a tener un peso muy importante para la Casa Blanca, la CIA, el Consejo de Seguridad Nacional y, sobre todo, para el propio Ronald Reagan. Esperaba con impaciencia los informes de Walters y de Casey cuando viajaban al Vaticano. Otros presidentes esperaban ansiosamente que regresaran los bombarderos de sus misiones: Reagan esperaba los informes del Papa.Entre tanto, el Papa era el depositario de algunos de los secretos mejor guardados de Estados Unidos y de sofisticados análisis políticos: información de satélites, de agentes de inteligencia, de escuchas electrónicas, de discusiones políticas en la Casa Blanca, el Departamento de Estado y la CIA. Entre 1981 y 1988, el general Walters se reunía con el Papa, según decía, a intervalos aproximados de seis meses e informaba a Wojtyla sobre prácticamente todos los aspectos de la política estadounidense y le daba evaluaciones de inteligencia _en el aspecto militar, político y económico_ sobre cualquier tema de interés para el Vaticano.
Temas mundiales
El espectro de temas que trataban Walters y el Papa, tal como lo indican los cables confidenciales que le enviaba a la Casa Blanca, al Departamento de Estado y a la CIA después de cada visita, era bastante amplio: Polonia, Centroamérica, terrorismo, política interna en Chile, poder militar chino, teología de la liberación, Argentina, la salud de Leonid Brezhnev ("creemos que ya está un poco gagá", le dijo Walters al Papa en 1982), las ambiciones nucleares de Pakistán, niveles convencionales de fuerza en Europa, disidencia en Ucrania, negociaciones en Medio Oriente, violencia en Sri Lanka, armamento nuclear estadounidense y soviético, guerra submarina, Lituania, armamento químico, "nueva tecnología soviética", Libia, Líbano, la hambruna en Africa, Chad, la política internacional del gobierno francés... para citar sólo una parte de los más de 75 temas mencionados en los cables confidenciales.
Al mismo tiempo, desde los primeros meses de la presidencia de Reagan, William Casey y el Papa se embarcaban secretamente en lo que el director de la CIA llamaba un continuo "diálogo geoestratégico", centrado en Polonia, la URSS y América Latina.
Desde la perspectiva de los objetivos del gobierno, cuanta más información recibiera el Papa de la inteligencia estadounidense, mejor. "Reagan tenía la profunda y férrea convicción de que el Papa contribuiría a cambiar el mundo", dice Richard Allen. De hecho, era Allen quien definía la relación Reagan-Vaticano como "una de las más grandes alianzas secretas de todos los tiempos". Pasando por alto la hipérbole, la descripción era precisa pues ambos poderes buscaban cumplir sus metas individuales recorriendo caminos paralelos: manteniendo al otro informado, siempre tomando en cuenta la sensibilidad de la otra parte, consultando, buscando terrenos morales y políticos comunes, intercambiando las enormes capacidades de inteligencia de ambos, pero nunca desarrollando formalmente actividades clandestinas conjuntas. "Una de las cosas que se aprende sobre la Iglesia Católica es que está organizada para obtener información de los fieles", le explicaba Allen al candidato Reagan. "Es una información excelente. Una agencia de inteligencia ideal debería organizarse de manera similar al Vaticano. En una inteligencia de primera línea".Durante este extraordinario período de colaboración mutua entre el Vaticano y Estados Unidos, la intransigente posición del Papa respecto al aborto fue reforzada por el gobierno de Reagan de la manera más elocuente: por orden del presidente se bloqueó la entrega de millones de dólares para programas de planificación familiar en todo el mundo; este era un acto de deferencia con el Papa, según el embajador estadounidense ante el Vaticano de ese tiempo. El recorte se mantuvo en el gobierno de Bush. Casey, Walters y el embajador hablaban frecuentemente con el Papa sobre moral y sobre cuestiones políticas.
Entre tanto, respecto al tema más importante de control de armamentos del siglo _la introducción por parte de la OTAN de una nueva generación de misiles cruceros en Europa Occidental_ el Papa, a través de su significativo silencio, parecía apoyar la política de Estados Unidos. A pesar de la oposición pública de sus obispos estadounidenses, el Pontífice adoptó esta postura después de largos informes de Walters y Casey, y de los llamados del propio presidente al arzobispo Laghi, al cardenal Krol y al Papa.
El Vaticano también obtuvo de Walters y de Casey datos definitivos de inteligencia _algunos de ellos basados en comunicaciones telefónicas interceptadas_ sobre sacerdotes y obispos en Nicaragua y El Salvador, quienes defendían la teología de la liberación y se oponían activamente a las fuerzas patrocinadas allí por Estados Unidos. Por orden de Casey, el coronel Oliver North, del Consejo de Seguridad Nacional y otros, les hacían pagos secretos a los sacerdotes del "establecimiento" en Centroamérica leales al Papa, aunque no hay pruebas que indiquen que el Papa sabía de esos pagos. El presidente Reagan, sin embargo, sí sabía.

EDICIÓN 1879

PORTADA

Gustavo Petro: ¿Esperanza o miedo?

Gustavo Petro ha sido un fenómeno electoral, pero tiene a muchos sectores del país con los pelos de punta. ¿Cómo se explica y hasta dónde puede llegar?

Les informamos a todos nuestros lectores que el contenido de nuestra revista impresa en nuestro sitio web será exclusivo para suscriptores.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en SEMANA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com